Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—¿No es por eso por lo que han venido? —preguntó Cook, con aspecto sorprendido—.

¿La solicitud de declaración de defunción?

Miren, sé que ya voy con retraso con respecto a eso, pero últimamente ha sido una locura con el trabajo y todo lo demás.

No pensé que iban a estar detrás de mí para que lo hiciera.

—Estamos aquí en relación con su mujer, pero no por esa solicitud judicial —dijo Janssen—. No es sencillo decirle esto, pero hemos encontrado un cadáver y creemos que es el de su mujer, Susan.

Janssen observó la reacción de Simon Cook. El hombre se quedó inmóvil, con el rostro inexpresivo y la mirada perdida al frente. Era como si no hubiera escuchado lo que acababan de decirle.

—No… No lo entiendo. ¿La han encontrado… después de todo este tiempo? ¿Están seguros?

—Sus huellas dactilares están registradas, así que sí, estamos razonablemente seguros.

Simon frunció el ceño; su frente se arrugó exageradamente y volvió a mirar al suelo. Cerró los ojos y movió la cabeza de lado a lado, en lo que parecía ser un gesto involuntario. Liberó una mano para rascarse la cabeza y entrecerró los ojos, aunque la expresión de su rostro no cambió.

—Yo… Pero… ¿Dónde estaba? ¿Dónde la han encontrado? —preguntó Simon finalmente, mirando a los ojos a Janssen.

—Dos pescadores la encontraron ayer en Thornham, cuando regresaban después de una noche en el mar.

—¿En el agua? ¿La encontraron en el agua?

Janssen asintió.

—¿Cómo acabó allí?

—Todavía estamos tratando de averiguarlo —explicó el inspector.

—Susan le tenía miedo al agua, siempre lo tuvo, desde que la conocí. Siempre intentaba estar lejos de ella. No sabía nadar. La aterrorizaba. No comprendo por qué se habría acercado al agua.

—Como le he explicado, todavía estamos tratando de averiguarlo —respondió Janssen—. ¿Podemos hacerle algunas preguntas sobre el momento en el que desapareció su mujer?

Simon pareció volver de repente al presente. Parecía tener una actitud más atenta, abandonando la mirada distante que se había apoderado de él durante los últimos minutos.

—¿Otra vez? ¿No lo tienen ya todo en sus archivos?

Janssen se encogió de hombros.

—Lo que tenemos se escribió hace mucho tiempo. A veces vale la pena escucharlo todo de primera mano.

Simon Cook resopló.

—Bueno, si así lo desean… ¿Qué quieren saber?

—¿Cómo era Susan?

—Era maravillosa. Una madre y esposa estupenda. Debo admitir que yo no apreciaba todo eso en aquella época. No fui precisamente el mejor marido que una mujer podría desear, ya saben.

—¿Por qué no?

—Pues eso, ya saben… Tenía treinta años, pero me sentía como si tuviera diecisiete, seguía intentando vivir la misma vida que antes. Era un marido de mierda y un padre patético. Tardé muchos años en aceptarlo…, igual que me costó mucho tiempo aceptar que ella no iba a volver.

Janssen pensó bien su siguiente pregunta. Miró a Tamara, pero su compañera seguía sin parecer dispuesta a preguntar nada, así que siguió su propio instinto.

—Encontraron el coche de Susan cerca de los acantilados de Sheringham, ¿verdad? ¿Qué pensó usted cuando nuestros compañeros se lo contaron?

Simon movió la cabeza de lado a lado en un gesto de frustración, se frotó distraídamente la nuca y miró por la ventana más cercana antes de responder.

—No me creí lo que todo el mundo me decía.

—¿Qué le decían? —preguntó Janssen.

—Que se había quitado la vida. Susan preferiría hacerme sufrir antes que quitarse de en medio.

—Una respuesta extraña, si me permite que se lo diga —dijo Tamara—. ¿Por qué dice eso?

Cook la miró y resopló con desdén.

—Miren… Yo soy el primero en admitir que puedo ser un poco gilipollas, ya se lo he dicho.

Pero ella tenía lo suyo. No me malinterpreten.

Les he dicho que era maravillosa, y es verdad, lo era.

Pero había dos Susan. Esa y la otra, la que buscaba atención, la manipuladora…

La que siempre se estaba quejando o llorando por cualquier cosa.

Siempre estaba con sus altibajos y yo era el que lo sufría, el que lo pagaba todo el rato.

¿Cómo no iba a irme de juerga de vez en cuando, teniendo que aguantar eso día tras día?

En fin, mi mujer sería perfectamente capaz de fingir algo… Quiero decir, para llamar la atención.

—¿Por ejemplo? —preguntó Janssen.

—Todo eso de dejar el coche cerca del acantilado.

No habría sido la primera vez que fingía que intentaba hacerse daño a sí misma.

Ya lo había medio intentado dos veces antes, sin mucho entusiasmo.

En ambas ocasiones la encontré en el que, casualmente, parecía el momento justo para salvarla a tiempo.

La primera vez estaba sentada en la bañera con una cuchilla de afeitar y una botella de vodka.

