Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

—Vaya, eso ha sido duro para el niño —dijo Tamara mientras regresaban al coche—. ¿Qué le ha parecido él?

—¿Simon? Pues no exactamente lo que me esperaba, la verdad —respondió Janssen—. Parece que ha enderezado su vida.

—Sí, eso es lo que parece.

Algo en el tono de voz que había usado la inspectora jefe despertó la curiosidad de Janssen.

—¿No está convencida?

Tamara se lo pensó un poco antes de responder, mirando hacia atrás para observar la caravana. No podía distinguir a nadie en el interior.

—Sé que algunas personas pueden cambiar…, pero la mayoría de las veces no lo hacen. Susan se largó de casa. Estaba tan asustada que permaneció lejos durante casi una década, y luego algo la trajo de vuelta.

—Y ahora está muerta.

—No me importaría saber dónde estuvo Simon durante el fin de semana, pero ahora no es el momento.

—¿Cree que la primera reacción de este hombre después de que su mujer regresara tras tanto tiempo fue matarla?

—Bueno, no necesariamente su primera reacción.

Hay mucha ira reprimida en ese hombre. Aunque la reacción que ha tenido ahí dentro haya sido parte de un show que ha organizado en exclusiva para nosotros, lleva esa ira dentro de sí.

Él mismo nos ha admitido que fue un marido terrible.

Ahora, años después, arruinado y lleno de resentimiento…

—Tamara se detuvo y suspiró—. He conocido a gente que ha matado por mucho menos.

—El informe preliminar de la autopsia debería llegarnos hoy. Entonces, al menos, sabremos si podemos tratar el caso como una investigación por asesinato —dijo Janssen.

Se acercaron al coche y el inspector lo abrió. Tamara dio la vuelta hacia el lado del copiloto y se detuvo justo cuando puso la mano en el tirador de la puerta.

—Sería una desgracia tremenda volver a casa después de nueve años para sufrir un accidente fatal —dijo con una sonrisa irónica en el rostro, antes de subirse al coche.

***

Simon Cook apartó a su hijo de su cuerpo y lo sujetó con firmeza pero con ternura por ambos brazos.

Bajó la cabeza y animó a su hijo a levantar la suya para poder mirarlo a los ojos.

Las mejillas del adolescente estaban llenas de lágrimas y parecía a punto de volver a derrumbarse en cualquier momento.

Simon colocó suavemente una mano sobre la cara de su hijo, le acarició la mejilla y esbozó una sonrisa débil

—Superaremos esto. Te lo prometo. Ya hemos pasado por momentos difíciles antes y hemos conseguido salir adelante. Esta vez no será diferente.

Connor asintió, esforzándose por contener las lágrimas.

Simon lo volvió a atraer hacia su pecho y lo abrazó con fuerza.

Ladeó la cabeza para mirar por la ventana y observó las siluetas de los dos detectives que se alejaban.

Echó un vistazo a la tarjeta que habían dejado sobre la encimera y reflexionó sobre la conversación que acababa de mantener con ellos.

Por su experiencia previa con la policía, sabía que no debía confiar en ellos.

Leyendo entre líneas, estaban considerando la muerte de Susan como algo que no había sido accidental.

Ninguno de los dos había sugerido lo contrario.

Estarían elaborando una lista de sospechosos, como hicieron en el pasado.

Él estaba en esa lista. Probablemente cerca del primer puesto, si no en él. «Igual que la otra vez».

Nueve años antes dedicaron mucho tiempo y recursos a intentar vincularlo con la desaparición de Susan. Fracasaron. Volverían a fracasar esta vez.

Simon observó cómo se dirigían hacia el aparcamiento y vio que la mujer se detenía y miraba hacia la caravana.

¿Podría ver desde allí que él los estaba mirando?

El hombre era lo que él habría podido esperar: inquisitivo, escéptico.

Ella, por el contrario, se había dedicado a observarlo a él.

Había sido obvio. Se arrepintió de la reacción airada que había tenido, y su preocupación aumentó por culpa de ella.

Si estaban buscando a un asesino, como él suponía, entonces se fijarían en él.

No era la primera vez que maldecía en silencio a su mujer. «¿Por qué tuvo que volver? Entre todos los momentos posibles, ¿por qué ahora?».

Connor se apartó de él y se secó las mejillas con las palmas de las manos. El chico parecía avergonzado, incluso daba la sensación de sentirse culpable. Simon esbozó una sonrisa, le pasó la mano por el pelo, le inclinó la cabeza hacia delante y lo besó en la frente.

—Todo irá bien, Connor. Ya lo verás —le dijo con toda la seguridad que fue capaz de reunir.

Connor no parecía tan seguro, pero asintió—.

Oye, ¿por qué no vas a cambiarte y te quitas el uniforme?

Mientras lo haces, voy a hablar con Margaret para ver si puedo terminar antes.

Dadas las circunstancias, seguro que no le importará.

Así podremos ir a jugar al fútbol o algo por el estilo.

Te voy a enseñar que tu viejo todavía sabe hacer un par de cosas. ¿Qué te parece?

—Vale —respondió Connor. No había sido una respuesta entusiasta, pero el adolescente se dirigió hacia su habitación.

En cuanto oyó el clic del pestillo de la puerta, Simon abrió un armarito situado encima del fregadero.

Alargó la mano hasta el fondo y sacó una botella pequeña de ginebra.

Echó un vistazo hacia atrás para tener controlada la habitación de Connor, desenroscó el tapón y dio un trago.

Resopló entre los dientes mientras el alcohol le quemaba la boca, respiró hondo y dio otro trago, diciéndose a sí mismo que solo lo hacía para calmar los nervios.

Volvió a ponerle el tapón a la botella, guardó en el armarito otra vez y movió un paquete de pasta seca para ocultarla bien.

Sacó un paquete de chicles del bolsillo, le quitó el papel a uno de ellos y se lo llevó a la boca.

Cogió la tarjeta de contacto del policía, se la guardó en el bolsillo trasero y salió de la caravana para dirigirse a la lavandería, donde esperaba encontrar a Margaret.

El coche de la policía ya no estaba. Tendría que andarse con cuidado en los próximos días, porque estaba absolutamente seguro de que la policía iba a estar pendiente de él.

Volverían, y tendría que estar preparado para ello.