Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo II
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Capítulo II

Cuando Ektor sintió que se le cerraban los ojos, mordió su lengua con ímpetu.

Ya había aplicado sobre sí mismo tres hechizos para no dormir esa semana y no debía excederse.

En los últimos meses, los brujos habían comenzado a utilizar sortilegios personales de refuerzo para mantener todo en funcionamiento.

«Hablaré con Erbin luego de…».

—¡Ektor! —Lo sacudió Lunet.

—¿Qué? —reaccionó él, sobresaltado, y miró alrededor.

Estaba en su oficina, a solas con Lunet. Suspiró y se frotó la cara. Por lo menos, nadie más había visto eso. A veces, creía que la mitad del Imperio aguardaba a que él cometiera un error o mostrara debilidad.

—Necesitas descansar —expresó la mujer.

Ektor sonrió con tristeza.

—Lo sé, pero ¿cuándo? —Señaló los papiros sobre su escritorio—. Siempre hay algo: problemas internos, nuevas incursiones de los reinos vecinos y los hechiceros…, concentrados en su magia en vez del bienestar del Imperio. —Agitó la cabeza y volvió a suspirar.

—Puedes delegar.

—Dime, Lunet, ¿en cuántas personas confías, en verdad confías , hoy?

La mujer frunció los labios y retornó a su asiento.

—Tal vez sea lo que precisa cambiar.

—Hice lo imposible para ganar lealtades, incluso permito hechizos con los que no estoy de acuerdo y siempre quieren más, todos siempre quieren más . —Apretó los puños.

—Pero no es lo único que te atormenta, ¿no?

Ektor inspiró y la miró de frente.

—Temas personales.

—Un Emperador no tiene de esos —expresó ella.

Él sonrió de nuevo.

—A su tiempo —dijo al rememorar el último informe sobre la búsqueda del hijo de Viviane… y el dragón.

Cuando Lunet se retiró , Ektor, recostado en el sofá de su oficina, cerró los párpados y… golpearon a la puerta.

Ektor se incorporó de un salto segundos antes de que un mensajero corriera hacia él.

El muchacho le entregó medio trozo de papel y abandonó el cuarto con la misma premura.

Ektor frunció el ceño mientras examinaba la fracción de pergamino.

Luego conjuró un sortilegio sobre él y aguardó a que las palabras surgieran.

Después de leer el texto, Ektor apretó los labios y se levantó.

Caminó hacia un rincón de la habitación y abrió una portezuela disimulada en la pared. En pocos minutos, llegó a los sótanos. Ahí encontró a Howel.

—Dime —murmuró Ektor con tono cansado.

—Mi espía en la secta de Drust falleció anoche.

Ektor se despabiló al instante.

—¿Lo mataron?

—En cierto modo. Fueron los experimentos que realizan; a partir del tercer nivel en la congregación, ya no son opcionales.

—¿Tercer nivel? ¿Cuántos hay?

Howel se aclaró la garganta.

—Es una organización muy grande. Se encuentran diseminados a lo largo del Imperio, con adeptos en muchas áreas y profesiones. Por supuesto, la mayoría de ellos no poseen magia, pero la ansían, algunos con fervor. —Tras una pausa, agregó—: Crearon lazos con el reino de Morold.

Ektor gruñó por lo bajo y sus dedos crepitaron.

—Debemos actuar —concluyó Howel.

—Lo sé —respondió Ektor y se contempló las manos—. Quédate cerca, tendré instrucciones para ti en unos días.

—Mientras más rápido, mejor —expresó Howel, quien ya caminaba hacia la puerta.

Luego de unos minutos, Ektor regresó a su despacho por los pasillos públicos y observó a los individuos que se cruzaba.

«¿Acaso todo el mundo se vuelve loco con la magia? ¿Lo estaré yo también?».

El general lo aguardaba frente a su oficina.

—Debemos hablar —anunció el hombre.

Ektor suspiró, dejó pasar al militar y cerró la puerta.