Capítulo 28. Claridad #2
A la edad de catorce años, en plena pubertad y con todas las hormonas en efervescencia, la chica de servicio que tenían en casa, —u na andaluza de unos veinte años, una morenita y de buen ver con quien se masturbaba día sí y día también mientras la espiaba desde la mirilla del lavabo o a través de la puerta entreabierta de su habitació n—s e le insinuó abiertamente un buen día.
Ella sabía perfectamente que Jorge, aparte de voyeur , era un pajillero de tomo y lomo, así que decidió entrar a matar.
Le pidió, a cambio de entrar en el mundo del sexo por la puerta grande, dinero y cada vez más dinero.
Jorge estaba totalmente enviciado, y no tenía acceso fácil al efectivo de su padre, así que tuvo que empezar a manipular las cuentas de sus progenitores falsificándolas, añadiendo gastos ficticios a su madre para que obtuviera más billetes de los de cinco mil para la compra y los gastos de la casa y así poder seguir disfrutando del placer con aquella increíble muchacha.
Pero llegó el día que ella le pidió una cantidad a la que él difícilmente podía acceder.
Cinco millones de pesetas, del año 1979.
—¿ Manuela, como quieres que yo co nsiga eso?
—T ú mismo, lo necesito. Esto se acaba. Mi madre está muy enferma, y me tengo que ir para el pueblo.
—¡¡¡ No!!!
Jorge se olía algo. Escudriñó entre las pertenencias de Manuela mientras ella cocinaba y encontró una carta de un tal Elisardo en la que le describía ese futuro idílico que les esperaba, viviendo juntos en el pueblo, ricos, felices y libres.
—¿ Me dejas por otro?
—N o, pero mi madre me necesita.
—¿ Y e sta carta?
Ella se quedó atónita. No sabía cómo reaccionar. Fue a abrazarlo, pero él se la sacó de encima.
—E res joven, Jorge, tendrás mi l mujeres.
Jorge, loco de amor por aquella chica, supo que eso no tenía vuelta atrás. Incluso había pensado en matarla, pero le faltaba valor. Obvió esa tremenda idea y decidió cortar por lo sano y decirle a ella que no había m ás dinero.
Manuela dejó de hacerle favores sexuales y él volvió a las andadas con sus juegos individuales, practicándolos delante de ella sin ruborizarse.
Y llegó el día en que apareció el novio en su casa para buscarla desde el pueblo y pasar unos días juntos.
Jorge enloqueció. Planeó la muerte de ambos, pensando en buscarse la vida para encontrar un veneno que no dejara pist as, pero, entre recapacitaciones y la falta de agallas para hacerlo, dejó en suspensión esos asesinatos, aunque se le pasó por la cabeza pelearse con Elisardo, armándose con una buena navaja para superar la capacidad muscular de su adversario.
Estaba necesitado de hacérselo pasar mal a Manuela y compañía.
Deseaba con todos sus impulsos hacer daño.
Estaba despechado y descorazonado, así que ideó un plan para dejarlos fuera de juego para siempre.
Del amor al odio realmente hay un paso, pensó, y así simuló que Manuela y Elisardo habían robado las joyas más preciadas de su madre.
Todo concebido al milímetro, sin fallos.
Su madre acabó denunciándolos a la policía.
Manuela y Elisardo pasaron a disposición judicial y fueron sentenciados, encarcelados y separados durante unos cuantos años.
Jorge decidió años después visitar a Manuela, yendo a la prisión ubicada cerca de su pueblo.
—H ola , Manuela.
—H ijo de puta , confiesa y acaba con esto. Llevo siete años aquí encerrada.
—M e engañaste y la traició n se paga.
—E ras un niñato y yo, tu juguete, pero la putita tenía novio y no pudiste s oportarlo.
—T e propongo un trato.
Ella se quedó inmóvil, sin decir nada y mirándolo fijamente con car a de odio.
—T e saco de aquí y trabajarás para mí. Todavía estás de buen ver y, recauchutándote un poco, te sacaremo s partido.
—¿ Sacaremo s partido?
—S erás una escor t de lujo.
—Estás loco.
—L ibertad en un piso que te pondré, que será tu oficina, y para que retozemos cuando yo lo necesite.
Ella se levantó y le dejó clavadas sus largas uñas en la cara, rasgándole toda su faz, con ocho heridas bastante profundas y de dos centímetros de largo cada una.
—A hora sí que te he marcado para toda la vida —dijo ella.
Mientras él gritaba de dolor, fue capaz de armar su puño y noquearla de abajo arriba, golpeándole la mandíbula y quebrándole el foramen menton iano , con tan mala suerte que el hueso fracturado se desplazó con mucha fuerza y velocidad hasta la carótida, seccionándola.
Manuela se desangraba. Los guardias, al ver la escena, cogieron a Manuela y se la llevaron como pudieron hacia la enfermería, dejando un reguero de sangre tras de sí.
Nández vomitó primero; después lloró desconsoladamente en la celda y quedó realmente afectado, no porque lo investigaran por asesinato, sino porque había matado al amor de su vida. Nunca más amó a nadie como a Manuela.
