Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Ektor lanzó un sortilegio de control y logró asir a solo tres invasores. Un par de brujos leales al Imperio llegó poco después. El aire del cuarto se llenó de encantamientos. Por minutos, se tornaba en extremo oscuro y, de pronto, estallaban agudas luces.

Ektor invocó un hechizo tras otro y avanzó entre los alaridos.

Ni siquiera prestó atención a sus propias heridas hasta que el silencio se impuso en la sala.

Cuando el ambiente aclaró, Ektor miró alrededor.

Había múltiples personas en el suelo, inmóviles.

Él suspiró y sacudió la cabeza. Luego corrió detrás del general y la muchacha.

Los halló en el recodo de un pasillo, protegidos por un reducido grupo de soldados que luchaban contra dos magos negros.

Ektor reaccionó al instante y lanzó una llamarada que los cercó a todos.

Entonces, se apresuró hacia la joven, desparramada sobre el piso, y la alzó en brazos.

Sin pensar en nada más, la llevó a sus aposentos.

Con cuidado, la dejó sobre su cama y examinó sus heridas.

—No —susurró Ektor al descubrir enormes quemaduras a lo largo de la pierna izquierda y en gran parte de su cuerpo.

Invocó un hechizo de sanación, pero ya casi no le quedaban energías y solo consiguió una cura superficial. Un ruido lo sobresaltó. Se giró, sus dedos chispeantes con electricidad.

Lunet estaba parada a escasos metros. Ektor no recordaba haber dejado la puerta abierta.

—El general murió —anunció la mujer—, varios brujos también, ¡algunos nuestros! ¿Te volviste loco?

—Como el resto del mundo —susurró Ektor y se inclinó sobre la muchacha.

Lunet inspiró con fuerza.

—Al menos, ¿comprobaste que es tu hija? —Tras una pausa agregó—: ¿Tiene magia?

Ektor vaciló.

—¿En serio, Ektor? —profirió Lunet con exasperación.

Él suspiró y sacó de su bolsillo el frasco de sangre encantada.

Lo observó un instante. Después miró a la joven, inconsciente sobre su cama.

Apretó las quijadas y abrió la pequeña botella.

Varias partículas escarlatas flotaron en el aire.

Luego de unos segundos, algunas gotas de las múltiples heridas de la muchacha volaron y se unieron a ellas.

Lunet se acercó al lecho.

—Ahora debemos saber si es una hechicera.

Ektor giró hacia la mujer y frunció el ceño.

—¿Acaso no ves en qué estado se encuentra?

—Si posee magia, eso la ayudará a sanar. —Lunet arrugó los labios—. Además, nosotros ya usamos casi toda nuestra energía y…

—No —dijo él.

—Ektor.

—No —repitió él y se alejó de ella.

Varios soldados ingresaron al cuarto a las corridas y las palmas de Ektor se llenaron de flamas, que logró apagar a tiempo.

—¿Qué sucede? —preguntó Lunet a los militares.

—Vienen más en camino —anunció, tembloroso, uno de los hombres.

Ektor se arrimó a Lunet y tocó el brazo de la mujer.

—Cúrala. Yo me encargaré.

—¿Qué harás? Solo quedamos diez brujos en el palacio y todos agotados. No tenemos ni a un general que guíe a los soldados.

—¡Cúrala! —gritó Ektor y abandonó la habitación, seguido por los militares.

Sin embargo, dejó a tres apostados allí, para que vigilaran a Lunet.