Capítulo 27. Sentencia
—P apá, van a por nosotros, la Interpol está encima, i d con ojo.
—S olo puede entrar uno a ver a l recluso.
—V es tú, Eugeni, pero no te olvides de darle su medicina, la necesita imperiosamente. Y pregúntale eso —d ijo Félix, quien iba ataviado con gorra, pañuelo de cuello y se identificó con un DNI de otra persona para no ser r econocido.
—N o se preocupe, señ or Umbert.
Eugeni Porta, el letrado de confianza de los Umbert, accedió al módulo cuatro, donde lo esperaba un funcionario para acompañarlo hasta la sala de entrevistas, donde se podría ver con Alexander.
En esa estancia estaban camufladas minúsculas cámaras y micrófonos, totalmente invisibles, cuyas imágenes se proyectaban y oían en la pantalla de una sala contigua donde estaban Albertí, Melvin y un directivo de l a prisión.
—S eñor Porta, necesito pastillas.
—T ranquilo, las he entregado al funcionario y las están revisando. Cuando me marche te las darán.
—¡ Veyro n, espero!
—C laro, Veyron, y te vamos a ayudar en todo l o posible.
—L a policía me dijo lo mismo más o menos —d ecía con su acento característico de la República D ominicana.
—¿ Y con la policía bien, Alexander? Lo pregunto porque me extraña que te hayan traído aquí en lugar de que el juez dictara la preventiva, como se hace habi tualmente.
—Y a, pero era m ás seguro.
—¿ Para?
—P ara mí.
—¿ Pero para q ué, chico?
—P ara mí, y a le digo.
—A ver, Alexander, me lo explicas, por favor. ¿Por qué necesitas tú más seguridad? —E ugeni empezaba a perder lo s nervios.
—P or si l as moscas.
—M e cago en todo, negro. Has can tado, ¿no?
—O iga, picapleitos, le estoy diciendo que no, y no siga por ahí porque algún d ía saldré.
—¿ Me amenazas?
—S olo digo que el día que salga pagaré l a factura.
Era ahora el momento en que el abogado tenía que marcarse el farol que le había indic ado Félix.
—M ejor, y no me fastidies, que solo queremos ayudarte. Vamos a pedir que salgas ya, que te liberen hoy; voy a hablar con el juez, depositamos la fianza y te vienes conm igo ahora.
A Alexander, en ese instante, le cambió la cara por completo y empezó a cavilar las posibilidades que tenía de sobrevivir si se iba con el abogado.
En ese caso intentaría escapar de la familia Umbert, o, segunda opción, cargarse al picapleitos al salir de la cárcel y largarse de España en un barco como polizón para irse a casa.
O sea, pocas posibilidades. Si le daban la condicional, era hombre muerto; por tanto, era mejor no salir de allí.
Así que buscó en las esquinas del techo alguna cámara, pidiendo a la policía con sus miradas y gestos que lo auxiliaran. Porta lo captó.
—S algo a preparar los trámites.
Porta se fue a la esquina de la celda donde había un punto muerto de las cámaras, se metió las manos en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó dos pastillas de Veyron.
Se las enseñó a Alexander con una señal de calma, fue hacia él, le dio la mano entregándole las píldoras y abrazándolo.
Alexander las cogió y las agarró fuertemente en su puño, sin pensar en esa ilegalidad que había cometido su defensor.
En ese instante, el abogado salió de la celda.
—O iga, abogado, ¿a qué ha venido eso? —l e dij o Albertí.
—¿ El qué?
—E se numerito de la fianza y tal. ¿Usted es abogado o es un aprendiz? Ya sabe que eso no funciona así, no me fastidie. ¿Me dice qué está tramando?
—Q uería ver la reacción del negro por si confi aba en mí.
—U na mierda. Venga, lárguese, ya no tiene permiso para entrar otra vez. Se acabó la jugad a por hoy.
El abogado de los Umbert salió de la prisión con la cabeza baja, pero con una sonrisa ladeada que delataba su satisfacción.
En la sala de control, Melvin Peaks y Jaume Albertí seguían el desarrollo a través de la pantalla.
En la imagen, Alexander permanecía sentado en su cama, moviendo inquieto las piernas como si tratara de disipar la tensión acumulada.
—¿ Sabes lo que me fascina de los traidores? —s oltó Melvin, dejando caer la taza de golpe sobre la mes a—. Que siempre creen que pueden ganar… hasta que se dan cuenta de que han firmado su sentencia de muerte.
—¿ Qué dices, Melvin? ¿Te lo dijo él o no? —J aume lo miraba con impaciencia, su temple ya al borde de l colapso.
—S í, sí, claro, te lo iba a decir… Alexander confesó que no fue él quien mató a tu familia —M elvin hizo una pausa dramática y se acercó a la pantalla, como si quisiera observar cada poro de Alexande r—. Dijo que fueron l os Umbert.
La tensión en la sala se podía cortar con un cuchillo. Jaume se levantó de golpe, incapaz de contener su furia. Mientras Alexander tragaba con ansiedad las pastillas que Porta le había entregado y las que el guardia acababa de darle, Jaume se dirigió a la puerta.
—¡ Que me lo diga a la cara! —g ritó antes de salir disparado hacia la celda.
