Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 1
3%

CAPÍTULO 1

Tom Janssen se agachó, recogió el frisbee, sacudió la arena húmeda de la superficie y lo volvió a lanzar contra el viento.

Las ráfagas eran cada vez más fuertes, de eso estaba casi seguro, y la arena que se levantaba le azotaba la cara.

Aquella pequeña excursión a la playa le iba a provocar algunas quemaduras debido al viento.

Pero eso no le preocupaba a Saffy. La niña estaba ahora a cierta distancia de él, tras haberle lanzado el frisbee coincidiendo con una ráfaga colosal de viento que provocó que la pequeña no lo alcanzara a pesar de haber extendido el brazo, además de obligarlo a él a perseguirlo por la playa.

Saffy saltaba emocionada de un pie a otro, agitando los brazos por encima de la cabeza y llamándolo mientras lo hacía.

Alice estaba cerca de ambos. Solo se le veían los ojos y el puente de la nariz bajo el gorro de lana y la bufanda que le cubrían bien la cara, pero Janssen estaba casi seguro de que estaría sonriendo.

Posiblemente con los dientes apretados. Calculando la velocidad y la dirección del viento, Janssen lanzó el frisbee con cierta inclinación para conseguir altura, pero sin perder de vista su objetivo.

Escuchó el grito de emoción de la pequeña cuando lo soltó.

Grito que se difuminó casi de inmediato, ya que el frisbee se desvió bruscamente hacia la derecha y no pasó cerca de la niña ni tampoco de su madre.

Saffy le reprendió y salió en su persecución, adoptando una torpe forma de correr con las botas de agua que llevaba puestas.

Janssen aceleró el paso y trotó hasta donde estaba Alice, de espaldas al viento que soplaba desde el mar del Norte.

—¿Por qué demonios habrá elegido hacer esto? —le preguntó Alice cuando él se detuvo frente a ella.

—No siente el frío.

—Ni el viento ni la arena… ni la lluvia, por lo que parece.

Janssen miró el cielo y sintió las primeras gotas de lluvia en la cara. No se preveía lluvia, pero con un tiempo como aquel no se podía dar nada por sentado. Saffy reapareció junto a ellos, alardeando del frisbee como si fuera una medalla olímpica.

—¿A quién le toca tirarlo? —le preguntó él.

Saffy arrugó la nariz, dando la sensación de reflexionar sobre la pregunta. Finalmente, se encogió de hombros.

—No. ¡Vamos a hacer un castillo de arena!

La pequeña se lanzó sobre la bolsa que habían llevado, rebuscó las palas y seleccionó el cubo que quería usar para empezar. Alice se puso en cuclillas junto a su hija y se quitó la bufanda de la boca.

—Creo, señorita, que es hora de volver a casa antes de que empiece a llover de verdad.

La sugerencia fue recibida con un grito de protesta.

—¡Pero si acabamos de llegar y no hemos hecho ni un solo castillo de arena! ¡Ni uno solo! —se quejó Saffy—. Y eso no es justo.

—Lo que no es justo es trabajar un turno de doce horas y dormir solo dos —respondió Alice con una sonrisa que no reflejaba su verdadero estado de ánimo.

Janssen sabía que no hablaba en serio. Las necesidades de Saffy eran lo primero para su madre.

Siempre era así. El inspector se preguntaba a veces si la decisión de dejar la consulta del médico de cabecera y volver a trabajar en el hospital había sido acertada.

El impacto del turno rotativo estaba causando estragos en la organización de la vida de su hija, pero él entendía que las ventajas económicas debían primar sobre todo lo demás.

Alice no era alguien que se quejara por ello, pero la vida como madre soltera, sobre todo con un exmarido inútil que apenas colaboraba, era todo un reto.

—Pero sí que tenemos tiempo por lo menos para hacer uno, ¿verdad? —alegó Janssen, agachándose para ponerse a la misma altura que madre e hija.

—Solo uno —contestó Alice con una sonrisa en la cara y guiñándole un ojo.

Saffy se volcó en la búsqueda con renovado entusiasmo, sacó un cubo rojo con muescas almenadas en la parte inferior y se dirigió hacia la orilla para buscar arena más húmeda y que contuviera menos piedras. Janssen y Alice se levantaron y la vieron alejarse.

