Capítulo VII
El viaje de regreso al palacio costó la vida del resto de los soldados.
Nada más Ektor, la criada y el oficial llegaron a la capital del Imperio.
Al arribar a la ciudad, los recibieron huestes de refuerzo.
Ektor envolvió a la joven en un hechizo protector y se apresuró con ella hacia sus habitaciones, frente a las cuales aguardaba Lunet.
—Ektor. —La mujer se aproximó.
Él se interpuso entre ella y la chica.
—¿Qué sucedió? —preguntó Lunet—, ¿el general? Hay rumores de que la secta negra planea atacar el palacio.
—Ahora no —murmuró Ektor y se encerró en su habitación con la muchacha.
Selló accesos y salidas, excepto las que solo él conocía.
—¡Ektor! —gritó Lunet desde el pasillo—. No puedes comportarte así, es un momento delicado.
—Siempre lo es —contestó él—. Ocúpense ustedes. ¿Acaso no desean todos regir el Imperio? Bueno. ¡Encárguense!
—¿Dónde está el general?
—No sé, venía detrás, tal vez quedó a las puertas de la ciudad.
—Ektor, debemos prepararnos para…
—¡Ahora no! —chilló él y lanzó un sortilegio que apagó todos los ruidos. Luego miró alrededor.
La muchacha, de pie en el centro del cuarto, temblaba y se abrazaba a sí misma. Ektor, con los puños apretados, trató de calmarse.
—Nadie te dañará —dijo tras unos minutos.
—Señor, no comprendo…
—No me llames…, soy… —Ektor inspiró—. Un amigo de tu madre. Ella…
—Yo no la conocí —lo interrumpió la chica.
—Es una pena. —Él suspiró—. No te preocupes, te protegeré. Me enteré de tu existencia hace poco, jamás…
—No comprendo nada, ¿por qué hay tantos magos?, ¿dónde estamos?
—¿Sabes quién soy? —preguntó Ektor.
Ella negó con la cabeza.
Él abrió la boca, y titubeó.
—No importa. —Recogió dos bolsos y comenzó a llenarlos—. Nos iremos lejos, donde nadie pueda dañarte, donde nadie nos encuentre.
Ella permaneció quieta mientras él preparaba las mochilas.
—Por aquí —indicó Ektor luego de terminar y reveló una puerta secreta.
La joven vaciló un segundo, después obedeció con docilidad.
«En algún momento, deberé explicarle…», pensó Ektor, «pero ahora no».
En silencio, avanzaron por el largo y sombrío pasadizo hacia el área de las cocinas.
Desde allí, conectarían con otro que les permitiría abandonar el palacio y alcanzar una zona poco habitada de la ciudad.
Mientras caminaban, Ektor rumiaba sus opciones.
El pueblo donde él había crecido ya no existía, tampoco el de Viviane.
Precisaba una aldea como esas, lo bastante remota para que la gente no reconociera su cara.
Si nunca usaba sus destrezas, quizás la guarida funcionara.
Las cocinas se hallaban por completo vacías. Aunque resultaba muy raro, Ektor ignoró el hecho e ingresó al otro pasadizo. En menos de media hora, salieron del palacio, pero no lograron alejarse de este. Una barrera mágica lo prevenía. Ektor se acercó y la tocó.
—Ay —exclamó y retiró la mano con rapidez cuando una fuerte electricidad le quemó la piel.
Asió el brazo de la muchacha y, juntos, recorrieron el perímetro. Si bien el sortilegio encerraba todo el edificio, no tenía excesiva altura. Tal vez, podrían brincar desde alguna de las ventanas del primer piso. Él prefería no actuar sobre ese hechizo para evitar que detectaran su ubicación.
—Señor —gritó un soldado a la distancia.
Ektor volteó para eludirlo; sin embargo, más se acercaban por el otro lado. Luego de alcanzarlo, quisieron guiarlo hacia el interior del palacio. Aunque Ektor se resistió, la joven obedeció a los militares y él debió hacer lo mismo.
—¡Por fin! —exclamó Lunet cuando llegaron a la sala del trono.
El general, muy pálido, estaba junto a ella.
—No tengo tiempo —refunfuñó Ektor—, necesito…
El aire se cargó de electricidad y tanto Ektor como Lunet reaccionaron con un hechizo de protección. Después él invocó una llamarada de fuego que llenó la entrada del cuarto y también chamuscó a algunos soldados.
—Cuidado —susurró Lunet.
Ektor la ignoró y empujó a la muchacha hacia el general.
—¡Aléjala de aquí! —le gritó al oficial.
Pero los magos negros ya estaban en la habitación.