Expediente Serotonina Capítulo 28. Claridad
87%

Capítulo 28. Claridad

Todo el cuerpo de policía de los Mossos d’Esquadra estaba absolutamente conmocionado por la noticia de Jaume Albertí.

Un policía ejemplar que no pudo superar el inmenso dolor que lo consumía, habiendo encontrado en la venganza su único propósito objetivo en sus últimos días.

Melvin, con su alma canadiense, fría como un iceberg, estaba absolutamente desgarrado; lloraba en el despacho de Bustenga tratando de explicar, aunque con dificultades para hablar entre sollozos, el porqué de ese desenlace ta n radical.

—N os adiestran para ser policías, para ser fuertes, duros, y ciertamente Jaume pasó por un momento cruelísimo, pero quitarse la vida es una cobardía —d ecía el jefe de Jaume.

Melvin, incapaz de contener las lágrimas, enjugó sus ojos con la manga de su chaqueta antes de responder:

—M ayor, con todo el respeto, creo que estamos mirando esto desde un prisma equivocado. No fue una cobardía. Fue… —M elvin hizo una pausa, buscando las palabras adecuada s— un acto de desesperación absoluta. Cuando pierdes todo lo que amas y todo lo que te define, ¿ qué queda?

Bustenga se inclinó hacia adelante, interesado en la perspectiva de Peaks.

—¿ Cree que lo entiend e, doctor?

—N o puedo pretender comprender completamente su dolor. Pero puedo decirle esto: Jaume no se quitó la vida porque fuera débil. Lo hizo porque creía que su historia ya estaba escrita. Y en su mente, esa historia solo podía terminar de u na manera.

El jefe de policía asintió lentamente, reflexionando sobre las palabras de Melvin.

—E ra un hombre íntegro y querido por todos. Su pérdida es un golpe para todos nosotros. Pero, a pesar de las tragedias, hemos logrado mucho. Los culpables están en la cárcel, pendientes de juicio: Marga, Nández, Porta, Paco y los Umbert q ue quedan.

Bustenga hizo una pausa antes de añadir:

—P or cierto, Peaks, Baldret le ha entregado un pendrive de Jaume. ¿Qué contiene?

—E s un legado, mayor. Archivos de audio con sus reflexiones finales, que van a ser una columna vertebral para mi libro. También incluye la grabación de su última confrontación con los Umbert en el búnker. Es al go… único.

—N ecesitaremos una copi a, doctor.

—S e la hago llegar. Antes he de procesarlo y acabar de leer unas últimas notas biográficas de algunos protagonistas y sacar mis conclusiones. Así que en unas semanas tendré el li bro listo.

Melvin había ido recopilando todas las historias de cada uno de los personajes de su investigación.

Quería leerlas, releerlas y escucharlas para sacar, a partir de los comportamientos en el pasado, las conclusiones científicas, pero pensó que, si también incluía en su libro esas confesiones y relatos, sus lectores entenderían, como él, a sus queridos malvados.

Así que, como Ivana ya había regresado de esa competición, decidió que ella sería su sparring , la primera en leer todo lo explicado por otros y escrito por él mismo.

—Q uerida, ¿con quién quieres empezar? Tengo cada historia preparada, lista para una lectura minuciosa —l e dijo Melvin con un gesto amabl e—. Querida, ¿qué personaje te apetec e primero?

—T ómalo con calma, Melvin. Dame la historia más ligera primero, no vaya a ser que me caiga desmayada antes de llegar al final —r espondió Ivana, con una sonrisa de co mplicidad.

El primer cuaderno que le dio a leer fue el de Nández.

—E mpezaremos suave, Nández. Este hombre, bajo mi opinión, sufrió un trastorno de estrés postraumático con consecuencias desencadenantes a posteriori en un síndrome de Hubris o adicción al poder, y la crematomanía o adicción al dinero. Ya me dices qué te parece.

NÁNDEZ. RELATO DEL PROPIO PROTAGONISTA EN PRISIÓN

Barcelona, abr il de 1996

Jorge Nández estaba feliz. Se había gestado, gracias a su intervención, uno de los pactos políticos más rocambolescos de los últimos años: la derecha española había pactado con los nacionalistas catalanes, vascos y canarios para que España abandonara la época socialista, que había dejado al Estado como un solar, con más parados que nunca y con una crisis económica y financiera galopante.

Los liberales se unieron para tomar el mando, no sin prendas a cambio para las históricas nacionalidades, esencialmente económicas y fiscales.

La intervención del famoso empresario e intermediario, llamado coloquialmente en los cí rculos privados Gu sano , por su habilidad para meterla donde era difícil entrar, fue crucial.

