Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) PRÓLOGO
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Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3)

Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3)

Por J.M. Dalgliesh

© inepub.com

PRÓLOGO

Una sensación que le resultaba familiar, esa opresión en el pecho, regresó cuando los faros del coche iluminaron los pilares de ladrillo situados a ambos lados de la entrada del camino de acceso.

Las puertas metálicas estaban abiertas de par en par.

Al pasar junto a ellas, les echó un vistazo rápido y tuvo la sensación de que llevaban años sin cerrarse.

Una de las hojas pendía a ras de suelo, hundida en el terreno; la vegetación brotaba a través de ella.

Un cartel, atado con bridas a los barrotes, indicaba peligro y advertía a los transeúntes que no entraran.

Sin duda, la señal también había visto días mejores; estaba claro que llevaba muchos años allí.

El camino serpenteaba hacia un edificio imponente que se perfilaba casi como si de una silueta se tratase; mientras, los primeros destellos del amanecer amenazaban con aparecer en el horizonte en cualquier momento.

Detuvo el coche a unos treinta metros del edificio y se quedó allí sentada, mirándolo fijamente sin pestañear, con los dedos flexionados sobre el volante mientras intentaba controlar su respiración.

Los únicos sonidos audibles provenían, por un lado, de los ventiladores que distribuían aire caliente por el habitáculo del coche y, por otro, del motor, que emitía un sonido suave de fondo.

¿Estaba preparada? Nunca lo estaría.

No se veía ninguna luz en el interior del edificio.

Hacía mucho tiempo que estaba abandonado.

Las ventanas estaban tapiadas. Lo que en su día habían sido jardines bien cuidados ahora estaban abandonados a su suerte.

Aparcó el coche delante de la entrada principal del edificio, apagó el motor y el habitáculo interior se iluminó.

Salió preparada para enfrentarse al frío, aunque se estremeció en cuanto la brisa la rozó.

El cielo nocturno estaba despejado y el gris pizarra característico de la luz previa al amanecer iluminaba una escarcha bastante espesa bajo sus pies.

El silencio se rompió con el graznido solitario de un cuervo.

Abrió la puerta de uno de los asientos traseros, cogió su abrigo, se lo puso y se apresuró a abrochárselo. Cerró la puerta con un fuerte clac y el sonido se propagó por el aire helado. Miró a su alrededor. No había motivo para preocuparse. No había nadie cerca que pudiera escucharlo.

Nadie la escuchaba nunca.

El edificio, situado en un terreno de poco más de una hectárea, estaba completamente rodeado de tierras de cultivo y, en su época de esplendor, su estatus fue único.

Una obra maestra del arts and crafts, el famoso movimiento victoriano.

Pero eso era cosa del pasado. En la actualidad estaba vacío, casi en ruinas. Olvidado por el mundo, nadie lo quería.

Escuchó el sonido de otro coche que se acercaba y se dio la vuelta.

Primero divisó el haz de luz de los faros parpadeando a través del seto que bordeaba la carretera principal, antes de que el coche redujera la velocidad y girara hacia el camino de acceso.

Unos instantes después, el vehículo fue visible al salir de entre los árboles.

Enseguida, las luces la iluminaron y la deslumbraron, así que levantó una mano para protegerse los ojos.

Miró su reloj y esperó pacientemente. Una sensación extraña la invadió cuando el coche se detuvo y el conductor se bajó del mismo.

Era una expectación nerviosa mezclada con un sentimiento de alivio.

Tuvo un breve instante de duda e inseguridad, pero lo descartó casi tan pronto como se había manifestado. Aquel era el momento.

Tenía que serlo.