—¿Cuánto tiempo le das? —preguntó él.

—¿Antes de que quiera nuestra ayuda?

El inspector asintió.

—Tres minutos… ¡máximo!

—Vale, y luego nos vamos al barco antes de que empiece a llover. Yo cocino. ¿Te apetece echarte un rato mientras?

—Me encantaría —dijo Alice, mirando el cielo y dejando caer la mandíbula exageradamente para darle énfasis.

Al agacharse para guardar el frisbee en la bolsa, Janssen la vio mirándolo por el rabillo del ojo. Estaba concentrada, pensativa. La miró.

—¿Te preocupa algo?

—¿Por qué me lo preguntas? —replicó Alice, sonriendo divertida.

—Soy detective, ¿lo recuerdas?

—Ah, ya, claro, y tanto que lo eres.

La expresión del rostro de Alice cambió de una media sonrisa a una mucho más amplia. Janssen se la devolvió, se puso de pie, le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia él. Le acarició la mejilla con una mano y la besó.

—¡Para! —protestó ella en tono juguetón; acto seguido, le respondió de la misma manera. Le acarició la cara con sus dos manos enguantadas y le sonrió cálidamente mientras lo miraba a los ojos.

—Ahora… dime qué estabas pensando —dijo Janssen.

Alice estaba a punto de hablar, pero, antes de que tuviera tiempo de hacerlo, sonó el teléfono de Janssen. Este lo sacó de su bolsillo y miró la pantalla.

—Es Tamara —dijo en tono de disculpa, retirando el brazo de la cintura de Alice—. Hola, Tamara —saludó, dándole la espalda a Alice, y se alejó de ella.

—Tom, siento llamarlo en su día libre.

—No pasa nada. ¿Qué sucede?

—Hay una cosa que necesito que vea. ¿Dónde está? Casi no lo oigo.

Janssen se giró hacia un lado en un vano intento por proteger del viento el micrófono del teléfono.

—Estamos en la playa, construyendo castillos de arena…

—Ah, claro que sí. ¿Por qué no iban a estarlo en un día tan maravilloso como este?

El inspector se rio.

—Es fácil aparcar —replicó, sonriente, mientras le echaba un vistazo a la playa. Con la excepción de un puñado de personas paseando a sus perros y un aficionado a las cometas con espíritu aventurero, tenían la playa para ellos solos.

—Escuche, siento haberlo molestado. Seguramente pueda encargarme yo misma y ya tendrá tiempo de revisar…

—Oiga, si cree que tengo que verlo, iré sin problemas. ¿Dónde está ahora mismo?

El sonido se apagó un tanto cuando Tamara se alejó el teléfono de la boca para preguntarle a Eric Collet.

—Eric, ¿dónde estamos exactamente?

La inspectora jefe Tamara Greave acababa de asumir su nuevo cargo y, aunque cada vez estaba más familiarizada con toda aquella zona, todavía no dominaba las partes más remotas del norte de Norfolk.

Unos instantes después, volvió a centrar su atención en la llamada; su voz se escuchó con fuerza, pues parecía que intentaba hacerse oír por encima del ruido.

—En el antiguo puerto de Thornham —dijo—. ¿Lo conoce?

—El antiguo puerto de Thornham. Sí, claro.

—Hay un único edificio junto a los amarres. Ahí estaremos.

—Lo conozco. ¿Qué han encontrado?

—Un cadáver.

Lo dijo con un tono monótono en la voz.

—O, bueno, lo que queda de él.

—Iré tan pronto como pueda.

Janssen colgó y se giró hacia Alice. La mujer se había acercado a su hija y las dos estaban erigiendo otra fortificación más dentro del proyecto épico de construcción de la niña, cuya finalización no iba a ser precisamente rápida.

Cuando el inspector se acercó, Alice levantó la vista y se levantó para ir a su encuentro.

La expresión del rostro de Janssen transmitió el mensaje, y el inspector vio cómo a Alice se le empezaba a fruncir el ceño, aunque ese instante quedó atrás antes de que se reunieran.