Las fiestas que organizó con los equipos negociadores de todos los bandos fueron discretas, pero no por ello menos divertidas, por decirlo suavemente.

Se llevó una buena tajada por parte de los populares que lo contrataron esta vez, por frotarles las espaldas y otras partes a los que tenían que ser sus socios de legislatura.

Jorge, con los años, había aprendido el oficio de forma e spontánea.

Barce lona, 1986

—P reciosa, ¿quieres entrar conmigo en e l Up simplemente con ayudar a otros a conseguir lo que querían, est aba hecho.

Era de buena familia, aparentemente, ya que vivían en una zona privilegiada de Barcelona, pero sus padres estaban todo el día como el perro y el gato; el padre de Jorge tenía el terrible vicio del juego, se pasaba horas en el bingo y echando monedas en las tragaperras del bar de abajo.

Su madre era conocedora y aguantaba estoicamente, porque no podía levantar la voz o le caía la bronca terrible; nunca un guantazo, pero violencia psicológica a raudales.

El día crucial fue cuando un amigo de Jorge, un compañero de clase, un chico macizo y muy agraciado, se encaprichó de su madre y acabó liándose con ella, y la diferencia de edad entre ambos era de más de veinte años.

Jorge los descubrió un día retozando en el coche de mamá, en el parking de su casa, y pensó en decírselo a su padre, pero prefirió cha ntajearla.

Empezó ya de niño siendo el rey del cambio de cromos en el colegio, para luego conseguir tener en sus manos , antes que nadie, los enunciados de los exámenes, vendiéndolos a los mejores postores.

Los intercambiaba o bien por dinero o por regalos variados, como ir al palco del Barça o ser invitado especial en segundas residencias de los padres de sus amigos.

Y todo ello con la obsesión de conocer a más gente importante y adinerada para introducirse poco a poco en esos cí rculos sin ser ni importante ni rico.

Un día, en el palco del Camp Nou, intimó con varios hijos de directivos del club y consiguió ser invitado a Menorca, Costa Brava y Costa del Sol por los padres de sus « clientes » .

Era tan adulador y encantador que las madres de sus « amigos » llamaban a los padres de Jorge para explicarles lo maravilloso que era su hijo y lo amigos que se habían hecho con el suyo.

Por supuesto, Jorge Nández disfrutaba porque mezclarse con esas clases sociales le ofrecía nuevas oportunidades para relacionarse con más personas acaudaladas, y alguno de ellos, los que necesitarían de su ayuda, acabarían siendo sus clientes.

Pero cuando realmente vio que el mundo se le abría fue con los favores empresariales, poniendo en contacto a varias personas y empresas, y organizando ya para los más degenerados fiestas de todo tipo, con mucho de todo lo que los clientes deseaban encontrar y probar.

—¿ Jor ge Nández?

—S í, ¿quién me llama?

—M ira, soy el padre de Susana, Susa na Castro.

—B uenos días, señ or Castro.

—Y o conocí a tu abuelo, un gran empresario. Hizo una labor admirable…

—U n gr an hombre.

—P ues sí. Perdona que te llame sin conocernos, pero necesito u n empujón.

—¿ Qué se le ofrece?

—M i hija quiere entrar como presentadora en TV9 y no hay forma de co nseguirlo.

—N o va a ser fácil y costará dinero, bastan te dinero.

—N o tenemos problemas de ese tipo.

—L e digo algo. Hágame llegar el currículum de Susana.

Jorge, horas más tarde, llamó al director gener al de TV9.

—¿ Es mon a la niña?

—Un bombón.

—V ale, pues que venga a verme mañana a los estudios y, ya sabes, que venga bien limpita, como a mí me gustan los chochitos. Ah, y diez gramitos para pasar la semana.

Susana fue a los estudios y sus ansias no se vieron frustradas a pesar del aspecto del director general de TV9, una persona con sobrepeso y exceso de pelo por todas partes.

Ella, que no era estúpida y conocía cómo funcionaba ese mundo, ya sabía a lo que iba, y trabajó de lo lindo aquella y otras tantas veces para ir escalando puestos en la cadena hasta llegar a ser la presentadora del programa del corazón de máxima audiencia, una auténtica telebasura, pero que generaba muchísimos ingresos para la cadena; cotillear acerca de estupideces de gente imbécil, que se habían convertido en famosos y en títeres de la cadena por fama y dinero.

Jorge estaba satisfecho con lo que conseguía, dado que consideraba que hacía feliz a la gente gracias a sus habilidades, a esa falta de escrúpulos adquirida durante años, e incluso también a lo que él calificaba como maldad de la buena, la que le generaba cuantiosos honorarios a pesar de que los individuos que utilizaban sus servicios se fueran pudriendo.