CAPÍTULO 9
Eric Collet cruzó a toda velocidad la sala de operaciones para saludarlos en cuanto regresaron.
Janssen todavía estaba colgando su abrigo cuando Eric comenzó a repasar lo que había descubierto.
Tras revisar los expedientes del caso de la desaparición de Susan Cook, nueve años atrás, estaba loco por compartir lo que había encontrado.
Al principio, aquella tarea le había parecido una pérdida de tiempo y de esfuerzo.
Al fin y al cabo, se trataba del expediente de la búsqueda de una persona desaparecida que al final no había desaparecido en absoluto.
Pero, cuanto más leía los informes de la investigación, más convencido iba estando de que ahí había algo más que una persona infeliz intentando cambiar su vida y, tal vez, empezar de cero.
—Comprendo por qué el consenso general fue que la mujer se había suicidado —explicó el oficial investigador mientras Tamara acercaba una silla y se sentaba.
Janssen se apoyó en el borde de un escritorio y cruzó los brazos por delante del pecho—.
Encontraron el coche de Susan Cook cerca de los acantilados de Sheringham y el tiempo aquel fin de semana fue horrible.
Había una tormenta azotando la costa este en aquel momento, y todo el mundo estaba pendiente a una posible marejada ciclónica.
Teniendo en cuenta esas condiciones, no se consideró extraño que no se encontrara ningún rastro del cuerpo y que no apareciera nada en los días siguientes.
Tras la desaparición de Susan, no se registraron movimientos en su cuenta bancaria ni en su tarjeta de crédito, y su móvil nunca se conectó a ninguna red.
Si lo hubiera tirado o vendido, lo que fuera, alguna torre de telefonía debería haber registrado la señal en algún momento.
Pero no, silencio total. Era como si hubiera desaparecido del mapa aquella noche.
—¿Dio algún indicio a sus amigos o familiares? —preguntó Janssen.
—Su marido nos ha dicho que no tenía familia. ¿Es eso correcto, Eric? —preguntó Tamara.
—Es verdad —aseguró Eric, que comprobó sus notas para asegurarse de que tenía los datos correctos.
Sus dos superiores eran muy exigentes con los detalles y él no quería parecer descuidado o perezoso—.
Al menos, por lo que sabemos, no mantenía contacto con ningún familiar.
De niña la acogieron los servicios sociales, que consideraron que su madre era abusiva y negligente.
Citaron el alcoholismo y un diagnóstico de síndrome de Munchausen como justificación para poner a Susan bajo tutela judicial cuando tenía seis años.
—¿Le hizo daño? Me refiero a la madre —preguntó Tamara, que se inclinó hacia delante y apoyó el codo sobre la mesa, con la barbilla sobre la mano.
—No; al menos, no según consta aquí. No de forma directa, vamos. El juzgado competente en materia de familias decidió que la mujer se encontraba en un estado mental inestable y recomendó que se sometiera a tratamiento antes de que pudiera tramitar cualquier solicitud para recuperar a su hija.
—¿Y lo hizo? —preguntó Tamara.
Eric negó con la cabeza.
—No hay pruebas de ello. Tiffany Cole desapareció del radar.
No hay constancia de que volviera a la vida de Susan y, tres años después, las autoridades dictaron una orden de tutela permanente —explicó Eric, asintiendo para sí mismo mientras releía los detalles—.
Susan permaneció bajo la tutela de los servicios sociales después de eso.
Por desgracia, creo que las cosas no mejoraron demasiado para ella.
Durante aquel periodo pasó por varios hogares de acogida.
Tengo aquí un informe de los servicios sociales, que me han facilitado porque la mujer ha fallecido, en el que se describe lo que un orientador calificó como «conducta disruptiva».
Se hace referencia a múltiples incidentes relacionados con problemas de comportamiento que provocaron que la sacaran de varios hogares de acogida.
También tiene un historial médico que resulta impactante.
Un diagnóstico de trastorno bipolar, dislexia y trauma emocional, probablemente provocado por una infancia tan turbulenta.
—¿Y qué me dices de la posibilidad de adopción? —le preguntó Janssen—. ¿Se intentó en algún momento?
—Sí, sí que se intentó. Cuando el Estado asumió la responsabilidad permanente de su cuidado, la incluyeron en las listas. La adoptó una familia de Norwich, pero la acogida fracasó y la devolvieron antes de cumplir un año con ellos.
—«La devolvieron» —repitió Tamara en voz baja—. Pobre cría. ¿Qué tendría entonces, nueve o diez años?
Eric asintió.
—Al parecer, atacó a uno de los otros niños de la familia. Fue algo serio, pero me temo que no tengo todos los detalles. Después de eso, la trasladaron a un hogar infantil especializado, donde permaneció hasta que abandonó el sistema.
Eric se recostó en su silla, seguro de haber proporcionado una imagen concisa y clara de la infancia de Susan Cook. Vio que tanto Tamara como Janssen lo estaban mirando de forma expectante. Su seguridad desapareció. Fue Tamara quien habló.
