Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 3 #2
9%

CAPÍTULO 3 #2

Había varios lienzos colocados sobre caballetes que se encontraban en diversas fases del proceso creativo.

Uno estaba esbozado a lápiz o carboncillo; otro tenía algo de pintura aplicada, aunque era claramente un trabajo en curso.

Otros lienzos estaban situados contra una pared, apilados uno al lado del otro.

Abigail se dio cuenta del interés de Tamara y se acercó a ella.

—Esos no daban la talla y están esperando un nuevo uso —le explicó.

—Pero este es precioso —afirmó Tamara, mirando el cuadro que tenía más cerca.

Abigail respondió con una especie de risa que se convirtió en un resoplido.

—Aunque el arte es muy subjetivo, algunas obras no se consideran de suficiente calidad. Añoro los días en los que podía pintar solo lo que quería.

—¿Ya no puede hacerlo? —preguntó Janssen mirándola hacia atrás, mientras observaba algunas de las otras obras que tenía cerca.

—Me temo que hace tiempo que me encasillaron.

—Es una pena —afirmó Tamara, mirándola a los ojos.

—No sienta lástima por mí —dijo Abigail, sonriendo—. He conseguido ganarme muy bien la vida con ello antes de morir, ¡y eso no es algo que puedan decir muchos de los que son más famosos que yo!

—Buen argumento —reconoció Tamara.

—Bueno, ¿qué les trae por aquí?

—Me temo que no son buenas noticias —explicó Tamara—. Hemos encontrado un cadáver en Thornham. Una mujer.

—Eso es horrible —dijo Abigail, jugueteando con su collar.

—Aún no hemos podido identificarla, pero llevaba una tarjeta profesional suya. Pensamos que tal vez la conociera.

—Vaya, es una noticia terrible. ¿Tienen más información?

—La verdad es que muy poca. Es morena, con el pelo hasta los hombros. Nuestros forenses han estimado que tenía entre cuarenta y cincuenta años. ¿Se parece a alguien a quien usted conozca?

Abigail movió la cabeza de lado a lado, con un gesto de concentración en el rostro.

—Creo que esa descripción podría encajar con la mitad de las mujeres que conozco.

—En fechas recientes no consta ninguna denuncia de persona desaparecida que coincida con esa descripción. ¿Tiene usted alguna amiga a la que no haya visto últimamente y que quizá esperaba ver?

Abigail frunció el ceño mientras pensaba en la pregunta, pero no dio con ningún nombre.

—Lo siento muchísimo, pero no sé qué decirles. Puede que visitara mi galería y cogiera la tarjeta allí, y no tendría por qué ser alguien a quien yo conociera, ¿no?

—Hemos preguntado en su galería. La directora tampoco recordaba a nadie con esa descripción.

—¡Ay, Carol, bendita sea! Es maravillosa en lo que se refiere a cualquier detalle de la galería, pero no tiene muy buena memoria para las personas.

Lo suyo es el arte… Y también las cuentas.

Se le da muy bien gestionar el dinero. Y eso es algo por lo que le estaré eternamente agradecida.

Si la economía de la galería dependiera de mí, sería un desastre.

—¿Vive usted aquí sola? —le preguntó Janssen desde el otro extremo del estudio. Estaba de espaldas a las dos mujeres, mirando a través de la pared acristalada hacia Scolt Head y el mar.

—Sí —respondió Abigail, que dirigió su atención hacia Janssen y se acercó a él.

—Me lo imaginaba —sentenció el inspector.

Janssen también se aproximó a la mujer y la miró con una sonrisa cordial.

—¿Por qué lo pregunta?

—Soy detective. Lo siento, no pretendía ser indiscreto. Con el tiempo, he terminado haciendo estas preguntas casi como un reflejo, como algo automático.

Abigail parecía intrigada.

—¿Qué le ha llevado a sacar esa conclusión? No ha visto el resto de la casa y apenas hemos hablado; además, no nos conocíamos de antes.

—Vive usted en un sitio que está bastante lejos de todo — comenzó a explicar el inspector—.

No me malinterprete, no es que esté en medio de la nada, pero no hay vecinos en varios kilómetros a la redonda.

Mucha gente se sentiría un tanto aislada viviendo aquí, pero imagino que a usted le gusta. ¿Es así?

—No se equivoca, inspector, pero eso podría ser exactamente igual si viviera aquí con otra persona. Estoy segura de que no hace falta ser ningún experto para darse cuenta de que no llevo anillo de boda, pero en los tiempos que corren sería una tontería sacar demasiadas conclusiones de ese hecho.

—No, eso es verdad. Yo lo decía más bien por sus cuadros.

Tamara miró a su alrededor, al igual que Abigail.

—¿A qué se refiere? —preguntó la dueña de la casa.

—Tengo entendido que usted es conocida por sus paisajes. Gran parte de lo que tiene aquí refleja ese hecho.

La artista asintió.

—Esos cuadros son… No creo que sea un término técnico, pero yo los describiría como representaciones emocionales o melancólicas, a juzgar por la gama de colores que utiliza y la iluminación que recrea.

—También pinto puestas de sol, no solo frentes tormentosos.

—Y, sin embargo, todos los lienzos que ha descartado parecen estar ambientados en primavera o verano.

Abigail esbozó una sonrisa triste.

—¿Está sugiriendo que suelo tener un estado de ánimo sombrío, que ese sentimiento es el que predomina en mí y que, por lo tanto, lo más probable es que viva sola? ¿Una mujer destrozada y amargada… con gatos?

—Algo así, sí —respondió Janssen—. Aunque no exactamente con las palabras que usted ha usado… ni tampoco lo de los gatos.