Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

La ruta más transitada hacia el oeste discurría por la antigua carretera costera del norte de Norfolk.

Thornham era el típico pueblo pintoresco de la comarca, una estampa de postal con construcciones de ladrillo y sílex y una iglesia imponente del siglo XIII en su centro.

Al aproximarse al pueblo, Janssen giró a la derecha.

Bordeando el pueblo se encontraba Staithe Lane, un carril flanqueado por árboles que conducía directamente al antiguo puerto, bien adentrado en las marismas, desde donde se accedía a los esteros de marea, los ríos y el sendero costero.

Había quedado atrás la amenaza de lluvia y las nubes se habían disipado lo suficiente como para dejar entrever el cielo azul y algunos rayos del sol otoñal.

El viento continuaba soplando, así que todo podía cambiar con rapidez.

Cuando el carril dejó atrás los trigales, situados a ambos lados del mismo, el paisaje se abrió y mostró las llanuras que conducían al mar.

A la izquierda apareció el primero de los dos aparcamientos que había en la zona, punto de partida para quienes recorrían el sendero costero en dirección a Holme Dunes.

Había por allí unos cuantos caminantes aguerridos, bien abrigados contra los elementos, preparándose para ponerse en marcha.

Junto al cordón policial había también un puñado de personas cuyo interés en el operativo nacía de la curiosidad.

En aquel punto se impedía a los ciudadanos el acceso a los amarres y al segundo aparcamiento, desde donde las marismas se adueñaban del terreno y solo se podía avanzar en barco.

El agente que estaba junto al cordón policial reconoció a Janssen cuando este se acercó, y levantó la cinta para permitirle pasar con el coche.

El inspector le agradeció el gesto con un saludo y continuó avanzando despacio, observando lo que tenía ante sí.

En ese punto, el carril se convertía en una especie de pista, bien cuidada.

El antiguo cobertizo de carbón, un lugar emblemático en la zona, se encontraba a la derecha, con el río al fondo.

Allí era donde se encontraban los amarres, y donde el río giraba y se alejaba del camino.

La marea estaba baja, por lo que muchos de los barcos más pequeños estaban varados.

Los más grandes estaban amarrados a embarcaderos que se encontraban más alejados, hacia el centro del canal, y se podía acceder a ellos a través de pasarelas, algunas de las cuales habían visto días mejores, sin lugar a dudas.

A la izquierda había una zona de aparcamiento improvisada, donde probablemente los propietarios de las distintas embarcaciones se detenían para cargar o descargar sus barcos.

Dos furgonetas de la Policía Científica estaban aparcadas allí, junto con tres coches patrulla con su decoración oficial.

No había ni rastro del Healey de Tamara, aunque sí podía verse un coche del Departamento de Investigación Criminal aparcado al final de la pista.

Como el oficial investigador Eric Collet también estaba de servicio, Janssen supuso que habrían ido juntos.

Como si hubiera obedecido una señal, Eric apareció y Janssen detuvo el coche junto a él.

—Buenos días, Eric.

—Buenos días. Estamos justo al final de la carretera, a la derecha —explicó Eric sin mostrar su habitual entusiasmo juvenil. Señaló con la mano en aquella dirección y giró la cabeza para acompañar el gesto.

Janssen asintió, detuvo el coche en el arcén y se bajó.

El sol era agradable, pero en absoluto calentaba.

El viento azotaba la cara del inspector mientras se ponía el abrigo y se subía el cuello hasta arriba.

Los dos hombres se pusieron en marcha. Una vez dejaron atrás el acceso para vehículos, el terreno que conducía hasta la orilla se convertía en tierra apelmazada y muy irregular.

Más allá continuaban más amarres, a los que solo se podía llegar a pie, cruzando barro y hierba.

Allí encontraron a Tamara Greave y a los agentes forenses, que ya estaban ocupados documentando la escena.

—Hola, Tom —lo saludó Tamara al verlo llegar.

La doctora forense Fiona Williams también estaba presente. Ambas mujeres estaban de pie junto al borde del río, en el agua fangosa que les cubría sus botas de agua por encima de la altura de los tobillos.

El flash de la cámara de un fotógrafo atrajo la atención de Janssen hacia el cadáver.

Desde su posición, a varios metros de distancia del cuerpo y un metro por encima del mismo, no podía distinguir muchos detalles.

La persona estaba completamente vestida y medio sumergida en el barro y el limo.

Por la perspectiva del brazo que podía ver, dedujo que lo que contemplaba era principalmente la parte superior del cuerpo.

Aunque la cabeza estaba cubierta por una costra de barro seco, parecía tener un pelo largo que debía haberle llegado hasta los hombros.

El cabello parecía ser de color marrón claro, aunque, teniendo en cuenta la suciedad que lo envolvía, bien podría haber sido rubio.

