CAPÍTULO 5
—Deme un momento y le traigo el expediente.
Tom Janssen echó un vistazo a la oficina de la empresa de alquiler de coches.
Era anodina e insulsa, apenas un módulo vallado en un recinto cerrado.
Eric apareció por la puerta y el recepcionista levantó la vista para hacerle saber con un gesto al recién llegado que lo atendería lo antes posible.
Janssen le explicó que se trataba de otro policía y el hombre volvió a centrar su atención en su base de datos.
—Lo siento —se disculpó el hombre poco después, sin apartar la vista de la pantalla que tenía delante—, a veces se tarda un rato en acceder a estas cosas. Lo tendremos en un minuto —explicó mientras levantaba la vista hacia Janssen, que le indicó con un gesto que no se preocupara.
El inspector se alejó un paso del mostrador y le levantó una ceja a Eric en un gesto inquisitorio. Su compañero se había quedado en el coche para atender una llamada telefónica.
—Han conseguido obtener las huellas dactilares de la fallecida —afirmó Eric.
Bajó la voz para que nadie más pudiera oírlo.
La única persona que andaba cerca era el empleado, pero estaba concentrado en su trabajo y no les prestaba mucha atención—.
Han tardado un poco más de lo habitual porque la piel se había alterado por el inicio del proceso de descomposición y también por el tiempo que la víctima llevaba en el agua.
—¿Cuánto estiman que llevaba?
—Un mínimo de tres días. Están tratando de determinar cuándo se produjeron los daños en la cabeza y la cara.
—O sea, ¿si se produjeron antes o después de que entrara en el agua? —preguntó Janssen.
—Y, de ser lo segundo, cuánto tiempo llevaba sumergida cuando se produjeron sus lesiones —explicó Eric—. Sigue pareciendo probable que se viera implicada en un incidente con una hélice de algún tipo con la que se cruzara.
Janssen consideró aquella información. Tres días situarían el día de la muerte en algún momento del fin de semana.
Si fueran exactamente tres días, la mujer habría entrado en el agua el domingo por la noche.
Si los registros de la empresa de alquiler de coches podían arrojar alguna luz sobre los movimientos de la víctima, podrían ampliar o reducir el intervalo temporal en consecuencia.
—¿Ya hemos cotejado las huellas? —preguntó Janssen.
Eric asintió con la cabeza y volvió a mirar al empleado. Este los seguía ignorando.
—Sí. La víctima es una mujer llamada Susan Cook. Es de Norfolk. Cuarenta y cuatro años, está casada y su última dirección conocida está registrada en Fakenham.
—¿Y qué sabemos de ella?
—¡Ah…, por fin! —exclamó el asistente en voz alta, haciéndoles señas para que se acercaran a él.
Los dos policías cruzaron el espacio hasta donde estaba el empleado, y Janssen le indicó a Eric con un gesto que podía terminar de explicárselo todo más tarde.
—¿Es el coche? —preguntó Janssen, acercándose al mostrador.
—Sí, coincide —afirmó el hombre, que inclinó la pantalla para que Janssen pudiera verla, aunque había demasiada información como para que el inspector pudiera procesarla toda de un solo vistazo—. Es un Focus blanco.
Janssen estaba contento. Eso coincidía con la información que el fabricante había podido proporcionarles a partir del número de serie documentado en el llavero del coche.
Con dicho número, habían accedido a la base de datos de tráfico para encontrar al propietario registrado del vehículo, lo que los había conducido hasta aquella empresa de alquiler de coches.
—¿Cuándo retiraron el vehículo? —preguntó el inspector, satisfecho con los avances que parecían estar logrando.
—Lo recogieron el viernes por la tarde, la semana pasada.
—¿Y puede confirmar que no lo han devuelto? ¿No hay ninguna nota en el expediente acerca de algún posible accidente o algo similar ni ningún contacto del conductor?
El hombre negó con la cabeza.
—No, lo alquilaron por una semana y eso significa que no vence hasta… mañana. Sí, mañana viernes.
—¿Quién recogió el coche?
El hombre volvió a mirar su pantalla.
