Expediente Serotonina Capítulo 28. Claridad #3
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Capítulo 28. Claridad #3

El general Simón salió a recibir a Javier y a los infantes Umbert con cara de agradecimiento y satisfacción. Nunca hubiera imaginado que podría vivir y trabajar en un lugar tan maravilloso y perfectamente equipado.

En el jardín principal, con su cañón mirando a Barcelona, estaba estacionado un tanque Renault FT-17 y Félix corrió a tocarlo.

Se encaramó en el carro de combate como un chimpancé, pero un soldado que lo vio corrió tras el chico y recibió un grito del general, quien ordenó que les hiciesen a los chavales una ruta turística por el tanque y después por los al rededores.

—P apá, ¿puedo ir a la bodega y a las cuadras? ¡He escuchado tanto de la bodega! —dijo Félix.

—N o, ahí no puedes ir, muchacho. Tenemos almacenadas las armas —d ijo e l general.

—P apá, quiero verlo —d ijo Félix con voz entre exigente y llorona.

—T e ha dicho el general que no. Es peligroso.

—V aya asco —d ijo el muchacho.

Javier caminó rápidamente hacia su hijo y le giró la cara con el revés de la mano derecha, en la que portaba un grueso anillo de oro.

Sus her manos apenas se inmutaron; era una escena habitual.

El chico se quedó inmóvil, con la cara enrojecida pero alta y con talante petulante, tal y como lo habían adoctrinado.

Pero el chaval era de armas tomar y a su padre, en ocasiones, le gustaba que fuese así.

En cuanto Félix tuvo la oportunidad, se escabulló de los adultos y de sus her manos , dirigiéndose a la bodega por la parte de atrás.

Los soldados estaban tan distraídos todavía mirando el His pano -Suiza que ninguno lo vio correr a sus espaldas.

Félix oyó sollozos y gemidos en el silo.

Corrió y vio que la puerta estaba entreabierta; al asomarse, se encontró con una estancia con una cuadra enorme, o así recordaba que se lo habían explicado.

Contempló todo el recinto: este estaba repleto de celdas de hierro en lugar de barricas de vino y uva almacenada, y había decenas de hombres dentro; se coló poco a poco y tras él cerró la puerta para que no entrase demasiada luz para no delatarse.

En el pasillo central de la bodega había dos soldados con los pantalones bajados mientras sodomizaban a un hombre de mediana edad.

A Félix, que estaba oculto tras una carro de tiro, se le paró la respiración, y sin querer lanzó una sonora exclamación.

Los dos soldados se dieron media vuelta, se subieron los pantalones y empezaron a perseguir al muchacho para darle una lección.

Al verlo y reconocer quién era, tuvieron que frenar sus impulsos.

—¿ Qué, chico?, ¿la has hincado a lguna vez?

—E res un retorcido demente, ¡es una criatura! —l e contestó el otr o soldado.

—Q ué coño un crío. Ya verás como es un hombretón.

—¿ Quieres probar un poc o de vino?

—D eja al chico, que es el hijo del dueñ o de esto.

—¿ Te gusta disparar?

—S í —d ijo Félix temblando.

—¿ Lo ves, idiota? Al chaval le gusta disparar.

El soldado se acabó de subir los pantalones, cogió a Félix por el hombro y lo paseó por las celdas, enseñándole a los presos.

Hombres escuálidos, sucios y prácticamente medio muertos por la falta de alimentación y de higiene.

Las heces se amontonaban en un rincón de las celdas abarrotadas de vivos y también de algunos cadáveres.

Cuando se acumulaban demasiados cuerpos, los sacaban al patio trasero para que se alimentasen los perros salvajes, los aguiluchos y otros carroñeros a utóctonos.

—¿ Cuál huele peor, chico? —p reguntó el soldado bajit o—. ¿Cuál te da más rabia? Piensa que estos liquidaron quizás a tu abuelo, o a tu tío, o a tu her mano … Dime, ¿a quién quie res matar?

Félix empezó a temblar de verdad. Quería salir corriendo, pero sus piernas no reaccionaban y él no era ni intrépido ni valiente. Así que intentó aguantarse las lágrimas y hacer lo que l e dijeran.

—¿ Este con cara de judío te gusta?

El chaval vio a un hombre calvo, delgadísimo, con la nariz larga y aguileña y dos pequeños ojos negros hundidos en su s órbitas.

—V enga, sácalo , Higinio.

El otro soldado, Higinio, se metió en la celda en busca de la presa. El resto de los presos empezó a gritar cosas como: «Muchacho, no», «No lo hagas, chico», «Por favor, señorito, no lo haga». Félix estaba absorto en sus pensamientos y el soldado le puso en las manos una Wal ther P-38.

