Capítulo 27. Sentencia #2
—N o tienes nada contra mí —m urmuró Porta, con un tono desafiante que apenas ocultaba su ne rviosismo.
Jaume iba con Pere Baldret en el coche y conducía por la C-32 dirección al municipi o de Teià.
—T ienes menos de veinte minutos para decirme dónde están esos tres. Tus delitos pueden ser más o pueden quedarse en nada. Tú decides —d ijo Jaume, sin apartar la vista de la carretera.
El abogado estaba cabizbajo, sin articular palabra y ladeando la cabeza de un costa do a otro.
—A bogado, ¿quieres irte al trullo veintitantos años por culpa de esos viejos a los que les queda menos y nada de vida? —d ijo Baldret, poniéndole la mano sobre el hombro y con la otra sosteniendo s u pistola.
Porta tragó saliva antes de responder:
—E starán seguramente en su búnker —confesó.
—¿ En La Final? —p reguntó Jaume, con un tono que no admi tía dudas.
—S í.
—¿ Hay mucha seguridad?
—E n los simulacros se iba todo el mundo para dejar la casa desierta, como si estuvier a cerrada.
El Polestar de Albertí llevaba la sirena encendida y Jaume conducía por el carril izquierdo a toda velocidad, dirigiéndose a esa mansión de los Umbert.
Al salir de la aut opist a apagaron la alarma policial azul y, pocos minutos después, al llegar al desvío que daba a la entrada de la casa, se encontraron con la verja cerrada.
Jaume sacó un arma automática y la reventó.
Entraron en la finca y Eugeni los dirigió hasta la entrada secreta del búnker, ubicada en el bosque.
Era una puerta camuflada entre rocas y árboles que parecía inaccesible, pero Eugeni sabía dónde estaba el teclado de urgencia, escondido, encastado en una falsa roca. Lo accionó y la puerta se abrió.
—P ere, dale esto a Melvin por si pasa algo, voy solo. Y dentro voy a grabar en mi móvil toda la conversación para tener más pruebas —d ijo Jaume, entregándole a Baldret un pendrive .
—N o puedes, vo y contigo.
—E s una orden. Quédate con el abogado. Voy a necesitar media hora para hablar con esos des graciados.
—N o me jod as, Jaume.
Baldret quería desobedecer, pero sabía que no podía, así que avisó a la central de lo que Albertí le había ordenado y reclamó ayuda.
Jaume entró solo, con la grabadora encendida y bien armado, por un túnel oscuro que lo condujo hasta otra puerta.
La tiró al suelo con varios disparos. Estaba desenfrenado, con absoluta sed de venganza.
Cambió el cargador de su arma y, al entrar, oyó los gritos de los her manos , a quienes encontró de pie y con sendas escopetas en las manos.
—V amos a calmarnos —d ijo Jaume, con una voz que era todo menos con ciliadora.
—E sto es un allanamiento —p rotestó Félix, con un tono que intentaba sonar firme, pero que traicionaba su miedo.
—A callarse, coño. Sentaos, y tirad las putas armas o aquí se a caba todo.
Los Umbert dejaron las armas al igual que Albertí dejó la suya encima de la mesa redonda alrededor de la que se sentaron l os cuatro.
—A ver, Félix, empieza tú. ¿Trata de blancas? ¿Tráfico de negras? Luego seguirás tú, Anita, explicando lo del Veyron, y tú, Narcís, me vas a contar lo de m i familia.
Los tres hablaron gritando a la vez, protestando, exigiendo justicia, hasta que Jaume disparó al techo con una pist ola que desenfundó de su c artuchera.
—¿ De qué va esto, polizonte? —p reguntó Narcís, intentando mantener la c ompostura.
—D e hablar o morir. Me da igual todo. ¿Lo entiendes?
—A mí también. Si tienes pelotas, dispara —r espondió Narcís, con un tono desafiante que no convencí a a nadie.
Albertí apuntó a la cabeza de Anita y apretó suavemente el gatillo. La pist ola hizo un pequeño sonido, señal de que la bala estaba en la recámara a punto de salir despedida.
—D eja el arma o no hablamos —g ritó Anita con un temblor apenas perceptible en la voz.
Jaume puso el play de su grabadora digital.
Empezó Félix confesando en un largo relato su infancia, los orígenes de su odio y lo ya sabido: que su bisabuelo fue uno de los principales negreros del Maresme del siglo XIX y que él había traído a alguna chica de vez en cuando, máximo cinco por año, para prostituirlas, pero nada exagerado, como él lo describía.
Jaume se quedó impasible con el relato de más de veinte minutos y prefirió no calificar sus pensamientos. Su objetivo est aba claro.
Le siguió Anita, confesando que la idea de Marga de crear un Veyron extremo que consiguiese ser adictivo, pero curativo, se les fue de las manos , aunque siguieron fabricando ese veneno porque las ventas no paraban de crecer y crecer.
Por último, Narcís negó la mayor respecto a la familia de Jaum e Albertí.
—A lexander, al último que habéis liquidado, me confesó que fuisteis vosotros.
Los tres her manos estaban cabizbajos y no respondían. Narcís, el más chulito, temblaba de miedo.
—N arcís, dime, ¿dónde está ahora tu chulería? Venga, canta, mamonazo. ¿A quién encargasteis envenenar a m i familia?
—N o fue idea mía.
—C alla, imbécil —i nterrumpió Anita, con una mirada de desprecio.
Jaume se puso en pie y empezó a gritar, exigiendo explicaciones y pegando tiros a todas las paredes.
Estaba fuera de sí, reconfirmaba lo que ya sabía.
Félix le pidió calma y se arrodilló delante de él pidiendo perdón por el secuestro y asesinato de su mujer e hijo.
Jaume lloraba de rabia. Anita giró la cabeza con una mirada despreciativa y ella fue la primera en caer.
Jaume se acercó a ella y le pegó un tiro en la sien.
Narcís intentó coger la escopeta, pero Jaume le disparó antes de que la alcanzara, una bala en medio de su corazón.
Félix, el más viejo, seguía de rodillas y la bala que le correspondía le entró por la nuca.
Jaume se sentó exhausto, culpable pero descansado.
Era hora de reunirse con ellos. Cogió el arma de su cinturón y se disparó en la boca justo en el momento en que entraba Pere Baldret en el búnker.