Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La dirección de Simon Cook que tenían registrada pertenecía a un camping en las cercanías de la localidad de Fakenham, que era el mayor centro comercial de la región del norte de Norfolk.

Estaba a apenas unos quince kilómetros de la costa, y era muy frecuentada tanto por turistas como por los habitantes de la región.

Mientras conducía, Janssen no dejaba de pensar en Alice y Saffy.

Aunque no había llegado a terminar la conversación con Alice, él era muy consciente de lo que le había querido decir.

De vez en cuando, ella dejaba caer alguna cosa durante cualquier conversación mientras estaban de excursión o cenando, cuando estaban solos, en esos días en los que el padre de Saffy se interesaba por su hija lo suficiente como para pasar algo de tiempo con ella.

El inspector casi siempre desviaba la conversación hacia otro tema o contribuía lo menos posible, evitando así hablar de ello.

Reflexionando sobre ese hecho, pensaba que Alice podría percibirlo fácilmente como que a él le resultaba indiferente o que, tal vez, podía dar la sensación de estar distante.

Pero no era así. Ni mucho menos. Janssen entendía que ya se tenía que acabar eso de tomarse el futuro con tanta calma y ligereza.

Lo comprendía a la perfección. Sin embargo, se preguntaba qué debía hacer al respecto.

No era siquiera capaz de contemplar la idea de que ambas dejaran de estar presentes en su vida.

Sin embargo, la alternativa le resultaba casi igual de aterradora.

—¡Tom! Era ahí, ¿no? —exclamó Tamara, mirando hacia atrás mientras observaba el cruce que acababan de dejar atrás.

Janssen maldijo entre dientes, redujo la velocidad del coche y puso el intermitente para salirse de la carretera en un ensanche que había un poco más adelante. Los coches que venían detrás los adelantaron, y él enseguida dio la vuelta y comenzó a avanzar en la dirección contraria.

—Lo siento. Estaba en las nubes.

Tamara no dijo nada, pero Janssen sintió su mirada sobre él mientras giraba a la derecha, atravesaba las puertas y entraba en el camping.

Las instalaciones eran modestas, pero estaban bien organizadas.

Había una fila de construcciones dispuestas en forma de herradura.

La primera de ellas era una oficina. Por su aspecto, las demás eran una serie de diferentes servicios: una tienda pequeña, una lavandería y un bloque independiente de duchas.

En el escaparate de la tienda había carteles con la lista de actividades de entretenimiento disponibles, programadas para diferentes grupos de edad.

A pesar del frío otoñal, parecía que todavía había varias parcelas en uso.

Los indicadores que delimitaban dichas parcelas eran bien visibles.

Cuando Janssen se bajó del coche, echó un vistazo a su alrededor.

Gran parte del recinto estaba ahora cerrado.

Los campos, aún cubiertos de hierba y utilizados como parcelas, estaban bien cuidados, lo cual era necesario teniendo en cuenta el tráfico que recibirían en temporada alta.

Las idas y venidas de los vehículos y sus caravanas habrían destrozado el terreno de no estar bien acondicionado.

Se podían ver algunas tiendas de campaña sin nadie en su interior en uno de los campos que no estaba vallado; en opinión de Janssen, se trataría de campistas experimentados.

Los días y las noches que el inspector pasaba en el barco en aquella época del año podían ser fríos hasta que encendía la estufa e, incluso entonces, no se podía decir que se estuviera del todo bien.

La perspectiva de pasar tiempo bajo una lona en otoño no era precisamente atractiva.

No había nadie por allí que pareciera empleado del camping. Era de suponer que aquel lugar funcionaría con una plantilla mínima de trabajadores durante los periodos más tranquilos del año y que se sumarían empleados estacionales cuando aumentara la actividad en primavera y verano.

—Parece que la oficina está cerrada —dijo Tamara.

Janssen miró hacia el interior, que estaba envuelto en la oscuridad.

—Voy a echar un vistazo.

Se acercó y probó la puerta. Estaba cerrada con llave, así que miró por la ventana, pero no se veía nada dentro.

Miró a la izquierda, hizo un gesto hacia las construcciones cercanas y Tamara asintió y caminó junto a él.

La siguiente unidad era una lavandería autoservicio y se oía el ruido de las máquinas en el interior.

Cuando entraron, salió una señora de una habitación trasera, que les sonrió al verlos.

—Hola —la saludó Tamara—. Estamos buscando a Simon Cook. ¿Está por aquí?

—Simon, sí. Lo encontrarán limpiando las duchas, ahí al lado —respondió la mujer, que los miró con recelo; su sonrisa se había desvanecido ligeramente—. ¿Todo bien?

—Sí, seguro que sí. Tenemos que hablar con él un segundo, eso es todo —afirmó Tamara.

Janssen se dio la vuelta y su compañera lo siguió hacia el exterior. La señora continuó con lo que estaba haciendo, pero no les quitó ojo mientras salían.