—Solo se registró a una persona autorizada para conducir y fue ella misma quien lo recogió. Barbara Keller.
Janssen intercambió una mirada con Eric. Luego, entrecerró los ojos al ver las cámaras instaladas que había en la pared, detrás del mostrador. Cubrían la entrada y el espacio de trabajo de aquel hombre.
—¿Funcionan? —le preguntó. El empleado asintió—. Quiero ver las grabaciones de la persona que recogió el coche, y también quiero copias de la identificación que se utilizó para tramitar el alquiler del vehículo.
—Sin problema —respondió el empleado, que se dio la vuelta y abrió un archivador cercano—. Voy a sacar el expediente y, mientras lo van revisando, les busco las imágenes de la cámara.
Janssen le dio las gracias y aceptó con gratitud los documentos que el hombre les entregó casi de inmediato.
Eric se unió al inspector mientras este se sentaba junto a una mesa auxiliar en la sala de espera.
Janssen apartó varios folletos informativos que había sobre la mesa para que la gente los leyera mientras hacían tiempo y abrió el expediente.
Extendió su contenido y ambos echaron un vistazo a lo que tenían delante: los formularios firmados por el cliente, así como la prueba de su identificación y su dirección.
El nombre y la firma impresos correspondían a Barbara Keller.
Su domicilio estaba en Lincolnshire, una zona que Janssen no conocía.
El inspector centró su atención en las fotocopias de los documentos de identidad que se habían utilizado para alquilar el coche y vio una factura de suministros que coincidía con la misma dirección de Lincolnshire.
Tenía fecha de los últimos dos meses y también estaba a nombre de una tal «B.
Keller». Había también una copia de un carné de conducir con fotografía grapada a la factura.
Una breve comparación entre las dos firmas, la del carné y la del formulario de la empresa, reveló que eran bastante similares.
Observando la imagen en blanco y negro de la fotocopia, era difícil determinar si esa persona se podía corresponder con la víctima.
La mujer tenía el pelo a la altura de los hombros, pero liso en lugar de ondulado.
Al mirar la fecha de expedición, Janssen pudo comprobar que la foto tenía al menos ocho años; el corte de pelo bien podría haber cambiado.
—¿Qué edad has dicho que tenía Susan Cook?
—Cuarenta y cuatro —respondió Eric—. ¿Por qué?
—Según la fecha de nacimiento de Barbara Keller, es una década mayor que nuestra víctima.
—¿Hay mucha diferencia entre cuarenta y cincuenta años? —preguntó Eric—. Al final, viejo es viejo.
Janssen sonrió ante la ignorancia feliz de la juventud.
—Te llega más rápido de lo que te crees, Eric —le dijo.
—¿Estás pensando que utilizó un documento de identidad falso? —preguntó Eric.
—Estamos a punto de averiguarlo —respondió Janssen, señalando hacia el mostrador mientras el empleado regresaba con un ordenador portátil en la mano.
El hombre abrió el ordenador, insertó un pendrive y se dispuso a acceder a la grabación.
Cuando la tuvo lista, giró el portátil para que tanto Janssen como Eric pudieran ver bien las imágenes.
La fecha y la hora indicaban que era alrededor de mediodía del viernes anterior.
Las imágenes se dividían en tres partes: una cámara ocupaba la mitad de la pantalla y otras dos grababan a las personas que entraban en el recinto.
Una de ellas estaba instalada en el exterior y la segunda, en la pared interior frente a la entrada de la oficina.
En el fondo se veía a los empleados trabajando en el exterior, atendiendo a otros clientes que recogían o devolvían vehículos.
Una mujer apareció en la escena acercándose a pie al módulo prefabricado.
Se fue definiendo con cada vez más nitidez al atravesar la puerta y Janssen la evaluó.
Era delgada, tenía el pelo ondulado hasta la altura de los hombros, y llevaba puesto un abrigo claro que le llegaba justo por debajo de la cintura.
Echando un vistazo a la entrada, Janssen calculó que mediría alrededor de un metro setenta y cinco, lo que la situaba por encima de la media para la estatura de una mujer.
