Capítulo V
Ektor reflexionó por un momento. Carecía de ese monto o medios de conseguirlo.
—Ni una moneda sin una prueba —pronunció al fin.
El sujeto barbudo sonrió.
—Lo supuse. —Realizó un gesto hacia Ektor—. ¿Puedo acercarme?
Ektor asintió mientras invocaba un poco de magia; si bien percibió el cosquilleo en las palmas, sabía que no se notaba. Al contrario de muchos brujos, él practicaba para disimular sus habilidades cuando las utilizaba.
El extraño llegó a medio metro de él y le mostró un papiro sin soltarlo. Ektor se inclinó hacia delante.
«Parece la letra de Viviane…».
El hombre barbudo retiró el pergamino sin que Ektor acabara de leerlo.
El escrito mencionaba ocultar un tesoro.
Podría referirse a su hijo… y también al último dragón.
En cualquiera de los dos casos, Ektor debía hallarlo.
Primero especuló sobre dónde lo habría escondido Viviane, luego se preguntó a quién iba dirigida la carta.
No alcanzó a verlo. Y nunca descifró el motivo de que ella no se comunicara con él tras la batalla, durante el embarazo.
Trató de convencerse de que fue para proteger al bebé, pero…
Apretó los labios.
—Aguarden aquí —dijo y abandonó la habitación.
Ordenó a los soldados en el corredor que no permitieran a los extraños salir ni a nadie más entrar.
Retornó a su despacho y revisó los papiros tanto de las reservas del Imperio como sus ahorros propios, en los cuales Lunet había insistido. Con todo, llegaba a una tercera parte de lo que le pedían.
Se pasó la lengua por los labios.
«Quizás…, algún hechizo… No». Sacudió la cabeza. «No está bien».
Entonces, la puerta del cuarto se abrió sin que llamaran y Lunet ingresó. Ektor frunció el ceño.
—¿Qué…?
—¿Es cierto? —preguntó la mujer.
Ektor divisó soldados detrás de ella e invocó su magia.
—¿Ese extranjero dice la verdad? —presionó Lunet—, porque, si es así, tenemos que actuar ahora.
—¿Me espías? —indagó él.
Ella inspiró y le habló a uno de los militares.
—Preparen una excursión del ejército ya mismo. ¡Vamos, rápido! —gritó y los hombres salieron a las corridas. Entonces, ella se giró hacia Ektor—. Debiste contarme.
—Solo trataba de protegerlo.
Lunet apoyó una mano sobre el brazo de Ektor.
—Comprendo, pero ¿un descendiente tuyo? Debemos llegar a él antes que nadie más, a como dé lugar.
A lo largo del sucesivo mes , surgieron una docena de posibles hijos .
Cuando Ektor recibía una notificación viable, intentaba acudir.
Sin embargo, en ocasiones, no lograba abandonar el palacio y, otras veces, arribaba al sitio luego de que el niño desapareciera.
Solo en tres oportunidades, ejecutó el hechizo de comprobación, con resultado negativo.
—La gente enloqueció, ¡de nuevo! —gruñó Ektor y mesó sus cabellos.
Se hallaba en su dormitorio, acompañado por Lunet y el general, quienes intercambiaron una mirada.
—¿Qué esperabas? —preguntó Lunet.
—¿Por qué crees que se necesitan soldados? —inquirió el militar.
Ektor suspiró y se frotó la cara.
—Tiene que haber una forma de acabar con la locura —murmuró.
—No terminará hasta que encontremos a tu hijo —indicó Lunet— o se compruebe que no existe.
Ektor contempló a la mujer.
—Eso es… —susurró.
Una semana más tarde , Ektor seguía repasando papiro tras papiro y todas sus anotaciones. Debía hallar un modo de convencer a la gente de que el niño no era suyo o que ni siquiera existía.
«Aunque Viviane fue la primera hechicera mujer…», pensó y luego sacudió la cabeza.
De cualquier forma, no podía permitir que secuestraran jóvenes para someterlos a experimentos o chantajearlo a él. Suspiró. Otro problema: las arcas del Imperio se encontraban casi vacías de tantas excursiones y el pueblo, en su mayoría desocupado, cada vez pagaba menos impuestos.
Ektor inspiró y miró por la ventana de su despacho. Siempre le parecía ver sombras en el cielo, soñaba con un dragón…
Se frotó la cara.
—No. Eso creó el problema.
Abandonó la habitación y marchó hacia el dormitorio del general. Como era mitad de la noche, el hombre estaba en la cama, pero no se quejó cuando Ektor lo despertó.
—Implementaremos tu idea —le dijo Ektor.
—Podemos salir en la mañana —expresó el militar y comenzó a vestirse.
Luego de charlar un momento con él, Ektor visitó a Lunet; ella quedaría a cargo durante su ausencia.