Capítulo III
—Hay una solución obvia al problema de los reinos vecinos —manifestó el general, sin preámbulos.
Ektor frunció la nariz.
—¿Cuál?
—Que dejen de serlo —explicó el hombre.
Ektor se mojó los labios con la lengua. Anticipaba esa proposición. Y días atrás…; sin embargo, ahora…
—De acuerdo —dijo luego de unos minutos.
El militar lució sorprendido, pero no hizo comentarios.
—Prepara un plan y lo repasaremos a fines de esta semana —ordenó Ektor.
—Sí, señor —contestó el hombre y se apresuró a salir de la habitación, tanto como le permitió su cojera.
Ektor se frotó la cara y, tras unos minutos, abrió la puerta para pedirle al guardia que llamara a Lunet.
—¿Sabes cuál es el problema? —preguntó Ektor apenas la mujer entró al cuarto.
Ella enarcó las cejas.
—Son varios.
Él suspiró.
—El peor, y quizás principal: la falta de cohesión en el Imperio. Precisamos metas comunes para todos. —Vaciló—. Y debemos frenar la secta de Drust. Ya.
La mujer sonrió.
—Por fin asumes el poder que representas.
Él inspiró.
—No deseaba este camino, pero…
—No hay otro —completó Lunet—. ¿Tienes una idea?
Ektor asintió.
—Contrarrestaremos la organización de Drust con una propia, oficial: reglas, niveles y nombres pomposos para los puestos; a la gente le gusta eso. No podemos darles magia a los civiles; sin embargo, parece que con la esperanza basta. Preséntame un plan a fines de la semana.
Lunet sonrió otra vez y salió del cuarto.
Ektor suspiró de nuevo y permaneció quieto un largo rato.
Después, caminó hacia su escritorio y examinó los pergaminos sobre él.
Aún faltaba mucho por resolver. Si bien invadir el reino de Morold facilitaría adquirir información sobre el bebé y un supuesto dragón, no podía fiarse de lo último.
Debía avanzar con el proyecto de retornar a una vida sin magia.
Cada vez quedaban menos hechiceros y los experimentos para crear otros fracasaban.
Incluso el sortilegio que, en teoría, prolongaba sus existencias había matado a unos cuantos.
Sacudió la cabeza, se sentó y empezó a escribir el primer mensaje.
—Vamos bien —anunció el general luego de dos meses; aunque lucía agotado, sonreía.
Estaban en la reunión semanal del consejo de guerra. Sus vecinos pequeños habían caído y ahora enfocaban sus recursos en el reino de Morold.
—¿Qué sucederá con nuestra alianza después del triunfo? —preguntó Drust, quien ya lideraba abiertamente la llamada secta negra .
Ektor se mordió la lengua. No lo quería ahí, pero poseía demasiados seguidores. Por suerte, tampoco lograba crear nuevos brujos.
—En mi opinión —manifestó el general—, precisamos extender nuestro dominio a todos los pueblos de la región; así evitaremos futuros problemas.
«¿El continente?», pensó Ektor, «¿ahora desean el continente ?».
—Antes de analizar tal paso —intervino Lunet—, ¿cómo administraríamos un Imperio de tamaña amplitud? Ya somos muy pocos hechiceros para el territorio actual.
—Por eso debemos realizar más experimentos —dijo Drust—. Ektor, ¿leíste los últimos pergaminos que te envié?
Ektor lo ignoró y le contestó a Lunet:
—Tal vez no necesitamos esparcir hechizos por todos lados.
Drust se carcajeó.
—La magia nos consiguió apoyo popular en las tierras enemigas. Es lo que la gente desea.
—Quizás —intervino Howel con su habitual tono pacificador—, en las nuevas regiones hallemos un dragón.
Ektor se clavó las uñas en la palma y cruzó una mirada con Lunet.
—Veremos —murmuró.