CAPÍTULO 4
Abigail Thomas acompañó a los dos policías hasta la puerta, pero se quedó en el umbral del estudio mientras ambos se alejaban.
Había comenzado a lloviznar. Se despidió de ellos y los vio caminar hacia la parte delantera de la casa, hasta desaparecer de su vista.
Poco más tarde, escuchó el sonido de un motor arrancando.
Un momento después, oyó cómo el coche se alejaba.
Al caer en la cuenta de que había estado conteniendo la respiración, exhaló profundamente.
Se quitó el delantal, entró en la antesala y lo colgó de un gancho.
Luego, salió y cerró la puerta. Las nubes se abrieron un poco, dejando pasar los rayos de sol a través de la lluvia que caía con suavidad.
El viento atravesó su blusa de lino. El sol fugaz contradecía la realidad de aquel día otoñal, aunque ella apenas lo sintió, pues enseguida regresó al calor y la seguridad que le ofrecía la casa.
Una vez en el interior, el sonido del tictac del reloj que estaba colgado en la pared de la cocina era lo único que rompía el silencio.
Cogió una taza de la estantería que estaba situada encima de la tetera, puso esta a hervir, salió de la cocina y se dirigió al amplio salón.
Sus ojos se fueron directos, como solía ocurrir, a la pared frente a la chimenea, donde colgaba su obra más importante.
Aquella pintura impulsó su carrera incipiente a otro nivel.
La primera versión se vendió por varios miles de libras y sentó las bases del creciente interés por todo lo que vino después.
Abigail se apoyó en el brazo del sofá y cruzó los brazos sobre el pecho mientras lo contemplaba.
Desde el momento en que llegaron aquellas personas y se identificaron como agentes de policía, lo único en lo que pudo pensar fue en aquella escena.
El cielo se mostraba severo, airado, negro como la noche y envolvía la obra en un velo pesado, una capa opresiva.
Bajo las nubes, en primer plano, se podía ver un roble viejo y retorcido.
Despojado de todo lo superfluo, la figura dominante era aquel árbol desnudo enraizado en el terreno que sobresalía sobre el arroyo que discurría a su lado.
Las ramas colgaban bajas sobre el agua, proyectándose sobre el resplandor del atardecer que se perdía en el horizonte.
Había varias versiones más de la obra, pero aquella captaba la intensidad emocional del momento, haciendo que la escena quedara grabada en la memoria como si fuera necesario hacerlo.
El día que reflejaba el cuadro comenzó de forma muy similar al actual, con un aire frío otoñal, el atisbo de unos rayos de sol y, aun así, una seria amenaza de lluvia.
El recuerdo le provocó un cúmulo de emociones, sentimientos que trató de reprimir de inmediato, tal y como había hecho muchas veces a lo largo de los años.
El rugido de la tetera la devolvió al presente.
Al abrir un tarro de café, percibió que le temblaba la mano derecha y tuvo que dejarlo sobre la mesa para poder controlar aquel movimiento involuntario con la mano que le quedaba libre.
Abigail sintió una presión en el pecho y trató de mantener la calma ante el pánico que sentía, cada vez mayor.
«Esto pasará. Siempre lo hace».
Salió de la cocina y regresó al salón con movimientos lentos, sintiendo que flotaba al caminar.
De nuevo, dirigió la mirada al mismo cuadro.
Juntó las palmas de las manos, las levantó y colocó los dedos debajo de la punta de la nariz, cubriéndose a la vez la boca mientras exhalaba despacio, como si de una oración meditativa se tratase.
Cerró los ojos y de inmediato le vinieron imágenes a la mente.
La emoción, la energía…, la ira y la frustración.
Cuando abrió de nuevo los ojos, una emoción diferente sustituyó esos recuerdos y los disipó. El sentimiento que más temía: la culpa.
Esa era la razón por la que guardaba aquel cuadro en particular tan cerca de ella.
No era por vanidad ni tampoco una forma de celebrar el éxito.
Era un recordatorio siempre presente. La única constante que le aseguraba mantener los pies en la tierra, consciente de sus raíces y de lo que la movía en la vida.
De momento, aquel era un recuerdo privado, y la razón que la había motivado a pintar el cuadro era ajena para todos los que la rodeaban.
Llegaría el día en que eso dejaría de ser así.
Ella lo sabía. Siempre lo había sabido. Con el paso de los años, había dejado de ser una certeza absoluta para convertirse en una mera probabilidad.
Siendo sincera consigo misma, esperaba que esa probabilidad fuera disminuyendo con el tiempo.
Ahora parecía que el final se precipitaba rápidamente hacia ella.
O la verdad salía a la luz, o el pasado permanecía enterrado para siempre.
¿Qué prefería? No tenía respuesta. Se acercaba el día de una rendición de cuentas en el que sería juzgada. De alguna manera, Abigail Thomas sentía que, cuando llegara, no sería suficiente para ella; se quedaría con ganas de más.