Expediente Serotonina Capítulo 28. Claridad #5
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Capítulo 28. Claridad #5

Carla se despojó de su vestido y se quedó en bikini, un conjunto verde precioso que le sentaba de maravilla.

La chica era guapetona, pero ni de lejos como Marga, que era como una modelo de piernas largas y preciosa de cara.

Se zambulló en la pisc ina y se introdujo en el cisne desde el fondo, pero su cabeza quedó atrapada y no podía respirar, no podía sacarla y pataleó con todas sus fuerzas para volcar el flotador sin conseguirlo.

Gritaba desde el fondo viendo la silueta de su hermana en el borde de la pisc ina, inmóvil.

El primer asesinato de Marga no la hizo ni temblar un segundo.

Se marchó tranquilamente tras la última burbuja de vida de Carla, cogió su moto y se fue a tomar un helado con algunas amigas que la esperaban en Por t Portals.

Sus padres adoptivos nunca llegaron a saber que el cisne, trampa mortal, había sido ideado por Marga; los progenitores siempre creyeron, tal y como les había dicho la policía, que fue un accidente totalmente fortuito.

Marga no se sintió más estimada desde ese momento.

Todo lo contrario: la plena atención se solidificó en los recuerdos, en los objetos de Carla y en sus palabras aún no olvidadas, así que decidió irse a Barcelona cuanto antes.

A finales de agosto, veinte días antes del inicio de las clases, ya estaba alojada en la residencia de estudiantes, algo que Tomeu y Margarida pagaron, pero que ni decidieron, ni opinaron, ni prácticamente les importaba.

Carla se había ido y Marga era su hija adoptiva, que había pasado a ser exclusivamente aquel bebé robado por el que pagamos ciento veinticinco mil pesetas.

Cuando Marga fue autosuficiente y empezó a trabajar como química en unos laboratorios ubicados en el Maresme, dejó de pedir dinero, cambió de móvil, de piso y desapareció.

Nunca más, ni quiso ni supo de la existencia de sus padres adoptivos.

A partir de ese momento, las funciones maternales las ejercería Ani ta Umbert.

—V aya elemento.

—C ada uno tiene sus universos reales y los paralelos que se han ido construyendo con base en su mundología, en sus consumos de sustancias y, en definitiva, consideramos que, a pesar de que existe una cantidad importante de estudios que relacionan esas carencias o excesos de sustancias como la serotonina, la dopamina, la testosterona, entre otras, hay todavía falta de claridad respecto a esta relación con la agresión, la maldad o la violencia.

La correspondencia tendría que ser estudiada desde una perspectiva integradora, en la que tuviesen cabida otros factores relacionados con la violencia, incluyendo tanto aquellos que hemos visto en cada historia como los factores biológicos, entre los que se encontrarían los genes, los neurotransmisores, las hormonas, diversas estructuras neurales y el siste ma inmune.

—¿ Tu interés por todo esto te viene de lejos?

—N o hurg uemos ahí.

—¿ Y tu pasado? —r espondió Melvin con la misma pregunt a a Ivana.

—Y o no. Infancia y juventud normales; el resto ya lo sabes todo. Creo que me merezco saber quién eres, ¿o he de parecerme a esas personas que descubren que su pareja era un ladrón de bancos o un infiltrad o del FBI?

—I vana, por favor, no me obligues.

—Te exijo.

—T engo un capítulo que no creo qu e incluya.

—L éemelo.

LA MINA DE CARBÓN

Ca nadá, 1993

—M elvin, ¿de verdad te piensas que vas a salir de juerga con tus amigachos? Estoy muy harto de t i, niñato.

—P adre, te dije hace días que habíamos quedado. Cuentan con mi coche, bueno, co n el tuyo.

—¿ Encima ibas a cogerme el Cherokee?

—M e dijiste que sí. Hemos quedado con los de la universidad en Fr edericton.

Jonás, el padre de Melvin, había bebido en exceso, como cada día y, tras el horrible accidente en la mina Westray de Nueva Escocia, quedó trastocado y el alcohol empezó a ser su abrigo esencial.

Fue el nueve de mayo de 1992. Jonás trabajaba allí, y una explosión de me tano provocó veintiséis muertos en el yacimiento de carbón ubicado en Plymouth, su ciudad natal y también donde nació Melvin.

La mina fue cerrada de inmediato y Jonás se quedó sin trabajo y con un subsidio rid ículo .

Gracias a las cosechas de los terrenos de su mujer, Lorna, pagaban el alquiler y la universidad de Melvin, quien estudiaba medicina psiquiátrica en Fr edericton.