Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5) Capítulo I
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Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5)

Experimentos de magos: Ciclo Transformación – Libro II (Crónicas hechiceras 5)

Por Lorena A. Falcon

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Capítulo I

Ektor suspiró cuando terminó de escuchar el reporte. Se frotó la cara, apoyó los codos sobre el escritorio y cubrió su rostro con las manos.

—No debimos abrir esa puerta —murmuró—, yo lo sabía y…

—No tuvimos opción —lo interrumpió Lunet.

Ektor levantó la mirada y contempló a la mujer durante un largo rato. Se hallaban solos, en la oficina de él.

—Quizás… —Sacudió la cabeza—. No sé, no…

—Nadie estaba listo para lidiar con magia —dijo ella—. Incluso tantos años después de su aparición, nadie lo está.

Él inspiró profundo y asintió, pero una voz en su mente siempre le recordaba que todo era culpa suya.

—Mira el lado bueno —continuó Lunet—, ya no hay peligro de invasión por parte de otros reinos y la calma empieza a retornar a la población.

—Porque ignoran lo que sucede.

Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Eso siempre es así. —Se inclinó hacia delante—. Solo tenemos que instaurar algunos límites, sin restringir más las libertadas de los magos… o que no se note tanto. Debemos evitar otra rebelión.

—De acuerdo —dijo Ektor luego de escasos minutos y frunció los labios—. Necesito pensarlo un poco.

La mujer asintió y se levantó.

—No te demores mucho, ya conoces el costo de eso.

Cuando Lunet se retiró, Ektor, de nuevo, cubrió su rostro con las manos.

Entonces, sonó un golpe a la puerta y esta se abrió sin que él respondiera. El general ingresó a la habitación. Ektor reprimió una mueca, le incomodaba ver al hombre caminar con su retorcida pierna. Él había ejecutado el terrible hechizo para salvarla y se arrepentía cada vez que lo recordaba.

El militar ocupó la silla que había dejado Lunet.

—Debemos repasar las mejoras de los soldados —anunció.

—Ya no hay amenazas externas ni internas que lo justifiquen —señaló Ektor.

—Siempre existen peligros —gruñó el general—. Son nuevos reclutas.

Ektor inspiró y contempló al hombre, quien le aguantó la mirada en silencio, sin pestañear, durante largos minutos.

—¿Por qué necesitan ellos mejoras? —preguntó Ektor al fin.

—Para ser iguales al resto.

—No.

El militar se removió en su asiento.

—Precisamos…

—Regresar a la normalidad —lo interrumpió Ektor.

—¿Cuál?

Ektor vaciló y luego negó con la cabeza.

—Lo charlaremos mañana, en la sesión diaria. —Señaló la puerta—. Ahora tengo otros compromisos.

Ektor aguardó inmóvil a que el hombre saliera de la habitación. Entonces, suspiró y relajó su postura. No debía alienarlo, pero tampoco podía concederle todo lo que solicitaba. Además, en verdad estaba ocupado.

Treinta minutos después , se reunió con dos grupos diferentes, en los sótanos del palacio. Primero, sus informantes civiles; repartidos por doquier. Acostumbraban a acudir varios para hablar con él. Ektor entró al cuarto sin saludar.

—¿Novedades? —preguntó.

—Creo que lo hallaremos pronto —contestó una muchacha.

Ektor sintió un escalofrío y se forzó a sí mismo a tranquilizarse.

—¿Dónde?

—En el reino de Morold —respondió la joven—, ya hay un equipo allí.

—¿Por qué creen que está ahí?

—Existen rumores de un mago en la zona.

Ektor se mordió el labio.

«Otra vez».

—Esos rumores tienen que desaparecer —dijo en voz alta.

—Por supuesto —expresó la muchacha, con una sonrisa.

—¿Qué más? —indagó Ektor.

—Puedes confiar en Howel y Sebille, por ahora —intervino un hombre—, pero Drust…

Ektor inspiró.

—¿Qué hizo?

—Fundó un grupo secreto para realizar experimentos, recluta fuera de la capital, aunque bastante cerca.

—Pon a alguien dentro —ordenó Ektor—, actuaremos pronto.

Tras unas breves instrucciones adicionales, Ektor terminó la reunión y se encaminó a su segunda cita. Ese equipo consistía en tres hechiceros que viajaban a lo largo del Imperio y uno se reportaba cada mes. Howel formaba parte de ellos.

—¿Qué sabes de Drust? —le preguntó Ektor apenas lo vio.

Howel suspiró y agitó la cabeza.

—Está loco. De repente, la magia negra lo obsesiona. Pero, sin él, solo seríamos veinte.

Ektor se frotó el mentón.

—Pensaré en ello —musitó.