Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 3
8%

CAPÍTULO 3

Tamara Greave inclinó ligeramente la cabeza y observó con discreción a Janssen mientras este conducía.

Había hablado muy poco desde que salieron de Thornham, lo cual en sí mismo no podía considerarse del todo inusual.

Resultaba evidente que era un tipo introspectivo, extraordinariamente analítico y que se conocía muy bien a sí mismo.

Sin embargo, aquel día estaba un poco diferente.

Tamara no podía saber qué le estaría rondando la cabeza, pero estaba claro que algo le preocupaba.

Quizá le estuviera dándole vueltas a cómo había llegado aquella mujer al lugar donde la habían encontrado.

Eso sería comprensible, pero la inspectora dudaba mucho que se tratara de eso.

Por un momento pensó que la actitud de su compañero podría ser consecuencia de haberlo llamado para informarle de la situación, pero descartó la idea.

Decidió no mencionar nada y mostrarse receptiva en el caso de que él sacara el tema.

Tom la había ayudado mucho desde que se había mudado a aquella zona, a pesar de que el hecho de que ella hubiera aceptado el ascenso había acabado con las posibilidades del inspector de ocupar el puesto.

Aunque él lo negara, ella seguía pensando que eso le podía haber molestado hasta cierto punto.

En ocasiones parecía despegado, lo que contrastaba con la actitud que había mantenido cuando ella había estado trabajando con él en comisión de servicio.

Tampoco es que a Tamara le diera la sensación de que Janssen fuera el tipo de persona que guardara rencor o se ofendiera con facilidad.

Era mucho más probable que siguiera adelante con la vida sin más, sin darles demasiada importancia a las circunstancias que se cruzaran en su camino.

La inspectora jefe centró su atención en el folleto que tenía en las manos.

No habían podido encontrar a Abigail Thomas en la galería de Brancaster.

Cuando llegaron allí, una joven los recibió con entusiasmo y amabilidad.

Al parecer, Abigail apenas pasaba tiempo en la galería, ya que prefería dejar la gestión diaria del local a la directora y a su equipo.

Es decir, la mujer que habían conocido y otras dos personas que trabajaban a tiempo parcial.

Ninguno de los empleados encajaba con la descripción de su víctima.

El folleto consistía en cuatro páginas que detallaban la obra de la artista y en las que se mostraban algunas de sus piezas más exitosas.

Los paisajes parecían ser el principal nicho de mercado de Abigail, si es que se podía definir así.

En el reverso había un párrafo que ofrecía algunos datos sobre la propia artista, con una fotografía profesional por encima del mismo.

El texto ofrecía poca información sobre la mujer.

Abigail había vivido toda su vida en Norfolk y había recibido muchos elogios y críticas positivas por sus obras más destacadas, pero, aparte de eso, no se podía deducir mucho más sobre la artista.

Al estudiar la foto, Tamara consideró la posibilidad de que fuera la fallecida.

Era posible. Parecía tener una edad, altura y complexión similares, al menos por lo que se podía determinar a partir de una fotografía.

Aunque también era cierto que, dependiendo de lo reciente que pudiera ser la foto, el panorama podía cambiar.

La directora de la galería les aseguró que había hablado con Abigail unos días antes y que no recordaba nada extraño de aquella conversación.

La mujer les facilitó la dirección de la artista y algunas indicaciones para llegar hasta ella, ya que se trataba de una casa aislada y era fácil pasársela de largo.

Salieron pues de la galería y emprendieron el corto trayecto hasta aquella casa a través de la carretera costera antigua.

Las indicaciones señalaban un desvío de la carretera, donde esta se estrechaba antes de atravesar un par de curvas.

Después de ellas, verían una casa a la izquierda, apartada de la carretera, rodeada de un conjunto de árboles maduros.

—Deberíamos estar a punto de llegar —informó Tamara.

Janssen asintió y redujo la velocidad del coche.

Cuando dejaron atrás el tramo sinuoso, la carretera se abrió y casi se pasan el acceso al camino de entrada de la casa, ya que estaba cubierto por vegetación silvestre.

La propiedad tenía dos plantas y, sin embargo, casi no se veía desde la carretera.

Había tierras de cultivo a ambos lados y campos ondulados enfrente, aunque eran los árboles los que destacaban y llamaban la atención, tal y como les habían advertido.

Entre la casa y la carretera había varios sicómoros, robles y olmos centenarios que ocultaban la presencia de lo que era una propiedad de un tamaño considerable.

Janssen detuvo el coche frente a la casa y ambos la contemplaron.

Estaba construida con materiales tradicionales de la zona, ladrillo y sílex.

Tamara dedujo que originalmente debía haber formado parte de un conjunto más amplio de construcciones agropecuarias.

