Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Tamara Greave estaba sentada en su escritorio en la sala de operaciones leyendo el expediente que acababa de sacar del archivo.

La documentación sobre la desaparición de Susan Cook era interesante, pero había sido su marido, Simon, lo que más le había llamado atención.

Sin apartar la vista de la página que tenía ante sí, extendió la mano para coger la taza que tenía delante.

Cerró los dedos alrededor de la porcelana caliente que contenía su té verde.

Estaba tan absorta que no se percató de la llegada de Janssen ni de Eric, unos pasos por detrás del primero.

Se sobresaltó cuando el inspector se colocó a su lado, hasta el punto de derramar un poco de té mientras le estaba dando un sorbo.

—Lo siento —se disculpó Janssen—. Pensé que nos había oído entrar.

—No pasa nada —respondió Tamara, que se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a dejar la taza sobre el escritorio.

Miró la parte delantera de su blusa y se pasó una mano de forma distraída sobre la mancha que el té había provocado, esperando que no se quedara.

Sacudió ligeramente la cabeza—. ¿Qué tal les ha ido con el coche de alquiler?

Janssen frunció el ceño y movió la cabeza de lado a lado en un gesto pesimista.

—Ninguna de las personas con las que hemos hablado recordaba a la mujer de cuando fue a recoger el coche.

El empleado que tramitó el alquiler está fuera del país y no vuelve hasta la semana que viene.

Sin embargo, la mujer aparece en las cámaras de seguridad recogiendo el vehículo y firmando los papeles.

Da la sensación de llevar puesta la misma ropa que el cadáver que sacamos del agua.

Me atrevería a decir que su pelo tiene el mismo largo, color y estilo.

No debería ser demasiado difícil confirmarlo.

Tamara giró lentamente su silla, de forma que podía contemplar toda la sala de operaciones. Se inclinó hacia delante, estiró ambos brazos y contuvo un bostezo.

—¿Cansada? —le preguntó Janssen.

—La vida en mi casa de huéspedes no es tan tranquila fuera de temporada como cabría pensar —respondió la inspectora jefe—. ¿Estaba sola?

—Sí. Entró sola, y tampoco parecía que hubiera nadie esperándola fuera.

A menos que estuvieran en el exterior del recinto, fuera del alcance de las cámaras.

Lo más interesante es la identificación que utilizó para alquilar el coche.

Susan usó un carné de conducir y una factura de suministros a nombre de Barbara Keller.

Ambas cosas están registradas en una dirección de Lincolnshire.

¿Ha aparecido el nombre de Barbara en algún otro sitio?

Tamara volvió a revisar los documentos que tenía sobre su escritorio.

Había sacado el informe de la investigación, que databa de nueve años atrás, cuando el marido de Susan Cook acudió a la comisaría para denunciar la desaparición de su mujer.

Junto al informe estaban las notas del oficial a cargo de la investigación de aquel caso y el resumen de las conclusiones.

Aunque el caso seguía oficialmente abierto, la realidad era que nadie había vuelto a revisar aquel expediente para intentar avanzar en la investigación en los últimos ocho años.

Así pues, seguiría inactivo a menos que se activara una alerta en el sistema.

Sin embargo, un año atrás, el Tribunal Superior había solicitado todos los expedientes relacionados con el caso.

A primera vista, la investigación sobre la desaparición de Susan parecía bastante exhaustiva.

Sin embargo, cuanto más leía Tamara, mayor era su sensación de que se habían pasado cosas por alto.

No es que se hubiera cometido algún error, pero ella habría hecho algunas preguntas concretas si hubiera estado a cargo de la investigación, preguntas que no se habían planteado.

También le parecía que había posibles líneas de investigación que no se habían tratado con suficiente detalle o que ni siquiera se habían tenido en cuenta.

Todo lo cual le molestaba profundamente.

En su opinión, Simon Cook era alguien que merecía una atención mayor que la que se le había prestado en aquel momento, y sentía que ese hombre había gozado de cierta impunidad desde una fase relativamente temprana de la investigación.

Tamara revisó los nombres de los conocidos, amigos y compañeros de trabajo, pero no encontró nada.

No había ningún registro con el nombre de Barbara Keller. Miró a Janssen y negó con la cabeza.

—No. No aparece ese nombre —afirmó—. ¿Han buscado en el Ordenador Nacional de la Policía?

Janssen miró a Eric. Esa era la primera tarea con la que tenía que ponerse en cuanto regresaran a la comisaría.

—Sí, aquí está —aseguró Eric, mirándolos a ambos con cierta emoción en el rostro—. Barbara Keller. Cincuenta y seis años, registrada en la misma dirección que Susan Cook utilizó para alquilar el coche. No tiene antecedentes. Ninguna condena.

—¿Y qué puedes contarnos sobre la dirección? —le preguntó Janssen.

—Es una granja —informó Eric, que abrió una ventana nueva del navegador y accedió a un buscador.

Tecleó el código postal en el espacio habilitado para ello en el buscador y apareció un mapa de la zona—.