Estaba borracha y no paraba de amenazarme.

El agua estaba helada. Debía llevar bastante tiempo allí sentada esperando a que yo llegara a casa.

La última vez la pillé después de que se hubiera tomado un frasco de pastillas.

—No hay constancia de esos sucesos en el expediente ni nada que indique que la ingresaran en el hospital —dijo Tamara.

—¡No ingresó, por supuesto que no! —exclamó Cook con un tono agresivo en su voz.

O, en consideración de Janssen, un tono que reflejaba su frustración al recordar el suceso—.

Vomitó poco después. Las pastillas le sentaron mal y parece que no había digerido la mayoría.

Busqué en Internet y lo que había tomado no iba a matarla.

Tomaba esas pastillas para el acné y, al final, solo estuvo enferma un par de días.

Podría haberse tomado el doble y no habría tenido ningún efecto a largo plazo…

Pero la hicieron estar enferma, de eso no hay duda.

Nunca supe a ciencia cierta si realmente lo había intentado en serio.

Aunque bueno, si de verdad quieres acabar con tu vida, lo haces, ¿no? Ella nunca lo hizo.

—¿Tenía algún antecedente de depresión? —preguntó Janssen.

—Oh, sí. Yo diría que sí. Con su pasado, ¿quién no tendría depresiones?

La abandonaron cuando era niña, no tenía familia y la criaron en un centro de acogida.

Sé que eso no significa que no puedas salir adelante en la vida, pero ella partió con desventaja desde el principio.

Le tocó una mano de mierda con la que jugar.

Y más aún cuando me conoció a mí, no lo niego.

Janssen miró a su alrededor.

—Usted trabaja, le va bien. Está criando a un hijo.

—La marcha de Susan me hizo despertar. Tenía que afrontar la situación. No podía seguir viviendo como hasta entonces… La bebida, las drogas… Tenía un hijo en quien pensar… además de todo lo demás.

Simon se apartó un poco de ellos y se puso a mirar por la ventana un momento. Luego, le echó un vistazo al reloj que había en la pared. Negó con la cabeza.

—Connor va a volver del instituto dentro de poco.

No sé cómo se lo va a tomar. El chico no recuerda mucho a su madre.

Solo tenía seis años cuando se marchó de…

—No terminó la frase, y movió la cabeza de lado a lado en un gesto de desolación—.

Bueno, cuando se murió, lo que sea. Tardé años en aceptar que había muerto —dijo, girándose hacia ellos con los ojos llorosos mientras hablaba—.

Les decía a mis amigos que Susan volvería, que solo necesitaba un poco de espacio, pero ellos me insistían en que tenía que pasar página y seguir adelante.

Y, bueno, tenían razón. Vivir conmigo era un poco duro, pero siempre pensé que algún día volvería.

Hasta un par de años después de que se fuera.

Entonces, de alguna manera, me di cuenta de que todo el mundo tenía razón y que ella estaba muerta.

Podía sentirlo. —Simon se llevó el puño al pecho para enfatizar sus palabras—. Tenía la certeza en mi interior.

—Creo que no lo está entendiendo, ella… —dijo Janssen.

—No, es verdad, no lo entiendo —lo interrumpió Simon—. Ha estado cerquísima todo este tiempo y nunca la encontramos. ¿Cómo acabó en Thornham si dejó el coche en Sheringham?

—Creemos que Susan murió en algún momento del fin de semana pasado.

Simon lo miró con el rostro inexpresivo. Aquel hombre estaba familiarizado con la presencia policial, por lo que tal vez sabía cómo representar un papel y mentir, pero su respuesta parecía bastante sincera.

—¿Ha estado viva… todo este tiempo? —preguntó Simon, cuya expresión había cambiado—. ¿Dónde? ¿Dónde ha estado?

El hombre los miró a ambos, buscando una respuesta.

—Aún no lo sabemos. ¿Sabe si Susan tenía amigos o familiares que vivieran en la zona de Lincolnshire?

—No. Ya se lo he dicho: no tenía familia.

—¿Y amigos?

—¡No! Nadie relevante. Tenía un par de amigas por aquí de las que solía hablar. Sarah era una de ellas.

—¿Sarah? —incidió Janssen.

—Caseley. Nunca pasé mucho tiempo con esa mujer, pero Susi solía hablar de ella bastante a menudo. Se conocían desde hacía tiempo.

—¿Y la otra?

—Tara… no sé qué. Como les he dicho, no conozco bien a ninguna de las dos. Al margen de ellas, Susi era muy reservada. No era muy sociable, ya saben. Desde luego, no conocía a nadie fuera del condado. No recuerdo que hubiera salido de Norfolk en su vida, y mucho menos para ir a Lincolnshire.

Janssen tomó nota de aquello. Unos instantes después, se produjo un cambio evidente en el comportamiento de Cook.

Hasta entonces se había mostrado tranquilo y colaborador, aunque un poco desconcertado por los acontecimientos.

Ahora, sin embargo, parecía estar asimilando la noticia y empezando a plantearse sus propias preguntas.