Expediente Serotonina Capítulo 29. Epílogo
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Capítulo 29. Epílogo

Ivana no fue capaz de aguantar ese estrés mental.

Entendía que Melvin Peaks, ese famoso neurocientífico, un hombre inteligente y brillante, pudiera ser capaz de teorizar acerca de los criminales exculpándolos, en parte, bien por su genética, bien porque la sociedad los había transformado psicológicamente, tanto por el marketing farmacéutico como por la incapacidad de arrinconar los estupefacientes legales o ilegales de los cí rculos de personas frágiles, o, en definitiva y según ella, porque el carril por el que nos obligan a circular, hablándonos del bien y el sentido común, era un invento para conseguir esa paz virtual entre los hu manos .

Pero un asesino era un asesino, y una persona como Peaks, con sus antecedentes familiares, sus vivencias al lado de demasiados criminales y a pesar del cariño que ella le cogió, no era para ella.

Decidió que la alternativa acertada era, por su propio bien, abandonarlo; su vida ya era bastante dificultosa como para emparejarse con un tipo encantador a ratos, muy interesante otros, pero de quien realmente se había dado cuenta que no estaba enamorada y tampoco lo pretendía.

La despedida fue sencilla, pero triste, sobre todo para él, quien ya tenía en la editorial su manuscrito a punto de ser publicado.

—N o me lo merezco, Ivana —m urmuró Melvin, con palabras impregnadas de dolor.

—N o es cuestión de merecerlo. Una pareja es cosa de dos, y una de esas partes, que soy yo, no quiere seguir. Siento ser tan clara —r espondió Ivana, con un tono firme pe ro amable.

Melvin se despidió con un tierno beso en su mejilla e, inmediatamente, ella arrancó su coche para irse sin mi rar atrás.

Melvin tuvo éxito, mucho éxito, y su libro se llegó a considerar un manual imprescindible en muchas facultades de ciencias médicas de todo el mundo.

Las partes más teóricas del libro y las conclusiones fueron publicadas en varios art ículos divulgativos en la revista Science , con gran repercusión entre la comunidad científi co-médica.

Y, con respecto a todos los malvados, malditos o simplemente malos, los que seguían vivos, les envió su libro con dedicatorias variopintas, recibiendo solamente una respuesta, recogida por la editorial de Peaks en el buzón de su apartado de correos.

Era una carta breve pero enigmática, firmada por Marga:

Es curioso cómo crees haber llegado a entenderme.

Supongo que tu obsesión por justificar lo injustificable te llevó a escribir algo que, en ciertos momentos, roza la verdad.

Pero no te engañes: lo que escribiste de mí no me describe, me limita.

Tus teorías genéticas y sociales son entretenidas, pero nunca han sido capaces de capturar lo esencial.

Yo no soy producto de nada ni de nadie, y mucho menos de un mundo que tú mismo apenas logras c omprender.

Mi infancia, mi historia, mi forma de ser…

admito que algunas partes de tu análisis son acertadas, pero no porque seas brillante.

Es porque yo lo permito. Tú y tu libro sois una ventana que me divierte y, ¿sabes?

, hasta me halaga. Aunque no olvides que observar demasiado el abismo tiene sus consecuencias.

Porque en ese abismo, Melvin, me encontrarás.

Y créeme, allí soy mucho más que u na teoría.

Así que sigue adelante con tus conferencias y tus ideas, convéncete de que has descifrado algo extraordinario.

Yo simplemente esperaré. Nos veremos cuando llegue el momento…

aunque no será en el infierno, claro está.

Eso es para almas mediocres. Tú me verás en otro lugar, donde no haya límites ni reglas, y donde finalmente entenderás que lo que escribiste no fue conocimiento, sino un juego que jamás pod rás ganar.

Excepto los que ya criaban malvas, el resto había sido juzgados y encarcelados, algunos por mucho tiempo y otros por menos.

Las sentencias fueron heterogéneas y nunca al gusto de todos, porque la justicia es justa para algunos e injusta para otros, según los ojos —v erdes, azules, marrones, negros, grises y sucedáneos de eso s— con qu e se mire.