Expediente Serotonina Capítulo 28. Claridad #6
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Capítulo 28. Claridad #6

Corría el año 1994. Melvin tenía veintidós años y estaba harto, saturado del frío, de la desapacibilidad de Nueva Escocia, y entendía perfectamente que los turistas estadounidenses visitaran esa zona solamente en ve rano , vivir allí en todas las estaciones del año era un suplicio, así que había llegado la hora de irse.

Su madre era fuerte y su padre nunca se había atrevido a poner la mano encima a su madre, porque hubiese salido perjudicado físicamente; eso le tranquilizaba y le daba permiso para irse.

El padre era un hombre alto, delgado, esmirriado, y Melvin era su viva fotocopia.

En cambio, Lorna era fuerte como un roble, medía más de metro ochenta y tenía unas espaldas anchas y rocosas; el matrimonio parecía una pareja de dibujos animados.

Desde el inicio de su relación, ella se había enamorado de ese pobre chico, Jonás, al que la mayoría de los chavales de su edad vejaban o zurraban.

Lorna lo acogió en su seno como si fuera su peluche y solo una persona se atrevió a enfrentarse a ella.

Fue un día de lluvia de 1954, en el instituto de Plymouth, un edificio gris como los de la época, con ventanales minú sculos , pero no lo suficientemente pequeños.

Jonás ya había recorrido los cuatro piso s de escaleras y entró en su clase cabizbajo, como siempre, y detrás de él, su « guardaespalda s » , Lorna.

Se dirigían a sus pupitres, pero John, el alumno más cobarde, le puso la zancadilla a Jonás, quien cayó de bruces contra el canto de una mesa.

Se abrió la ceja derecha, con la consiguiente sangría incesante.

La carcajada general fue ensordecedora, pero Lorna corrió a socorrer a su pareja, comprimió la herida con su pañuelo de cuello y, al ver que se detenía la hemorragia, se levantó saltando sobre John, lo agarró por el pescuezo, lo sacó por la ventana, cogiéndolo solamente por la solapa de su camisa, que por momentos se estaba descosiendo.

John gritaba de terror: iba a caer de un tercer piso si nadie lo remediaba.

La clase entera empezó a gritar y apareció por la puerta el profesor de la asignatura de Historia de América, quien no pudo evitar el desgarro total de la camisa y, por ende, la caída de John al patio central del instituto.

Ciertamente, quien provocó la zancadilla tuvo mucha suerte, pues se despeñó sobre un arbusto y solamente se rompió las dos piernas. Lorna fue expulsada para siempre de la escuela y Jonás tuvo que irse del instituto, porque su vida sin ella hubiera sido un auténtico infierno.

Ambos fueron a un instituto de Fredericton, los problemas de bullying se acabaron y su relación afectiva y emocional siguió adelante.

Se casaron, tuvieron a Melvin, pero nunca hubo felicidad en esa familia.

Cuando Lorna vio a su hijo recién nacido, pensó que era igual que su padre y que se repetía su historia: debería proteger a ambos para el resto de su vida y dedicarse a ello enteramente.

Así que, en lugar de disfrutar de la vida, arrancaba las hojas del calendario como si se tratase de un libro que tenía que leer obligatoriamente y que nunca sabía cuándo se acabaría.

A pesar de esa autoflagelación o, mejor dicho, ese sometimiento constante, Lorna, por suerte, dominaba el matrimonio, ya que, tras el accidente de la mina, Jonás se había convertido en un monstruo feroz contra Melvin, a quien tenía absolutamente desmoronado, pero solamente cuando Lorna no estaba en casa.

Melvin no sabía cómo escudarse de esa humillación psicológica; si él le contestaba, Jonás seguía y seguía vejándolo e insultándolo, y si parecía que le importaban poco las palabras de su padre, lo acababa pegando, con más nervio y rabia q ue fuerza.

Melvin le sollozaba constantemente a su madre, quien apenas hacía nada para evitarlo. Ella tuvo un padre similar, por lo que no reprobaba que Jonás estuviera atosigando a Melvin incesantemente; creía que eso lo forjaba como persona. Pero un día la cosa se les fue de las manos a toda l a familia.

Melvin estaba en su último año de carrera universitaria.

Le habían brindado plaza en la Universidad de Columbia, en Nueva York; su expediente académico era brillante, pero más lo eran sus trabajos de investigación, y el Manhattan Psychiatric Center también le había ofrecido un puesto de trabajo como investigador.

No sabía adónde iría. Lo que sí tenía claro era que se largaba de allí volando, del hogar de sus padres, de su prisión de infancia y juventud.

Su padre cada día estaba peor y su madre había decidido que ya no soportaba más ese escenario.

Sin esconderse ni de Jonás ni de Melvin, se relacionaba con un amante que la liberaba de las preocupaciones y le hizo saber por fin, a Jonás, lo que era un auténtic o orgasmo.

Melvin regresaba de la universidad con su título debajo del brazo y esa misma noche pensaba anunciar a sus padres que se iba a vivir a Nueva York. Cuando entró en casa de sus padres, se encontró a Jonás sentado en el sofá con una escopeta de cazar osos e n la mano.

—P adre, mírame, soy Melv in.—gritó.

Su padre no contestó, se puso la escopeta debajo de la barbilla y se disparó dos cartuchos de golpe.

Su pequeña cabeza prácticamente explotó, partiendo el cráneo en dos.

Melvin se quedó turbado, descuartizado mentalmente.

Se dio media vuelta y corrió hacia el primer piso de la casa.

Allí, en el cuarto de sus padres, encontró a su madre y a un hombre del tamaño de Lorna encima de la cama de matrimonio, con sus estómagos abiertos por varios impactos de perdigones de gran calibre y todo, absolutamente todo, embebido en sangre.

En ese momento oyó cómo las sirenas de la policía llegaban a la puerta d e su casa.