Expediente Serotonina Capítulo 28. Claridad #4
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Capítulo 28. Claridad #4

Cuando te conocí pensé: ¿qué mierdas pinta este canadiense en nuestros asuntos locales?

Pero, a medida que nos hemos adentrado en el submundo, desconocido para mí, de la neurociencia y la psiquiatría aplicada a los malditos, como tú los llamas, me has dado una visión curiosa sobre esos hijos de perra.

Tú los humanizas, los defiendes en cierta medida porque crees que sus crímenes no son culpa suya, sus homicidios, su tráfico de mujeres, drogas, adulteración de sustancias, robos, extorsiones, violaciones y podría seguir sin parar, pero ¿cómo puedes darles tanta cobertura?

Puedo entender a la ciencia, pero no entiendo que hayan matado a los míos, ¿lo comprendes?

Porque eso está hecho para herirme en lo más profundo, para destrozarme, para que la carga no sea más pesada, no, para que sea insoportable, como mi ser.

Ahora yo mismo soy insoportable, ya no me aguanto de pie y solo deseo cumplir con lo que me queda en esta vida: eliminar a esos negreros ricachones hijos de puta , y no pienso parar hasta conseguirlo.

Y lo haré yo. No deseo que se pudran en la cárcel, no, porque la justicia, y después de tantos años lo tengo clarísimo, es otra mierda.

Las sentencias son arbitrarias, la ley es un desastre, los jueces están comprados.

No, claro, ya sé que Gotham City era peor, pero es que no hay un maldito cerdo de los que yo he detenido, jugándome la vida y viendo cómo le ha abierto el buche a cualquiera, que no salga mucho antes de lo se ntenciado.

…Cuántas historias más… En fin, que he de aniquilarlos yo.

Esos tipos, a su edad, empezarán a esgrimir que tienen no sé qué enfermedad y no ingresarán en prisión, y tendrán arresto domiciliario en su supermansión.

Un cordero negro, como decimos en catalán (un bé negre), ni en broma, por eso no paso.

¿Viendo a esos tipos viviendo en sus casitas de lujo, habiendo matado a los míos?

No, Melvin, no. Tengo el mando de mi equipo y los ejecutaré, y a ser posible con sufrimiento.

Nada más. Quería que supieras, aunque ahora te lo parezca, que no estoy loco, simplemente dolido con el mundo, porque ser policía y que te maten a tu mujer y a tu hijo es muy jodido, y perdona que te hable así, direct o y claro.

—J aume estaba fatal. Se había desquiciado o descerebrado, realmente caso clínico de depresión postraumática con brotes de esqu izofrenia.

Ivana lloraba angust iosamente.

CARLOS MARTÍNEZ. BASADO EN LA DECLARACIÓN DE SUS PADRES

Ma taró, 2005

Carlos apenas tenía siete u ocho años y ya había estrenado dos motos: una de trial y más tarde una de enduro, evidentemente todas para niños de su edad.

Sus papás vivián en una preciosa casa en Sant Andreu de Llavaneras.

Eran una familia adinerada, por no decir muy rica, gracias a los ingenios del abuelo y al olfato para los negocios del padre de Carlos.

Era hijo único, su madre tuvo problemas en el parto y ya no le fue posible tener más, y eso le ayudó en lo que hoy está tan de moda como la sobreprotección de los hijos, y más de los únicos.

El chaval, a esa edad, lo tenía todo, hasta una cuenta bancaria que cualquier reponedor de un supermercado estándar soñaría con tener acumulado al final de su vid a laboral.

Pero el valor no era solamente el dinero, y el chico se convirtió, alrededor del año dos mil quince, en un rico y apuesto muchacho con una labia sorprendente, capaz de embaucar a muchas mujeres.

Sin embargo, se aburría de las chicas: las consideraba a todas sosas y carentes de ganas de aventura.

Sus padres nunca supieron que había probado, a sus veintitantos, todas las drogas posibles que no fueran inyectables, acudido a todas las fiestas sexuales con orgías de todo tipo, y hecho los viajes más exóticos y extravagantes.

Y aun así, nada era suficiente. Carlos quería más y más y no se c onformaba.

El niño mimado era un adicto a la cocaína, y sus padres no se percataban.

El dinero fluía y todo valía, pero era aburrido, más que eso, y la vida estaba para exprimirla a tope.

Y decidió probar algo que sus padres sí descubrieron, ya que tuvieron que ir a rescatarlo a Paraguay, donde estaba en un supuesto viaje de placer con sus amigotes.

Pero la realidad fue bien distinta: en ese país se podían encontrar sensaciones diferentes; una agencia de viajes clandestina infiltraba a turistas, que pagaban un dineral, en el ejército del país ameri cano para ir en busca de guerrilleros del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), con el único objetivo de aniquilarlos.

Es decir, era una aventura para ir a matar personas.

El rescate de los padres fue un problema de aún más dinero: poder sacar al niño de una mazmorra en plena selva, secuestrado por esos gue rrilleros.