Era una grabación en blanco y negro, pero las imágenes eran de buena calidad.
Janssen observó cómo la mujer se aproximaba al mostrador y esperaba en la cola a que hubiera algún trabajador libre para atenderla.
Aquel día había dos empleados en el mostrador, pero parecía que ella solo había hablado con uno de ellos.
Intercambiaron unas palabras y comenzaron con el trámite burocrático.
—¿Había solicitado el alquiler del coche por adelantado? —preguntó el inspector.
—Sí, lo reservó con una semana de antelación —confirmó el empleado.
—Entonces, no fue una visita improvisada…
El resto de la grabación recogía los trámites formales del alquiler antes de que el empleado acompañara a la mujer al exterior, donde estaba aparcado el coche. No parecía haber nada irregular.
—¿Podríamos hablar con el hombre que la atendió?
El empleado negó con la cabeza.
—Me temo que está de vacaciones. Está fuera del país y no vuelve hasta la semana que viene.
A Janssen eso le decepcionó. A veces, las conversaciones informales que tienen lugar entre dos personas sin relación entre sí podían ofrecer información importante sobre los movimientos de una persona, incluso aunque en aquel momento eso hubiera pasado desapercibido.
—De acuerdo, volveremos más adelante. ¿Podemos quedarnos con una copia de esto?
—Claro, el pendrive es para ustedes, se lo he preparado para que se lo puedan llevar.
—Dígame, ¿cómo pagó la señora Keller el alquiler?
—Un momento —dijo el empleado, que, acto seguido, se giró hacia su ordenador—. Pagó en… efectivo.
—¿Es algo habitual?
—No, en absoluto. A ver, ocurre de vez en cuando, pero una semana de alquiler… son casi quinientas libras. Es más común pagar por Internet en el momento de la reserva o hacerlo aquí con tarjeta.
—¿Les llamaría la atención que alguien pagara en efectivo?
—Podría, pero, para ser sincero, dependería de lo ocupados que estuviéramos. Los viernes solemos estar a tope, así que se podrán imaginar que intentamos atender a los clientes que entran y salen lo más rápido posible.
Janssen le agradeció al hombre su tiempo y se guardó el pendrive en el bolsillo. Salió de la oficina con Eric y se dirigieron al coche, que estaba aparcado a poca distancia, en el límite del recinto.
—No me has llegado a explicar si sabíamos algo de Susan Cook —le dijo a Eric mientras abría el coche.
—Figura en los registros de personas desaparecidas —respondió Eric.
Janssen soltó la manilla de la puerta del coche, apoyó ambos antebrazos en el techo y golpeó distraídamente las llaves del coche que tenía en la mano derecha contra la palma de la izquierda.
—Eso podría explicar por qué usó dinero en efectivo en lugar de una tarjeta.
—Entonces, ¿crees que esta Barbara Keller es la misma persona? —preguntó Eric.
—Tendría sentido —respondió—. Keller es diez años mayor. Puedes salir airoso en un sitio como este, donde solo comprueban tus datos de forma superficial. ¿Hasta qué punto los examinan en realidad? Mientras los papeles estén en regla, es bastante sencillo.
—¿Podríamos hablar de un robo de identidad?
Janssen asintió.
—Tendremos que encontrar a la verdadera Keller y preguntárselo. ¿Qué más hay en el expediente sobre Susan Cook?
Eric sacó su libreta y la hojeó hasta llegar a la información más reciente.
—Pues me temo que no demasiado. Su marido denunció su desaparición hace nueve años.
En aquel momento se consideró algo extraño, algo que no era propio de ella.
Pero hay una nota de un oficial a cargo de la investigación que sugiere que había algunos problemas persistentes de salud mental que podían influir en la situación.
No hubo actividad en su cuenta bancaria ni en su tarjeta de crédito después de su desaparición, por lo que no tenemos gran cosa con la que trabajar. El caso sigue abierto.
Janssen reflexionó sobre ello.
—¿Algún indicio de delito?
—Lo siento, solo tengo la información más básica. Para saber más, tendremos que esperar a regresar a la comisaría.