Los restos de arcos, ahora tapiados, que recorrían uno de los laterales sugerían que en su día había sido un granero con un almacén de heno en la parte superior, a juzgar por el tamaño de las ventanas de la segunda planta.

Era probable que se hubiera utilizado para albergar ganado, aunque Tamara no lo podía saber con certeza.

La inspectora jefe se bajó del coche y Janssen la siguió.

No se escuchaba nada más que el ruido del viento al filtrarse entre las ramas de los árboles cercanos.

Tamara buscó algún coche, pero no vio ninguno.

Las cortinas de las habitaciones de la planta superior estaban abiertas, al igual que las de abajo.

Había pocos indicios de actividad. En la ventana más cercana a la puerta principal había una señal con la imagen de un perro, advirtiendo a los visitantes de que tuvieran cuidado.

Sin embargo, no escucharon ningún ladrido al llegar, lo que a la inspectora jefe le pareció extraño.

Según se acercaba a la puerta de la casa, Janssen se puso a su lado.

No había ningún timbre al que llamar, pero junto a la puerta colgaba una campana metálica con un badajo del tamaño de un puño.

Tamara la tocó con fuerza. El sonido que produjo hizo que Janssen se contrajera.

Ella se encogió de hombros sin disculparse.

Esperaron, pero al cabo de unos minutos, al no obtener respuesta, la inspectora jefe miró a Janssen y le hizo un gesto con la cabeza para indicarle que echaran un vistazo alrededor.

El acceso a la parte trasera no estaba cerrado.

El único límite que tenía la propiedad era una línea de árboles que formaba una barrera natural entre la casa y las tierras de cultivo que la rodeaban.

Excepto por la parte trasera. Cuando rodearon la casa, tuvieron ante sí una vista panorámica que se extendía hasta la costa.

—Bonitas vistas de Scolt Head —dijo Janssen cuando percibió que Tamara estaba admirando el paisaje.

La inspectora jefe movió las cejas de forma inquisitoria, animándolo a que le diera más detalles.

—Es una reserva natural insular. Es preciosa. Debería visitarla cuando tenga tiempo.

—Lo haré —respondió; acto seguido, apartó la mirada y siguió caminando—. Cuando tenga un lugar permanente en el que vivir, haya conseguido a un sargento y la gente deje de morirse.

Janssen esbozó una sonrisa irónica. Tamara estaba satisfecha. La expresión de su compañero había sido muy seria desde el momento en que llegaron a aquel sitio.

—¿Puedo ayudarlos?

Aquella pregunta provino de algún lugar a su derecha; ambos se detuvieron en seco para mirar a su alrededor.

Una silueta emergió desde una dependencia separada de la casa principal.

Estaba cubierta de vegetación y los detectives tardaron un momento en comprender que realmente estaba operativa.

Había una persona de pie junto a una puerta abierta.

Llevaba puesto un delantal que mostraba manchas dispersas de pintura, algunas recientes y otras, sin duda, acumuladas a lo largo de los años.

Tamara la reconoció de la foto del folleto.

La mujer que se había dirigido a ellos mientras se limpiaba las manos en el faldón del delantal se parecía poco a quien había esperado ver.

Sin embargo, no tenía ninguna duda de que se trataba de Abigail Thomas.

Lo que sucedía era que parecía mucho mayor y más delgada, casi esquelética, que en el folleto lustroso.

—¿Abigail Thomas? —preguntó Tamara, más por cortesía que porque necesitara confirmación.

—Sí. ¿Puedo ayudarlos en algo?

La mujer tenía el ceño fruncido. La expresión de su rostro no era agresiva, pero tampoco tenía una actitud acogedora.

—Señora Thomas, somos de la policía —le explicó, sacando su placa y acercándose a la artista—. Soy la inspectora jefe Greave y él es el inspector Janssen —dijo, señalando a Tom.

—Ya veo. —El aire de hostilidad se disipó, pero la expresión de la mujer siguió siendo seria, inmóvil—. ¿Y qué demonios quieren de mí?

—Esperamos que pueda ayudarnos con una cosa —explicó Tamara.

Abigail se encogió de hombros.

—Si puedo… Venga, será mejor que entren. No me gusta estar al aire libre. Al menos no con este tiempo. El frío me cala hasta los huesos en esta época del año.

La mujer se dio la vuelta y los condujo al interior del edificio.

Una vez dentro, Tamara se llevó una sorpresa agradable.

Las enredaderas que crecían a lo largo de la construcción ocultaban su verdadero tamaño.

El espacio interior era abierto hasta las vigas.

Estaba todo pintado de blanco y tenía planta rectangular.

El hastial más alejado, que era la pared del fondo, estaba orientado hacia el mar y completamente acristalado desde el suelo hasta el techo.

Aquello era un estudio de arte en funcionamiento.