Lo que a Janssen le llamó la atención de inmediato fue el abrigo que llevaba el cuerpo.

Daba la sensación de ser demasiado ligero para la época del año, sobre todo tomando en consideración la ubicación en la que se encontraba.

Cualquiera que estuviera paseando por allí o a bordo de uno de los muchos barcos que entraban y salían en aquella época del año habría estado mejor pertrechado para las inclemencias del tiempo.

—¿Estoy en lo cierto al asumir que se trata de una mujer? —preguntó Janssen.

La doctora Williams lo miró.

—Una suposición muy acertada, inspector. Debe ser usted un profesional.

—Lo intento, Fiona. ¿Qué tenemos?

—Es difícil saberlo hasta que la saquemos del barro, pero, por el momento, me inclino por pensar que se trata de una mujer de unos cuarenta y cinco años.

—¿Alguna idea de cómo llegó hasta el agua? —preguntó Janssen.

Las dos mujeres intercambiaron miradas y fue Tamara quien habló primero.

—O bien ha sido un accidente trágico, o bien algo muy siniestro —afirmó, indicándole con un gesto que se acercara un poco más a la orilla.

Así lo hizo, siguiendo sus instrucciones.

Eso le permitió ampliar su campo de visión sobre la mujer, cuyo aspecto era mucho más horrible de lo que había imaginado en un primer momento.

Le faltaba gran parte de la cara y de un lado de la cabeza.

Solo quedaba una masa amorfa de carne y huesos donde deberían haber estado sus rasgos faciales.

El pelo estaba apelmazado con tanta sangre como sedimentos y caía sobre lo que quedaba de su rostro como si fuera un velo improvisado.

Tamara se anticipó a la pregunta que el inspector tenía en la mente:

—Creemos que la golpeó la hélice de un barco que pasaba por aquí… o de dos.

Janssen dejó escapar un suspiro mientras observaba la escena y miraba hacia el horizonte.

—¿Cuánto tiempo cree que lleva en el agua?

La doctora Williams pareció reflexionar la respuesta, frunciendo el ceño mientras lo hacía.

—Es difícil de decir ahora mismo. Como mínimo, tres días.

El problema son las condiciones. Cualquier cuerpo que caiga en una gran extensión de agua se hundirá, pero, del mismo modo, volverá a emerger a la superficie salvo que lo lastren.

Son las bacterias las que provocan ese fenómeno.

A medida que crecen y se multiplican, la putrefacción va desprendiendo unos gases y unas sustancias químicas que provocan que el cuerpo flote.

En aguas frías, como las que tenemos aquí, ese periodo de tiempo aumenta en cierta medida.

A juzgar por cómo está incrustada en los sedimentos, podría llevar aquí bastante tiempo. Pero también podría ser más reciente.

—¿Tenemos alguna denuncia de persona desaparecida en los últimos días, ya sea en la zona o quizá relacionada con algún pasajero de los ferris del mar del Norte?

Tamara negó con la cabeza.

—Negativo en ambos casos. Eric ha llamado a la Policía del Control de Fronteras para comprobar si se tenía constancia de la desaparición de algún pasajero que hubiera embarcado en el extranjero, pero no se ha encontrado nada en los registros.

Eric se dispuso a hablar por fin. Janssen tenía la impresión de que el joven agente estaba un poco pálido. No era de extrañar, teniendo en cuenta los restos hinchados y desfigurados que tenían ante sí.

—¿Podría tratarse de un suicidio? —Casi de inmediato debió sentir la obligación de justificar esa sugerencia, aunque no había necesidad alguna—. Quiero decir… podría haberse tirado de un barco o algo así. Eso explicaría por qué nadie ha denunciado su desaparición.

—Es una posibilidad —admitió Janssen, inclinando ligeramente la cabeza en dirección a Eric—. ¿Alguna posibilidad de identificación?

Tamara se movió en su dirección. Le costó liberar los pies, retenidos por la succión que ejercía el lecho del río.

Con dificultad, y extendiendo los brazos para estabilizar sus movimientos, llegó hasta la orilla y le ofreció al inspector dos bolsas de plástico transparentes para pruebas.

Este las cogió y luego utilizó su fuerza para ayudarla a trepar hasta donde él se encontraba.

—Esto es lo que le hemos hallado hasta el momento —le explicó Tamara mientras él examinaba el contenido.

Una de las bolsas contenía un llavero con un mando de un coche Ford.

En un extremo, la carcasa estaba agrietada y se había arrancado un trozo, posiblemente por haber sufrido el mismo destino que el rostro de la desafortunada víctima.

En la otra bolsa había una tarjeta profesional plastificada.

Era probable que el plástico fuera la razón por la que la tarjeta se había mantenido más o menos intacta.

Debido al barro que la cubría, Janssen no podía distinguir lo que había escrito en ella, pero en el reverso había una imagen de un paisaje.