—¿ Y este es el más flojito? No sé si aguantaré el segundo —dijo Ivana.
—E l segundo relato es el de la infancia de los her manos Umbert, un momento clave para sus vidas. Yo creo que sufrieron trastornos de personalidad, narcisismo y varios traumas psíquicos debido a sus vivencias.
FÉLIX, ANITA Y NARCÍS. BASADO EN LA CONFESIÓN DE FÉLIX ANTES DE LO SUCEDIDO. GRABACIÓN DEL MÓVIL DE ALBERTÍ
Barcelona, ene ro de 1944
Javier, el padre de Félix, Anita y Narcís, fue hijo único de la saga de los Umbert Recio.
Sus primos eran todos unos vividores y gastaban el patrimonio que les había correspondido con la herencia inmobiliaria, que se fueron vendiendo, más rápido que despacio, y la mayoría de esos bienes al propio Javier, quien compró mediante ofertas a la baja y con cierta presión por su capacidad negociadora y coaccionante.
El padre de ellos tres, Javier, era listo, muy avispado, pero un hombre sin escrúpulos ni miramientos, al igual que su abuelo Evaristo Umbert, que consiguió lo que se propuso pasando por encima de qu ien fuese.
Javier estuvo jugando durante la guerra civil española con los dos bandos y siempre apostaba al caballo ganador, según el momento y según su interés personal.
Durante esos años beligerantes cedió La Final al Gobierno sueco, que albergó a una colonia de niños de toda la península que se vieron perjudicados por los bombardeos del ejército de Franco.
Varios voluntarios de Suecia llegaron a diversas poblaciones del Maresme, entre ellas Teià , y Javier Umbert prestó su enorme casa para amparar a esos infantes sin familia ni hogar.
En el momento de la entrada de los nacionales en Barcelona, cambió de opinión y de bando, desalojó forzosamente y sin arrepentimiento ni dolor a los suecos y a los niños, quienes fueron enviados a Madrid.
Se supo años más tarde que muchos de los menores acabaron picando piedra en el Valle de los Caídos con un ulterior destino fatal.
La familia Umbert accedió a los deseos del general Simón Marrón, jefe del cuerpo invasor de Catalunya en 1939, quien buscaba una gran mansión cerca de la costa y de Barcelona para instalar a sus mandos.
Sobre todo, deseaba que sus militares de alto rango tuviesen un lugar de descanso y relax tras la dura y larga batalla.
Asimismo, les serviría de puesto de control y vigilancia para perseguir a los rebeldes rojos que todavía quedaban dispersos por la zona y que se resistían a adherirse a l régimen.
Javier Umbert vio la posibilidad de volver a hacer negocio y ofreció su castillo a la milicia nacional española por motivos pecuniarios.
No reclamó renta alguna de entrada, pero sabía que habría otras posibilidades más adelante.
El general pidió alojamiento, comida y féminas para sus oficiales, quienes se hospedaron durante cinco años en La Final a cuerpo de rey, con todo lo que uno podía necesitar y desear durante aquello s tiempos.
Félix, con doce años, ya empezaba a ser un hombrecito, y sus her manos , Anita con diez y Narcís con ocho, estaban recibiendo una educación severa y excesivamente realista de sus padres.
Eran los últimos días de la estancia de esos militares en el castillo de la familia y Javier se llevó a los niños a La Final para que vieran la cotidianidad de la vida castrense tras la guerra.
Era una fecha de enero, pero soleada; el termómetro, a las doce del mediodía, alcanzaba once grados centígrados y el mar, que se visualizaba desde todo el castillo, se hallaba en calma.
Los tres hermanitos estaban en parte ilusionados, en parte temerosos; su vida solamente transcurría entre su casa de Barcelona, la escuela y poco más.
Sus padres decidieron que, a pesar de los ataques aéreos, la mejor opción fue vivir en Barcelona, ya que su casa de Sarrià tenía un búnker subterráneo a prueba de b ombardeos.
Tras la guerra, el estatus social y económico de la familia Umbert era bienestante, consiguiendo que sus hijos apenas sintiesen los efectos de la posguerra, no como la percibía la mayoría de la sociedad, que pasaba auténticas penurias.
Quien les daba una pátina de realidad a los chavales era Ramiro, el chófer salmantino de su padre, que cada día los llevaba al colegio.
En ese trayecto les explicaba algunas batallitas con ciertos matices favorables al bando nacional.
Por ello, cuando supieron que iban a ver a los soldados buenos, les entró la curiosidad por conocer muchos detalles de las armas, de cómo habían vencido y de cómo habían sucumbido los enemigos.
La entrada de La Final apenas tenía vegetación y ambos lados del camino estaban llenos de banderas españolas, con el águila de San Juan bordada en el centro de la franja gualda.
El His pano -Suiza H6B « Xenia » de su padre se detuvo ante la verja de acceso, donde dos soldados con sus fusiles de asalto custodiaban la puerta del castillo.
Tras identificarse, el impresionante veh ículo avanzó hasta la entrada principal, dejando boquiabiertos a todos los militares que ocupaban las umbrías de l a mansión.