Capítulo X
Halló a la muchacha cerca de un angosto río. A unos metros, una mujer arrodillada junto a un tacho de ropa la miraba con expresión sorprendida.
«Ya no es invisible», pensó Ektor y lanzó una llamarada que se interpuso entre las dos, después embaló hacia su hija.
Floree trató de huir. Él la alzó en brazos y corrió hasta que dejó de oír los gritos de la extraña. Cuando no pudo más, apoyó a la joven en el suelo e invocó otro hechizo para que durmiera. Luego Ektor se desmayó a su lado.
Despertó, sobresaltado, en medio de la oscuridad. Floree continuaba junto a él. Ektor se mesó los cabellos.
«La magia tiene que disminuir. Debí avanzar con ese plan hace mucho y no permitir que me distrajeran».
Unos días después, con Floree ya casi recuperada y él más fuerte, decidió alejarse de todo, para meditar. En su caminata, pasaron cerca de varias aldeas. Ektor no ayudó en ninguna, resultaría inútil. Precisaba hallar una forma de eliminar la necesidad de brujos.
—Me duelen los pies —musitó Floree.
Ektor suspiró y miró alrededor. Por momentos, pensaba que los seguían; pero, si era cierto, ignoraba quién. Estaba muy cansado.
—Pronto —susurró y retomó la marcha.
Durante semanas, Ektor sostuvo el hechizo de invisibilidad y ejecutó decenas de veces el sortilegio para dormir a Floree, que había tratado de escapar en reiteradas oportunidades. Él se sentía tan fatigado que, en ocasiones, consideraba dejarse atrapar.
Hasta que, un día, tropezó con montañas. Las memorias acudieron raudas y él escudriñó las cumbres. De repente, una sombra coloreó las nubes. El corazón de Ektor pegó un salto.
—¿Será? —murmuró y agitó la cabeza—. No, no más… A menos… —Observó de nuevo los picos, que se oscurecieron unos segundos—. Si los dragones pueden dar magia, quizás también quitarla.
Con Floree en brazos, corrió. Sin embargo, de pronto, la joven despertó y luchó para liberarse. Ambos cayeron al piso.
—¡Ektor! —se oyó la voz de Lunet a la distancia.
Él ojeó alrededor. Descubrió a la mujer no muy lejos, acompañada de soldados a caballo. Ektor trató de invocar un hechizo y se tambaleó. La muchacha aprovechó para huir.
—¡No! ¡Aguarda! —gritó Ektor, pero Floree ya estaba cerca de Lunet.
Él titubeó, echó un vistazo a las cumbres de las montañas y, al final, corrió en esa dirección.
Oyó los cascos de los caballos a sus espaldas cuando trepaba por las rocas. Otra sombra oscureció el cielo. Él miró en busca del dragón y estiró los brazos como si quisiera volar. Entonces, cayó.
Lunet y los soldados llegaron poco después. La mujer se adelantó hasta el cuerpo de Ektor. Luego suspiró y observó a la muchacha.
—Regresemos —dijo Lunet con cansancio—. El Emperador ha muerto y debemos salvar al Imperio.