—Entonces, ¿suicidio o no? Estaba diciendo que… —dijo, enarcando una ceja.
—Ah, sí, pues eso, la mayoría de la gente pensó que se había tratado de un suicidio —retomó Eric, inclinándose hacia delante y señalando con ambos dedos índices como si fueran pistolas—.
Pero, y aquí está el quid de la cuestión, en los días previos a su desaparición se realizaron múltiples retiradas de efectivo de su cuenta bancaria.
Todas ellas por una cantidad similar de dinero.
No lo suficiente como para llamar la atención de, digamos…
, un marido. Pero sí lo bastante como para empezar a acumular una cifra considerable.
—El marido tenía un problema con las drogas —replicó Janssen en un tono algo desdeñoso—. Esos movimientos podrían explicarse fácilmente porque el hombre estuviera alimentando su adicción.
—Cierto —admitió Eric—, pero hay otros movimientos que son más aleatorios. Ocurrían los mismos dos días de cada mes, durante los doce meses anteriores a su desaparición. He revisado un poco los números y siempre sucedía el mismo día en que le ingresaban el sueldo en la cuenta y el día anterior.
—¿Qué deduce de eso? —le preguntó Tamara.
—Que sacaba una parte del sueldo el día que se lo ingresaban y luego esperaba hasta final de mes para sacar el resto. La segunda retirada era siempre una cantidad aleatoria.
—¿Era una cuenta conjunta? —preguntó Janssen.
Eric negó con la cabeza.
—Simon no figuraba en la cuenta, solo Susan podía sacar dinero.
A Tamara le sonó el móvil y se alejó de sus compañeros para contestarlo, cruzando hasta el otro lado de la sala.
—Estaba creando un colchón de dinero en efectivo —dijo Eric—.
Es una conclusión probable. Podría haberlo dejado en la cuenta si no quería que su marido se lo gastara, pero es posible que él tuviera acceso a los extractos.
Sería lícito pensar que podría haberse estado gastando ese dinero en algo, pero, a la vista de su desaparición a lo Houdini, lo más lógico es que estuviera reuniendo algo de dinero para viajar.
—Pero ¿para ir a dónde? —preguntó Janssen.
Eric se encogió de hombros.
—Eso no lo sé.
Tamara Greave le dio las gracias a su interlocutor, colgó y se volvió a reunir con ellos.
—Era el doctor Bellington, el forense —les anunció. Cogió su bolso y sacó su portátil—. Ha terminado la autopsia y me ha enviado por correo un resumen de sus conclusiones preliminares. Creo que va a ser esclarecedor.
Eric y Janssen esperaron mientras su jefa encendía el ordenador y accedía a la bandeja de entrada de su correo electrónico. Mientras aguardaban para acceder a la información, la inspectora jefe les fue dando detalles de la conversación que acababa de mantener.
—Como sospechábamos, lo más probable es que los daños en la cara y el cuerpo de la víctima fueran causados por la hélice de un barco que pasara junto a ella.
Había oxígeno en sus pulmones, lo que habría ayudado a que ascendiera en el agua, pero no lo suficiente como para flotar en la superficie.
La degradación de los tejidos y la consiguiente proliferación bacteriana habrían provocado que el cuerpo emergiera.
Eso, combinado con una marea baja, habría bastado para que el cadáver terminara flotando.
Después de unos momentos, la inspectora jefe sacó el informe y comenzó a leerlo.
—Esta es la parte que aclara las cosas —afirmó Tamara, que señaló una línea con la punta del dedo y leyó en voz alta—.
«Se encontró líquido en los senos paranasales y había opacidad pulmonar en forma de vidrio esmerilado.
También había evidencia de un líquido espumoso en las vías respiratorias que indica claramente que… ».
—Que estaba viva cuando entró en el agua —la interrumpió Janssen.
—Y también hay indicios que sugieren un incremento de la resistencia de las vías respiratorias periféricas y una menor distensibilidad pulmonar.
Ambas cosas señalan un reflejo del nervio vago al inhalar agua.
El cuerpo redujo la frecuencia cardíaca y detuvo el suministro de oxígeno, por lo que la víctima habría perdido el conocimiento —explicó Tamara—.
Sin embargo, lo que más llama la atención es que el forense describe otra herida en la cabeza que, en su opinión, es poco probable que fuera causada por una hélice o una colisión contra el casco de un barco.
Afirma que hay un «punto de impacto muy focalizado» en la parte posterior del cráneo, directamente sobre la fontanela posterior, donde se unen las tres partes del cráneo.
«Se trata de un punto débil y la naturaleza del golpe provocó que los huesos parietales se plegaran hacia dentro contra el cerebro y se incrustaran astillas en el tejido.
El daño está demasiado localizado como para que pudiera haberlo causado un impacto tangencial contra el casco de un barco, por ejemplo» —continuó leyendo la inspectora jefe.