—¿Puede llevar la iniciativa con él? —preguntó Tamara en cuanto estuvo segura de que la mujer ya no podía escucharlos.

—Sí, claro. ¿Por qué?

—Quiero observar un poco.

Janssen supuso que habría una lógica detrás de aquella decisión.

Tamara ya había revisado el expediente de Simon y tal vez no quería que sus ideas preconcebidas influyeran en la dirección que pudiera tomar la conversación.

El bloque de duchas estaba separado de la lavandería.

Era un edificio construido expresamente para ese fin que estaba dividido en dos; las duchas para hombres estaban a la izquierda.

En la entrada de la parte para las mujeres había un cartel plegable que advertía de que se estaba limpiando.

Al entrar, encontraron a un hombre fregando el suelo con una mopa.

—¿Simon Cook? —preguntó Janssen.

El hombre levantó la vista, dejando de hacer lo que estaba haciendo, y entrecerró los ojos. Janssen le enseñó su placa.

—Sí. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Nos gustaría hablar con usted, señor Cook. ¿Hay algún lugar en el que podamos conversar?

Simon Cook metió la fregona en el cubo, empujó este hacia la pared y apoyó el mango de la fregona contra la misma para que no se cayera. Se pasó el dorso de la mano por la base de la nariz, aspirando de forma escandalosa mientras lo hacía.

—Parece algo importante —dijo Cook, mirándolos a ambos.

—Me temo que así es, señor Cook. Se trata de su mujer, Susan.

Al hombre se le descompuso la cara por un momento y abrió la boca de golpe. Fuera lo que fuera lo que pudiera esperar que le dijeran, resultaba obvio que aquello lo había pillado por sorpresa.

—¿Susan? —preguntó en voz baja, recuperando un poco la compostura, aunque aún con aspecto desorientado—. ¿Qué pasa con ella?

—¿Hay algún lugar en el que podamos hablar en privado? —reiteró Tamara.

Cook pareció confundido, pero al final se encogió de hombros y les hizo un gesto para encaminarse por el mismo sitio por el que habían llegado.

—Podemos ir a mi casa. Está justo enfrente —dijo, señalando por detrás de ambos, como si tuvieran la capacidad de ver a través de una pared de ladrillos.

De vuelta en el exterior, se encontraron con la señora de la lavandería, que tenía una expresión de preocupación en el rostro.

—¿Va todo bien, Simon?

—Eh…, sí, todo irá bien, Margaret. No te preocupes —respondió él mientras pasaban junto a ella—. Son de la policía. No tardaré mucho.

Cruzaron un camino y Simon los condujo en dirección a unas caravanas de uso permanente.

La mayoría tenían una terraza elevada alrededor del perímetro, algunas con barbacoas o muebles de jardín.

Cook se detuvo en la segunda y subió los escalones hasta la puerta.

No estaba cerrada con llave. La abrió e invitó a pasar a los detectives, mirando nerviosamente hacia el bloque de duchas, donde la siempre vigilante Margaret los observaba.

—Tendrán que disculpar el desorden —dijo Cook mientras Tamara y Janssen lo seguían hacia el interior. Recogió varias prendas de ropa que había esparcidas por el sofá y depositó el montón en una de las sillas de la mesa de comedor.

Janssen miró a su alrededor. Estaban en un espacio habitable que consistía en una cocina pequeña y una zona para comer en uno de los extremos; en el otro había un sofá esquinero orientado hacia una televisión.

Más hacia el interior de la caravana había un pasillo estrecho en el que podían verse tres puertas, que presumiblemente darían acceso a dos dormitorios y un cuarto de baño.

Para algunos, aquello se consideraría un lugar muy apretado, pero, en comparación con la zona habitable de la que Janssen disponía en el barco, podría tildarse de amplio.

Tras un par de movimientos más para dejar la caravana más presentable, Simon Cook se relajó un poco y los miró a los dos.

Ambos seguían de pie en medio de la caravana, esperándolo.

Cook les ofreció asiento y ellos eligieron el sofá para hacerlo.

El hombre permaneció de pie, cruzó los brazos por delante de su cuerpo y se apoyó en la encimera de la cocina.

—¿Vive aquí todo el año? —le preguntó Janssen.

—Sí, claro. Viene con mi puesto de trabajo.

—¿A qué se dedica exactamente? —preguntó Tamara.

—Hago un poco de todo, la verdad —respondió—. Mantenimiento general, albañilería… lo que sea. Es un ingreso estable y, como les he dicho, mi contrato nos permite vivir aquí.

—¿Nos? —preguntó Janssen.

—A mí y a mi hijo, Connor —respondió Cook, apartando la mirada de los detectives y desviándola al suelo.

Luego, respiró hondo y miró a Janssen—. ¿Me ha dicho que se trata de algo relacionado con Susan?

Creía que la policía ya le había remitido todos los documentos del caso al juzgado.

Al menos, eso fue lo que me dijeron a mí.

Janssen intercambió una mirada con Tamara y ella asintió.