Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La inspectora jefe deseaba con todas sus ganas saber algo sobre los movimientos de Susan desde el viernes, durante todo el fin de semana.

Lo que quería de verdad era encontrar el coche.

Ya había difundido los detalles del vehículo y estaba segura de que solo era cuestión de tiempo que lo encontraran.

Si lo habían abandonado en algún lugar, llamaría la atención.

Irónicamente, si estaba aparcado en un aparcamiento grande en un entorno urbano, podría llevar más tiempo localizarlo.

—¿Tiene la empresa de alquiler localizadores en sus vehículos o acuerdos de servicio y mantenimiento con el fabricante? —preguntó la inspectora jefe, irritada consigo misma porque no se le hubiera ocurrido aquello antes.

Janssen negó con la cabeza.

—La vida sería más fácil si así fuera —dijo el inspector—. Yo les he preguntado exactamente lo mismo. Solo lo hacen con las marcas de alta gama.

—Qué lástima.

—¿Qué sabemos del tipo al que vamos a visitar? El marido, Simon se llamaba, ¿verdad?

—A juzgar por su expediente, es un angelito.

—¿Tiene antecedentes?

—Nada reciente, pero muchas cosas en el pasado —respondió Tamara, que lo miró de reojo mientras caminaban.

Salieron de la comisaría y, una vez fuera, les golpeó la brisa fría que soplaba desde la costa hacia el interior.

Tamara llevaba puesto un jersey gordo de lana, pero solo le ofrecía una protección mínima contra el viento.

Janssen se fijó en que estaba temblando y parecía estar a punto de ofrecerle su abrigo.

Ella podía prescindir de esa caballerosidad.

Había intentado en muchas ocasiones poner remedio a su despiste, pero no había logrado resultados tangibles hasta la fecha.

—Tome, tenga mi ab…

—No —rechazó la inspectora jefe firmemente, sin mirar a su compañero a los ojos.

Por el rabillo del ojo vio una reacción casi imperceptible en Janssen.

Había sido brusca, era cierto—. Tengo un abrigo en el coche si lo necesito.

—No era cierto. Se lo había dejado en casa, colgado sobre el sillón frente a la chimenea de su dormitorio.

—Vale. ¿Quiere conducir o lo hago yo?

—Vamos en su coche. Así podré ponerlo al corriente del pasado turbulento de Simon Cook por el camino.

Llegaron al coche y Janssen lo abrió. Ambos se subieron y, tan pronto como el inspector arrancó, ella buscó los controles de la calefacción de los asientos y los puso al máximo. Si Janssen se dio cuenta, no hizo ningún comentario al respecto.

—Entonces, me ha dicho que este hombre tiene antecedentes —dijo Janssen mientras ponía ya el coche en marcha. Fakenham estaba a media hora en coche a esas horas del día, algo más en plena temporada turística.

—Existen múltiples arrestos en su expediente.

Lo condenaron por alteración del orden público en una ocasión y se le impuso una sentencia sin cumplimiento inmediato que, por suerte para él, expiró antes de su siguiente detención.

Esta se produjo por una agresión, aunque ese caso nunca llegó a los tribunales porque el testigo retiró lo que había declarado.

—Entonces, es un tipo cariñoso y adorable… —dijo Janssen con una sonrisa en los labios.

—Por lo que parece, también le gusta mucho divertirse —añadió Tamara, inclinando la cabeza hacia un lado y devolviéndole la sonrisa—.

Tiene antecedentes por posesión de drogas y también fue arrestado por presunta intención de tráfico de estupefacientes.

Además, estuvo en la cárcel un periodo corto de tiempo por robo.

—Veo unas cuantas razones por las que Susan podría haber decidido no quedarse cerca de él.

—Sí. Un partidazo —sentenció Tamara.

La conversación se fue desvaneciendo y Tamara comenzó a reflexionar sobre los motivos que Susan podría haber tenido para marcharse.

No sería la primera persona en pensar que alejarse de su entorno le iba a ofrecer un futuro mejor.

No podía juzgarla demasiado teniendo en cuenta su propia situación personal.

Richard, su prometido hasta hacía muy poco tiempo, no se tomó muy bien su decisión de marcharse.

Y ella había sido directa y muy sincera con él, al menos hasta cierto punto.

No se veía como madre, casándose con un hombre al que amaba…

en cierto modo, pero no lo suficiente como para comprometerse honestamente a pasar el resto de su vida con él y, desde luego, no si eso significaba traer un hijo al mundo.

La expectativa de que ella renunciara a su carrera profesional debería haber sido suficiente para hacer saltar todas las alarmas.

Debería haberse dado cuenta antes, haber actuado más rápido.

Eso era cierto, qué duda cabía. De alguna manera, se había dejado arrastrar hacia un futuro que no consideraba como propio.

Era el de Richard. O el de su familia, pero no el de ella.

Había tomado la determinación de no ser tan pasiva en el futuro.

La mayoría de las noches aún pensaba en su decisión, en el daño que le había hecho a Richard.

De vez en cuando todavía le surgían dudas, pero las reconocía y las desechaba.

Tamara miró a Janssen, cuya expresión era seria. Él también tenía algo en la cabeza. En muchos aspectos, eran muy similares. A ninguno de los dos se le daba demasiado bien expresar sus ideas cuando se trataba de cuestiones personales.

Quizá había juzgado la oferta de Tom de prestarle un abrigo en el contexto de lo que estaba sucediendo en su vida personal. Había tenido una reacción exagerada ante lo que era un acto sincero de amabilidad.

—Gracias por ofrecerme el abrigo —dijo en voz baja, mirándolo a los ojos.

El inspector la miró y ella sonrió.

—De nada —dijo Janssen, devolviéndole la sonrisa—. Aunque, si le soy sincero, me alegro de que lo rechazara.

—¿Por qué?

—Porque tengo frío.