Jaume se levantó, abrió la puerta y se dirigió a toda velocidad hacia el domini cano , que se estaba desplomando lentamente sobre el suelo.
—¡ Avisad a los sanitarios, por favor! —g rit ó Albertí.
Cuando llegaron los servicios médicos, Alexander ya era cadáver. Jaume, impotente, golpeó con el puño el marco de la puerta.
—¿ Somos gilipollas o qué? La madre que me parió.
Jaume Albertí gritaba de desesperación. Estaba más cabreado que nunca; acababa de perder a un testigo importante para crucificar a los tres her manos .
Entonces arrancó a correr a ver si pillaba al abogado, pero ya se había esfumado.
Se fue en busca de su coche para dirigirse a La Final a rematar el tema de una vez.
Peaks lo persiguió para disuadirlo y actuar con la calma necesaria para atrapar a esos tres asesinos.
Los tres viejos, con la confesión de Alexander, sabían que los encarcelarían hasta su muerte, así que decidieron esconderse.
Se metieron en su búnker de La Final; allí no los encontraría nadie.
Se pasarían unos cuantos días tranquilamente hasta que pudieran coger un avión, esfumarse a donde ellos sabían, en un lugar donde no serían encontrados y podrían acabar sus días f elizmente.
Jaume Albertí necesitaba encontrar a Eugeni Porta para sonsacarle dónde estaba el trío.
Melvin, por su parte, con toda la información que tenía de Marga gracias al difunto Riubrugent, decidió ir a verla para anunciarle eso: que lo sabía todo o casi todo y que la fiscalía española pediría hasta cien años sumando todos los delitos, y la inglesa, cadena perpetua revisable.
Se dirigió de nuevo a la prisión de mujeres de Wad-Ras, pidiendo de nuevo a la fiscalía, a través de los Mossos , el permiso para visitarla.
—S é que no quieres verme ni oírme, pero el juego está llegando a su fin y tú lo sabes —l e dijo Peaks desde el exterior de la celda, con un tono entre la provocación y la fascinación, recordando aquella famosa escena entre Clarice y Lecter.
Marga Vi lanov a, inmóvil y de espaldas, mantenía una pose rígida, deliberadamente ignorándolo. Sin embargo, Melvin continuó hablando, midiendo cada palabra para intentar quebrar su muro de ind iferencia.
—T u abogado murió antes de completar su tarea, pero me dejó una joya de información. Sé lo de tu hermana, lo sé to do, Marga.
Finalmente, la mujer giró ligeramente la cabeza, lo justo para que él captara el destello frío en sus ojos.
—H ablas como si fueras alguien importante, Peaks. No lo eres. Pero adelante, entretente con tu s teorías.
Melvin sonrió de forma apenas perceptible, avanzando un paso hacia los barrotes.
—T e veré en el juicio. Aunque entre tú y yo, no creo que consiga hacerte justicia.
Por mucho que tus acciones hayan sido atroces, hay algo en ti que trasciende el mal puro.
No te culpo completamente; el sistema te falló, como a tantos.
Pero nunca permitiste que nadie te ayudara.
Y ahora pasarás el resto de tu vida aquí, con todos tus talentos sepultados ba jo tierra.
—¿ Pretendes hacerme sentir culpable, doctor?
Me aburres —r espondió Marga, dejando que una leve sonrisa se formara en sus labios, una mezcla de desprecio y superiorida d—.
Si crees que tus palabras tienen poder sobre mí, temo que volverás a casa decepcionado.
Y no me subestimes. He sido mucho más creativa de lo que tus limitadas ideas podrían c omprender.
—P or supuesto. Pero sabes tan bien como yo que tu creatividad está llegando a su fin.
—N o necesito tus lecciones. Pero yo sí que te daré una: cuando un hombre busca redimirse a través de otros, lo único que demuestra es su propia debilidad.
Ahora, por favor, ahórrame más de tus charlas moralistas y márchate.
Fuera de aquí, déjame en paz y no vuelvas —s entenció mientras el guarda se llevaba a Melvin.
Melvin permaneció unos segundos en silencio, evaluando sus palabras y sus movimientos. Finalmente, retrocedió, inclinando ligeramente la cabeza.
—C omo quieras, Marga. Pero cuando el mundo finalmente olvide tu nombre, pensaré en ti. Y me pregunto si tú, en el fondo, desearás haber dejado ot ro legado.
—T e agradecería que dejaras de fingir que puedes leerme, doctorcillo. Guarda tus teorías para tus libros y tus conferencia s baratas.
Sin más, Marga volvió la espalda mientras los guardas escoltaban a Melvin fuera de la celda.
Sabía que no había ganado, pero tampoco había perdido.
La frialdad de Marga Vi lanov a seguía siendo uno de los enigmas más fascinantes que había encontrado.
Estaba contrariado y también solo. No podía comentar esa frustración con Ivana; se había marchado con los chicos de Óptimist a una prueba a Tenerife y, cuando hablaba por teléfono con ella, no quería hincharle la cabeza con las historias que estaban viviendo Jaume y él.
Sabía que ella tenía esos días la mente puesta allí, en la regata , no aquí.
Barcelona, 21 de abril de 2022
Jaume Albertí tenía en su coche a Eugeni Porta esposado. Lo había atrapado en su despacho mientras recogía a toda prisa su s enseres.