Pero quedaban emociones por vivir. La última moda que le apetecía y que lo enloquecía, gracias a las noticias de las manadas que se habían prodigado por España en los últimos años, era violar a una chica para saber lo que se sentía y ver cómo ella sufría. Nada más y n ada menos.

—¿ Al final los ricachones tienen demasiado?

¿El exceso los lleva a pasarse de vueltas?

Es habitual que los más ricos sean los que consuman más estupefacientes.

Fíjate cuántos músicos famosos que lo tienen todo acaban fatal y cómo escribió Brett Anderson en plena confesión biográfica: «con el suelo de mi estancia lleno de papel de aluminio y cuberterías de plata quemadas».

—L os ricos tampoco son culpables de ser ricos.

—M uchos lo desean hasta que lo consiguen. El dinero es su única ambición y, con una buena posición, se arregla casi todo.

—¿ T ienes más?

—S í, tengo la historia más apabullante de todas. Hasta yo me e stremezco.

LA RUBIA. CONFESIÓN DE RICARD RIUbrUGENT ANTES DE MORIR

Corría el año 1979. Margarida y Tomeu habían tomado la decisión de adoptar a un hijo diez años antes, dada la imposibilidad de poder tener más.

Habían sido padres, 1963, de Carla, pero en ese parto las trompas de Falopio de Margarida quedaron obstruidas, impidiendo nuevos embarazos.

Tomeu era un empresario turístico pionero en Mallorca; junto con sus her manos llevaba abiertos unos cuantos hoteles para viajeros en la isla, y el incipiente negocio era observado por todos los sectores y por los políticos.

Algunos visionarios como Tomeu coincidían en que el futuro era imparable p ara ellos.

Los trámites de adopción los llevaron con discreción. Eran momentos difíciles para encontrar bebés sanos y de buena familia, así que, con las influencias que empezaba a tener, pudieron acceder a una lista de espera de bebés de « alta calidad » .

Años más tarde supieron que Marga, su hija adoptada, era uno de los bebés robados de finales de los sesenta, algo que intentaron ocultarle, pero que años después ella descubrió por sí misma.

Carla era seis años mayor que Marga y supo perfectamente que su hermana era adoptada, y se lo echaba en cara constantemente.

Marga siempre supo medir las diferencias de estimación de sus padres para con su auténtica hija y para con la adoptada.

Tomeu y Margarida siempre lo negaban e intentaban di simularlo.

—T engo catorce años y me gustaría que me explicaseis quiénes son m is padres.

—N o lo sabemos, Marga, nunca nos lo dijeron. En aquellos años había mucho secretismo. Solo rellenamos unos papeles, hicimos el pago correspondiente y nos dieron tu ficha.

—C omo si fuera un animal para s acrificar.

—M arga, por favor, nosotros…

—¿ Podríamos ir al hospital donde me re cogisteis?

Cuando Marga visitó el hospital, les negaron a ella y a sus padres adoptivos cualquier tipo de información. Marga vivió hasta los dieciocho con esa angustia y la duda permanente de saber quién era ella, y jactarse de la desigualdad de trato con su herm ana mayor.

—C arla, ¿vamos juntas a Portocolom? ¿Me acompañas? Hay fie sta mayor.

—¿ Te piensas que a mis padres les gustará que vayas sin mí? Porque yo no te pienso escudar, renacuajo.

Marga estaba desde los ocho años, y aún a sus catorce, harta de su hermana. No solamente no había pasado del amor, que nunca había existido, al odio, sino que alcanzaba la repulsa y el desprecio.

—E res una mala hermana y les voy a decir a los p apis que fumas esas cosas en tu habitación y que te metes entre las piernas los tapones del de sodorante.

—P uto asco de niñata, como te vayas de la lengua te encierro en el só tano y no sales en dos días —c ontestaba amenaza nte Carla.

Con catorce años, Marga era ya una mujer desarrollada, y su cuerpo estaba más fornido que el de Carla. Sus padres siempre murmuraban que la musculatura de Marga no se correspondía con su edad y que quizás la edad de adopción era superior a la de la partida de n acimiento.

Carla decidió estudiar la carrera universitaria en Palma.

Deseaba estar en casa para seguir siendo la niña mimada y continuar con su deporte favorito: hostigar continuamente a Marga, quien todavía estaba en EGB y no dejaba de sentirse arrinconada, maltratada, en conclusión, una adoptada de segu nda clase.

Pero la mortificación recibida de su familia durante años y años provocó lo inesperado.

Corría el año en que cumplía dieciocho años, 1988, cuando ya tenía pensado ir a estudiar Químicas a Barcelona, con el beneplácito de sus progenitores, quienes habían accedido a un programa de becas gracias a las cualificaciones de su hija adoptiva.

—C arla, puedes venir un momento —l e dijo Marga, que estaba en el jardín de la casa de sus padres de Por tals Nous.

—¿ Qué quiere s, pesada?

—M ira qué he e ncontrado.

En su parcela tenían una pisc ina rebosante con vistas infinitas al horizonte y Marga se había comprado un cisne flotante de c olor rosa.

—M ira, hermana, qué pr eciosidad.

—E res una cursi, pero mira, lo voy a probar, te ngo calor.