Aquí está, parece que se encuentra a este lado de Sleaford.

Probablemente, a menos de dos horas en coche desde aquí.

—Tenemos que ir a hablar con ella. Por alguna razón, no me parece que Susan Cook pueda ser una carterista ni tampoco alguien que rebusque en la basura para conseguir cosas como estas.

Me imagino que debe tener alguna relación con Keller, ser cercana a ella.

Puede que lo haya cogido todo sin su conocimiento o, tal vez, con su aprobación —afirmó Janssen.

—Ya sea una cosa o la otra, es lógico pensar que esa mujer pueda arrojarnos algo de luz sobre dónde ha estado metida Susan todo este tiempo —dijo Tamara—.

Hablaremos con ella mañana. Mientras tanto, Tom, quiero que venga conmigo a ver a Simon Cook, el marido de Susan.

Los medios de comunicación de la zona ya andan husmeando y, tarde o temprano, tendremos que hacer una declaración con más información de la que hemos ofrecido hasta ahora.

—Estoy de acuerdo —dijo Janssen—. Aquí todo el mundo se conoce y la noticia ya debe estar circulando. No sería bueno que se publicara antes de que seamos nosotros los que la demos a conocer. ¿Fue Simon quien denunció la desaparición de su mujer?

—Sí. Hace nueve años —dijo Tamara, echando un vistazo al expediente que tenía delante, aunque no necesitaba comprobarlo—. Tiene un pasado bastante movido. Se lo contaré por el camino.

Tamara se levantó y cogió su jersey del respaldo de la silla. Janssen la alcanzó y ambos se encaminaron hacia el exterior de la sala de operaciones. Tamara se dirigió a Eric mirando hacia atrás mientras se marchaban.

—Eric, mientras estamos fuera, quiero que revise la denuncia de la desaparición de Susan. Compruebe toda la información que pueda para ver si se registró todo correctamente.

El oficial parecía confundido.

—Pero ¿por qué? Ya sabemos que, en efecto, estaba desaparecida y no muerta. ¿Qué tendría que esperar encontrar?

—Aún no sabemos ni por qué se marchó ni dónde ha estado durante todo este tiempo —explicó Tamara, deteniéndose al llegar a la puerta—.

Cada año desaparecen miles de personas en este país y la gran mayoría de ellas reaparecen en los primeros doce meses.

Un número muy reducido se convierte en víctima de algo funesto.

La mayoría simplemente eligen un camino diferente al que llevaban, y no desean volver.

Susan desapareció del mapa. Quiero saber por qué se marchó, pero también qué fue lo que la impulsó a regresar.

—Muy bien —afirmó Eric, volviendo a su ordenador.

—¿Cree que ambas cosas están relacionadas? —le preguntó Janssen a Tamara mientras reanudaban la marcha, dejando ya atrás la sala de operaciones—. Me refiero a la razón por la que se marchó y al motivo que hizo que volviera.

—Eso es lo que pienso, sí —respondió ella. Por la expresión del rostro de Janssen, él no parecía muy convencido—. ¿No está de acuerdo?

Janssen parecía dudarlo.

—No estoy necesariamente en desacuerdo, pero estoy abierto a cualquier opción.

—Piénselo. Susan desaparece sin decírselo a nadie. No hay ni rastro de ella después de aquel momento. No toca su cuenta bancaria ni su tarjeta de crédito; su familia y amigos no saben nada de ella. Estaba casada y, aun así, se esfuma. ¿Qué le sugeriría todo eso normalmente?

—Yo me inclinaría por el suicidio. Todo el mundo deja un rastro, por pequeño que sea —dijo Janssen—. En cuanto empezamos a tirar un poco del hilo, todo empieza a encajar. En contra de lo que la gente suele pensar, no es tan sencillo desaparecer en la era digital. No sin ayuda.

—Eso es lo que yo pienso —replicó Tamara—.

Susan Cook se tomó muchas molestias para asegurarse de que nadie pudiera encontrarla, y lo consiguió.

Todo el mundo, incluidos nosotros, pensó que se trataría de un suicidio.

Me gustaría saber cómo lo logró. Seamos realistas: por su aspecto actual, la mujer no lleva nueve años viviendo en la calle y comiendo de la basura.

Alguien tiene que saber dónde ha estado.

Quizá esta mujer, Keller, pueda decirnos qué ha pasado con ella durante todo este tiempo, ¿no?

—Y ahora regresa. De repente, como si no pasara nada —añadió Janssen mientras bajaban las escaleras hacia la planta baja. Sus zapatos resonaban en los peldaños pulidos.

—Solo que, esta vez, acaba muerta antes de que nadie se percate de su presencia.

—Por lo que sabemos hasta ahora —la corrigió Janssen.

—Exacto. ¿Cuándo recogió el coche?

—El viernes por la tarde.

Tamara reflexionó durante un instante.

—La forense ha registrado el momento preliminar de la muerte en el domingo, dos días después. Va a intentar precisarlo más, pero eso es lo que tenemos por ahora.