Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo VI
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Capítulo VI

—Tenemos una pista prometedora —anunció el general tras ingresar en la carpa de Ektor, tres semanas después de abandonar el palacio.

Ektor cortó el hechizo que le permitía hablar con Lunet. Si bien el sortilegio había mejorado mucho desde sus inicios, ya apenas funcionaba a esa distancia y solo por unos minutos. Estaba seguro de que ella no le contaba todo.

«¿Para no preocuparme o…?».

Sacudió la cabeza, harto de la eterna desconfianza.

—Dijiste lo mismo con las anteriores —le señaló al militar y se levantó de su silla.

El viejo oficial usaba la otra disponible en la carpa y permaneció sentado después de que Ektor se irguiera.

—Solo rumores, sin una descripción…, poco con qué trabajar —explicó el hombre—. Y eres el único capaz de ratificar si hallamos al correcto.

Ektor observó sus manos, abrió y cerró los dedos. Pese a haber creado un encantamiento para reconocer su sangre, no estaba seguro de qué tan bien funcionaba; el niño tendría una mezcla.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Esta noche —respondió el soldado—. Un grupo pequeño. Se trata de una granja en las afueras del pueblo vecino. —Entornó los ojos—. Hay adeptos de la secta negra en la zona.

Ektor arrugó la nariz.

—De acuerdo, utilizaré el sortilegio para ocultarnos, pero…

—Nadie debe hacer ruido o todos nos tornamos visibles.

Ektor aguardó; el hombre permaneció quieto.

—Ya me levanto —gruñó el soldado luego de unos minutos.

Ektor vaciló.

—Perdón. —Se arrimó a la pierna del oficial y extendió las manos.

Salieron unas horas más tarde.

—Esperemos —dijo Ektor mientras observaba a la distante familia, unos chicos correteaban junto al cobertizo.

—No podemos —contestó el general—, otro grupo se aproxima.

Ektor apretó los labios y asintió.

Poco a poco, se acercaron a la granja, resguardados por el hechizo. Sin embargo, antes de llegar al rancho, sonaron veloces pasos a sus espaldas. Cuando Ektor giró, la secta negra ya estaba ahí. Ellos no optaron por la cautela y embalaron hacia los muchachos.

—¡No! —gritó Ektor y, en ese momento, su grupo se tornó visible.

Los otros vacilaron solo un segundo. Un par atacó mientras el resto corría hacia el cobertizo.

Los soldados imperiales trataron de proteger tanto a Ektor como a la familia, pero él se alejó de ellos y creó un círculo ígneo alrededor de los jóvenes para que nadie se les aproximara.

Entonces, reparó en una criada que observaba la escena, lucía asustada y su cara replicaba la de Viviane casi con exactitud.

Ektor se paralizó, cautivado por el rostro de esa chica.

De repente, una sombra oscureció los rasgos de ella y Ektor notó que el único mago de la secta negra se le acercaba, sus manos chispeantes.

—¡No! —gritó Ektor y estiró un brazo.

Experimentó el conocido cosquilleo en los dedos y, de pronto, el otro brujo se elevó en el aire, cubierto de rayos; luego cayó al suelo, chamuscado.

Sin embargo, no desalentó a sus compañeros.

Ektor lanzó un nuevo hechizo. El cuerpo achicharrado se levantó y bloqueó a sus camaradas, los cuales, esa vez, sí frenaron.

Incluso los soldados imperiales se paralizaron; el general titubeaba.

Ektor corrió hacia la muchacha.

Ella no reaccionó cuando él la ciñó en sus brazos y formó un escudo alrededor de ambos. Ektor miró en busca de una salida.

—No te preocupes —le susurró a la joven—, yo te protegeré.

—¿Quién…, quién… es usted? —tartamudeó ella.

Él vaciló y después sacudió la cabeza. Los adeptos de la secta negra estaban en movimiento otra vez.

Ektor invocó un hechizo de control, pero solo funcionó en un hombre.

Ektor frunció el ceño y trató de insuflarle más fuerza al encantamiento.

Sin embargo, resultó en una desagradable inmolación del sujeto.

De todas formas, Ektor aprovechó la distracción para correr lejos de la granja junto con la criada.

No paró hasta quedar rodeados de silenciosa oscuridad. Entonces, creó un nuevo sortilegio de camuflaje y se tambaleó. Tenía poca energía, necesitaba tiempo para recobrarse, pero su distante campamento no era seguro ahora.

—Por favor —suplicó la chica—, no hice nada, no diré nada.

Ektor negó con la cabeza.

—Lo siento, te puse en peligro.

Ella pasó la lengua por sus labios mientras se retorcía los dedos.

—Comprendo, señor, no se preocupe, no hablaré con nadie; solo déjeme ir.

—Lo siento —repitió él—, no puedo.

En ese momento, sonaron ruidos cercanos y Ektor le hizo un gesto a la muchacha para que callara. Resultaba difícil ver en la oscuridad; sin embargo, no quería derrochar energías en invocar luces. Luego de unos tensos minutos, surgió el rostro del general y Ektor suspiró.