—Ha surgido una cosa. Han encontrado… —Janssen hizo una pausa y miró a Saffy, que estaba felizmente concentrada en meter más arena en uno de los cubos— algo en Thornham. No tiene buena pinta.

Alice asintió.

—Entiendo.

—¿Qué era lo que estabas a punto de decirme?

Alice se levantó, le puso una mano con suavidad en el antebrazo y lo alejó de Saffy, que no les hizo ni caso. Janssen la rodeó con los brazos por la cintura y la atrajo hacia sí mientras ella le daba la espalda al viento.

—Tú, yo… nosotros —comenzó Alice, frunciendo los labios y adoptando la misma expresión pensativa de unos momentos antes—. Parece que no conseguimos avanzar. O uno de los dos se va a trabajar o… Tamara llama… Hay que tener estas conversaciones, ¿sabes?

—Ah… ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Cuál es el futuro de la relación? Ese tipo de cosas… —dijo Janssen, haciendo un movimiento con el cuerpo que los balanceó juntos suavemente.

Alice no se resistió. Tampoco es que hubiera podido detenerlo, dada la diferencia de estatura entre ambos. Tom Janssen se alzaba por encima de casi todas las personas que conocía.

—Sí, algo así. Deberíamos hablarlo, ¿no te parece?

Janssen la soltó, pero se mantuvo cerca de ella, con un brazo aún alrededor de su cintura.

—Pero sí que hablamos de ello.

—Sí, pero nunca llegamos a ninguna conclusión, ¿no? Nada cambia en realidad.

—¿Hay algún problema con la relación tal y como está ahora? —preguntó él.

La expresión de su rostro al hacerle aquella pregunta debió implicar que Alice se molestara, porque notó un cambio en su lenguaje corporal.

—No. Ninguno en absoluto. Está bien —respondió, pero Janssen pensó que aquellas palabras escondían muchas cosas que había preferido no decir.

—Intuyo un «pero».

—Sin embargo… —añadió Alice, con una sonrisa.

—Eso es solo un «pero» más educado —dijo Janssen, devolviéndole la sonrisa.

—Si esto estuviera sucediendo hace quince…, joder, incluso hace diez años, entonces estaría perfecto —afirmó, mirando a su hija—, pero ahora no lo está. Tengo responsabilidades. Tengo que planificar cosas. No puedo andar tonteando. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Janssen siguió su mirada hacia Saffy, que, con sus siete años, ya se comportaba a veces como una adolescente. Lo entendió.

—Tienes razón. Deberíamos hablar más sobre ello —aseguró, inclinando la cabeza hacia un lado mientras hacía la concesión—. Lo entiendo. De verdad que sí.

Alice se inclinó hacia él y levantó la cabeza para encontrar sus labios mientras él la besaba con ternura.

—¡Qué asco! —gritó Saffy, rompiendo la dulzura del momento y provocando que ambos se echaran a reír.

—Y aquí tenemos otra razón por la que nunca terminamos estas conversaciones —dijo él—. Lo siento. Tengo que irme. Hablamos de esto después. Te lo prometo.

—Tom, no pasa nada. Es tu trabajo.

Era cierto que él evitaba hablar del futuro. El resurgir de su romance adolescente era muy especial para él, pero había muchas cosas que ninguno de los dos sabía sobre los años transcurridos. No estaba demasiado dispuesto a experimentar de nuevo lo que lo había conducido de vuelta a casa.

Saffy dejó lo que estaba haciendo cuando se dio cuenta de lo que estaban hablando.

—¿Eso significa que tienes que irte? —gritó la niña, cuya voz se desvanecía en el viento.

—Me temo que sí —respondió Janssen, que se acercó a donde la pequeña estaba arrodillada y se puso en cuclillas frente a ella. La tristeza inundó la cara de la niña—. ¡Pero no sin antes terminar el mejor castillo que Holkham Beach haya visto jamás!

El rostro de Saffy se iluminó y redobló sus esfuerzos. Por el rabillo del ojo, Janssen vio que Alice le sonreía. Mirándola, volvió a articular con los labios las palabras « lo siento». Alice movió la cabeza de lado a lado de forma suave.

—Me lo vas a compensar después, Tom Janssen. Recuerda mis palabras.