Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo IX
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Capítulo IX

Ektor invocó un vendaval apenas llegó al acceso principal del castillo, ni siquiera se fijó quiénes estaban ahí.

Un torbellino chispeante y caliente elevó a todos por los aires.

Entonces, Ektor sintió un golpe en la espalda y cayó de rodillas al piso.

Escupió sangre sobre el suelo, pero sacudió la cabeza y murmuró las palabras del sortilegio de control.

Si bien cada vez resultaba menos efectivo, logró asir algunos brujos, amigos y enemigos; los unió a su magia para absorberles la energía.

Segundos después, estos se derrumbaron y Ektor, fortalecido, se irguió.

No dejó de lanzar hechizos hasta que terminó con los gritos.

Agotado, regresó a sus habitaciones y encontró a Lunet inclinada sobre la joven, ahora despierta.

—¿Qué haces? —preguntó Ektor.

—Lo que me pediste.

Él apretó los labios, se acercó a la cama y alzó a la muchacha en brazos.

—Aún está débil —dijo Lunet.

—No es seguro aquí —murmuró él y ejecutó el encantamiento de invisibilidad.

—¡Ektor! —exclamó Lunet.

La mujer agitó las manos, pero se tambaleó y cayó sobre el colchón.

Él vaciló. Ella debía de haber utilizado sus últimas energías para curar a la joven, quien permanecía quieta en sus brazos.

Ektor comprobó que Lunet respiraba y, luego de aplicarle un sortilegio de descanso, se dirigió hacia uno de sus túneles secretos.

Esa vez, consiguió alejarse del palacio.

Encontró las calles de la ciudad sumidas en caos. Escasos soldados corrían por doquier tratando de apaciguar a la gente; sin embargo, se hallaban desbordados. Ektor titubeó. Entonces, la muchacha se desmayó de nuevo y él retomó la marcha.

Seis días después , moraban en una diminuta aldea, aunque nadie lo sabía, de momento. A Ektor, las energías le flaqueaban y pronto no lograría mantener el camuflaje; ninguna magia se podía utilizar en continuidad largo tiempo.

—¿Eres mi padre? —preguntó la joven de repente.

Ektor se sobresaltó, no había notado que ella estaba despierta.

—La mujer dijo…

Él sacudió la cabeza.

—No te preocupes por eso ahora. Descansa, aún no sanas del todo. —Forzó una sonrisa—. Yo te protegeré.

«Como debí proteger a Viviane».

Lanzó un encantamiento y la muchacha volvió a dormir.

Tras asegurar la choza abandonada que utilizaban, Ektor salió a caminar por la deteriorada y pobre aldea.

«¿Por qué? Se supone que, con magia, la vida de las personas mejora».

Caviló sobre ello mientras exploraba el lugar. Descubrió múltiples tareas y aparejos que dependían de sortilegios; sin embargo, allí no había brujos para ejecutarlos.

«Ese es el problema», pensó.

Vaciló. Quería ayudarlos, pero no revelar su presencia. Y, de pronto, experimentó molestia, enojo.

«Ni siquiera tratan de hacer las cosas como antes, sin hechizos».

Frunció el ceño. La magia había causado estragos. Aunque era maravillosa, desgarró el Imperio dos veces, y a la gente también. En la hermosa capital, las personas luchaban sin cesar. En las tranquilas aldeas, sufrían carencias. Ektor suspiró y regresó a la choza.

La joven no se encontraba allí.

Desesperado, gritó su nombre: Floree. Como no obtuvo respuesta, ejecutó un encantamiento de localización. Pálido y tembloroso, marchó en la dirección señalada por el sortilegio.