Higinio sacó al preso, le ató las manos y lo puso de rodillas en el suelo, al lado del otro hombre desnudo que yacía allí. El preso no dijo nada. El soldado que mandaba más cogió la mano de Félix Umbert y puso la pist ola en la cabeza del preso.

—V enga, muchacho, dispara por España, por Franco. Este tipo seguro que mató a tu abuelo —g ritaba riendo e l soldado.

Félix vio los ojos de aquel hombre, que suplicaba con la mirada la salvación de su vida, pero Félix deseaba, en esos momentos, hacerlo por todos esos crímenes que los republi canos habían cometido, tal y como le explicaba a menudo el chófer de su padre.

Aun así, le faltaba valor, como muchas veces le decía su padre.

«¿Félix, te faltan huevos o qué?», le retumbó esa frase en la cabeza.

En ese instante entraron en el granero su padre, sus her manos y el general.

Félix se dio media vuelta, miró a su padre, a su hermana Anita y a Narcís, hinchó el pecho como un pollo y, gritando junto al resto de presos, disparó, reventando la cabeza del republi cano , que cayó desplomado hacia delante, encima de sus pies.

Su padre corrió hasta el muchacho, lo cogió y lo abrazó fu ertemente.

—P apá, papá, ¿has visto? He matado a un republi cano asqueroso —d ijo el muchacho, señalando al muerto que yacía a sus pies.

—A sesinos, cerdos, malditos fascistas, hijos de puta … —g ritaban los presos sin demasiada s fuerzas.

—P apá, papá —l loraban Anita y Narcís, quienes gritaban de terror y nervios.

Su padre se acercó a ellos, los abofeteó y los man dó callar.

El general, viendo que Javier Umbert tenía a su prole controlada, desenfundó su pist ola y empezó a disparar a los presos.

Félix, al verlo, cayó de rodillas al suelo llorando y gritando, esta vez por la escena de horror que estaba viviendo y en la que él había sido partícipe, un chaval de doce años.

Fue una escena terrible de pánico, en la que los tres her manos quedaron traumatizados y marcados.

—V osotros dos ya podéis recoger toda esta bazofia. La habéis liado bien liada; luego ya hablaremos —d ijo e l militar.

Javier le pidió al general que le dejase telefonear a su casa de Barcelona para avisar de que no irían a dormir. Sus hijos y él mismo dormirían allí para compartir la vida con los mandos y soldados que habitaban el lugar. Pretendía que sus hijos aprendiesen de qué ib a la vida.

—F élix, eres un machote. Anita y Narcís, me habéis decepcionado. Qué poca entereza, pero ya iréis aprendiend o conmigo.

Anita y Narcís lloraron desconsoladamente toda la noche, deseando volver a casa y no estar allí con esa mezcla de olor a muerto y pólvora.

—¿Qué tal?

—H ay cosas que me extrañan. Que no les haya ido peor a esos tres, a pesar de que ya no hay nada que hacer por ellos.

Pero si a mí, con ocho años, mi padre me hubiera organizado esa excursión, creo que hubiese tenido un trauma de caballo que no habría superado nunca.

La entereza de esa mujer para mantener ese legado es de admirar.

Que sea una manipuladora asesina es nauseabundo, pero quizás comprensible, ¿n o, Melvin?

—E x actamente.

—A hora escucha. Te leo esta transcripción de la grabación más triste que he escuchado en mi vida. He llorado cada vez que lo he escuchado .

AUDIOS DEL PENDRIVE ENTREGADO A BALDRET Y ESTE A MI POR JAUME ALBERTÍ

Amigo Melvin, los dos sabemos que cuando me regalaste La insoportable levedad del ser lo hiciste para que Kundera curara mis heridas, pero, como siempre, todo depende del color con que se mire, porque ¿cómo interpretas su frase?

: «Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdad era será».

He vivido con demasiada sangre a mi alrededor, he derramado un exceso de lágrimas por gente que desconocía, he sido violento en desproporción con quien merecía justicia real y no recibir mis malos tratos, y lo peor es que he sido imbécil porque me equivoqué de profesión.

Pensaba que era más fuerte de lo que soy, que podría con esto y que, a pesar de ser de los primeros de mi promoción, tenía pasta de policía.

Mi cerebro es mío y tú me conoces bastante.

Tengo muchas carencias, excesivas, y soy más imperfecto de lo que podríamos denominar una media dentro del sentido común, porque soy demasiado sensible.

Me falta madera como la de Harry el Sucio y me falla el temple.

Tengo ese brote de agresividad de la floja, no de la audaz, y eso me delata.