CAPÍTULO 3 #3
Abigail se quedó mirándolo. Tamara no logró interpretar si la mujer se había ofendido.
A simple vista, no parecía una persona demasiado despreocupada o tranquila.
La impresión que le había dado hasta el momento era más bien la opuesta: una persona rígida y fría.
Entonces Abigail se echó a reír. Aunque la risa se apagó enseguida.
Solo ella sabía hasta qué punto había sido sincera.
—Puede que haya algo de eso, inspector —dijo finalmente, rompiendo el contacto visual con Janssen.
La mujer se acercó a una estantería con varias baldas, cogió un folleto promocional y se lo entregó a Janssen. Tamara se aproximó y los dos lo ojearon. Era del año anterior y se titulaba La exposición del alma humana .
—Por esto es por lo que se me conoce, por representar el alma humana en mis paisajes. En su profesión, apuesto a que pueden apreciar cómo a la gente le atrae infinitamente más la parte oscura del espíritu humano que su bondad.
Tamara fue la primera en levantar la vista; se encontró con la mirada de Abigail.
—A algunos, sí. Aunque no necesariamente a las personas más equilibradas —replicó.
—¿Y el ciudadano medio recuerda el nombre del asesino en serie o el de sus víctimas? —preguntó Abigail.
Tamara tuvo que admitir que la mujer tenía razón.
—Por eso pinto paisajes más oscuros. El clima nos llama la atención cuando es desagradable, por mucho que a la mayoría nos guste el sol. Puede que odiemos la lluvia, pero nos encanta contemplar la fuerza de la tormenta.
Tamara miró a través de la pared acristalada y cayó en la cuenta de que esa era la única fuente de luz natural, aparte de una diminuta ventana lateral que no contribuía demasiado.
—Me imaginaba que un lugar como este tendría más ventanas —afirmó, como pensando en voz alta.
—Lo que tengo es perfecto para pintar. El hastial da al norte. Por lo tanto, la luz cambia muy poco a lo largo de las estaciones, y eso hace que se mantenga una luz ambiental. Es perfecto para una artista, aunque no tanto para vivir —afirmó Abigail.
—Comprendo —respondió Tamara, asintiendo con la cabeza.
—Siento no poder serles de más ayuda con su caso. Ojalá pudiera.
—No se preocupe, le agradecemos su tiempo —respondió Tamara—. Quizá volvamos cuando podamos identificar el cadáver. Tal vez entonces pueda ayudarnos.
—Por supuesto —aseguró Abigail, sonriendo.
Tamara le volvió a dar las gracias y luego regresó junto a Janssen al coche, aparcado delante de la casa.
Ninguno de los dos habló por el camino. Cuando llegaron al vehículo y Janssen lo desbloqueó, ella lo miró a los ojos mientras él abría la puerta del conductor.
Lo conocía lo suficientemente bien como para estar segura de que estaba pensando lo mismo que ella.
—Instinto: ¿está mintiendo? —le preguntó mientras abría su puerta.
—Sin duda —aseguró Janssen, que arqueó las cejas antes de deslizarse en su asiento.
Tamara se subió al coche, cerró la puerta y buscó el cinturón de seguridad mientras su compañero pulsaba el botón de arranque.
—La pregunta es —comentó Tamara—, ¿sobre qué? ¿Y por qué demonios siente la necesidad de hacerlo? A menos que tenga algo que ocultar… No sé qué le parece, pero yo creo que la mujer no nos va a dar mucha información hasta que tengamos algo que la vincule con la víctima.
—Tener algo que nos dé alguna ventaja con la que ejercer un poco de presión sobre ella no nos vendría nada mal —afirmó Janssen.
—El nombre de la fallecida sería un buen comienzo. Es muy fácil afirmar que no sabes nada cuando no tenemos nada con lo que contradecirlo.
—Estoy de acuerdo —dijo Janssen mientras metía ya la primera—. Aún es pronto, y creo que está ocultando algo, aunque no tengo la impresión de que Abigail Thomas sea una asesina.
Tamara negó con la cabeza.
—No tiene por qué serlo. La gente termina muerta por mil razones y, a veces, las personas más cercanas a la víctima prefieren que, simplemente, se deje todo atrás.
—Eso es cierto. Muchas veces la gente prefiere guardar silencio —sentenció Janssen.
Al girar a la derecha hacia la carretera de la costa, el inspector aceleró hasta alcanzar la velocidad adecuada.
Tamara lo observó por el rabillo del ojo y él volvió a encerrarse en sí mismo, igual que había hecho durante el camino de ida.
Por un instante, ella se preguntó si se debería a su compañía, pero pronto desestimó esa idea.
—¿Ese último comentario era sobre Abigail o sobre usted mismo? —le preguntó, tratando de parecer despreocupada y desviando la mirada hacia el paisaje que iba dejando atrás a su izquierda.
Janssen la miró y Tamara intuyó en la expresión del inspector un atisbo de su humor habitual.
—Solo estaba reflexionando, eso es todo —respondió. No había dudas de que Janssen era perfectamente consciente de su estado de ánimo.
—¿Hay algo de lo que quiera hablar?
—No —respondió él, acompañando sus palabras con una breve negación con la cabeza—. Al menos, no de momento.
Tamara dejó el tema. Ya le hablaría de ello si él quisiera. Si cambiaba de opinión, ella lo escucharía con mucho gusto.