Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo IV
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Capítulo IV

La guerra había terminado seis meses atrás. Ya no existían reinos vecinos , solo un vasto Imperio cada vez más difícil de administrar. Y si bien Ektor poseía adeptos fieles, también Drust. Por otro lado, resultaba complicado permanecer al día con los sucesos en un territorio tan inmenso.

Golpearon a la puerta de su despacho y Ektor se alejó de la ventana. Un soldado de su escolta personal ingresó al cuarto sin aguardar invitación.

—Unos hombres lo esperan en la sala del trono —informó.

—¿Quiénes? —indagó Ektor.

—No los conozco, señor; sin embargo, sabían las frases clave para obtener una audiencia con usted. —El custodio vaciló—. Creo que no son originarios de nuestro Imperio, sino de un reino vecino.

Ektor caviló un momento.

—Iré en unos minutos. Vigílenlos, que no accedan a otras partes del palacio.

—Sí, señor. —El soldado salió del cuarto.

Luego de trabar la puerta, Ektor ingresó a un pasadizo secreto.

Varios de ellos le permitían espiar dentro de numerosas habitaciones, incluida la del trono.

Allí había dos personas. Ektor observó a los hombres.

No conocía sus rostros y, por sus ropas, parecían forasteros, aunque eso podía tratarse de una distracción.

Hizo un arqueo mental de sus operativos.

«Debí preguntar cuál frase clave utilizaron».

Suspiró. Mejor terminar con ello rápido y evitar rumores.

Retornó a su despacho y acudió a la sala del trono por los pasillos oficiales. Ordenó a su escolta que esperaran en el corredor, ninguno de los extraños era un mago, de eso estaba seguro, los conocía a todos. Igual mantuvo su distancia al ingresar a la habitación.

—Los escucho —dijo y tomó asiento—, no por mucho tiempo.

—Seremos breves —contestó el sujeto barbudo—. Ofrecemos un intercambio.

—Explícate —demandó Ektor.

—Tenemos información; tú, riquezas.

Ektor apretó los labios, pero también se relajó un poco. De vez en cuando, sufría aquella situación. Resultaba molesto. Y no poseía tanto dinero como muchos pensaban.

—¿Información sobre qué? —indagó.

El hombre sonrió con lentitud.

—Sobre tu hijo.

Ektor sintió que el estómago se le comprimía.

—No sé de qué hablas —expresó con el tono más calmado y despreocupado posible.

El sujeto barbudo rio.

—Entonces, quizás… —dijo con sorna—, deba buscar a otras personas. Estoy seguro de que a alguien le interesará este dato: el hijo del Emperador, único heredero de momento. Y no solo eso —miró a Ektor de arriba abajo—: el retoño del primer mago.

Ektor apretó sus chispeantes puños.

—Incluso si fuera mío —gruñó—, la descendencia de los brujos no nace con sus habilidades.

—Aún no —se encogió de hombros el sujeto—, pero hay rumores de que pronto sí.

Ektor hizo una nota mental para chequear las últimas novedades sobre el tema y después manifestó:

—De todos modos, resulta irrelevante en este caso. —Inspiró—. Como mencioné al principio, poco tiempo. Dime tu precio.

El extraño frunció los labios previo a contestar:

—Diez mil monedas.

Ektor se esforzó por no reaccionar.

—Una fortuna —expresó luego de unos minutos.

—¿Qué es el dinero para un padre cuando la vida de su hijo está en peligro?

—¿En peligro? —Ektor se levantó—. ¿Con quién más hablaste?

—¿Yo?, con nadie —respondió el barbudo y su camarada emitió una risita—. Sin embargo, así como me enteré yo… —Se rascó la nariz.

—Pruebas —ordenó Ektor.

—Cinco mil y las tendrás —contestó el extraño.