Capítulo 26. Riubrugent
Había vendido todas las pastillas de Veyron y ya no tenía dinero. Necesitaba volver a Vallromanes para volver a proveerse o hablar con su contacto para que le diera algún trab ajo extra.
—S eñor, soy Alexander.
—D i me, negro.
—N ecesito algún t rabajillo.
—Y a te he dicho muchas veces que no me llames aquí. Telegram.
Llamó a su contacto por esa app, quien le dijo: «El abogado ha hablado d emasiado».
Ricard Riubrugent tenía una posición económica y social muy reconocida entre la burguesía catalana.
Era el salvador de las causas difíciles en temas penales gracias a su savoir faire , a los contactos y, sobre todo, a la alegalidad, consiguiendo con ello rebajar las penas o incluso obtener la absolución de sus clientes.
Sus humildes raíces fueron la catapulta para alcanzar sus metas.
La constancia en el trabajo, el tesón y la infatigable lucha por cada caso fueron sus armas para llevarlo hasta su posición de abogado prestigioso.
Sus padres eran gente de campo, pequeños ganaderos de Osona que se esforzaron trabajando como animales de carga para pagarles a sus hijos los estudios en Barcelona.
Ricard era el mayor de seis her manos y fue un ejemplo para los pequeños, sacándose la carrera con unas notas brillantísimas y doctorándose con veintitrés en el año setenta y nueve.
Le quedaban pocos años para llegar a la setentena y físicamente estaba en perfecto estado.
Muchas veces le decían que no aparentaba su edad a pesar de estar completamente calvo, pero su tez morena, su elegancia y posición erguida le daban un aspecto respla ndeciente.
Estaba trabajando en su despacho de la calle Pau Claris de Barcelona, ciertamente preocupado porque sabía que esa última conversación, por no decir confesión, habiéndole explicado más de la cuenta a Albertí, le podría traer problemas.
—¿ Le paso una llamada, señor Riubrugent? Es desde la prisión d e Wad-Ras.
—¿ De dónde? Espera, un momento… —R icard titubeaba. Debía pens ar rápido.
—S eñor Riubrugent, ¿s e la paso?
—De acuerdo.
Tras las comprobaciones rutinarias del funcionario de la prisión, le comunicaron con Marga.
—¿ Ricard?
—M arga, ¿cómo te tratan?
—M ejor qu e tú a mí.
Riubrugent tragó saliva con d ificultad.
—¿ Q ué sucede?
—I mbécil, no me chupo el dedo. Solo quería despedirme de ti. Corta vida a los traidores.
Y colgó el teléfono.
Ricard se levantó como Martin Brody cuando vio la dimensión del tiburón en el barco de Quint en Jaws , como un muelle tensado al máximo, con los ojos abiertos como dos soles, frotándose la cara, la calva, y sabiendo que debía huir de inmediato.
Cerró el ordenador, recogió lo imprescindible y cruzó la puerta casi sin despedirse de las dos recepcionistas del despacho.
Salió al rel lano de la escalera, pulsó el botón de bajada del ascensor y, al abrirse la puerta, apareció Alexander, quien descargó toda su rabia en el cuchillo de veinticinco centímetros de hoja sobre el estómago de Ricard Riubrugent, apuñalándolo cinco o seis veces.
Cayó, mientras sangraba a borbotones, encima del domini cano , quien intentó sacárselo de encima, pero el brazo de Ricard se quedó atascado entre la puerta del ascensor y el hueco, imposibilitando el descenso de Alexander.
Estaba en un séptimo piso y tenía que salir corriendo por la escalera, pero en ese momento salió del despacho una de las recepcionistas de Riubrugent i Associats, entendiendo perfectamente lo que había pasado, ya que ella sabía a qué jugaba su jefe.
Al verla, el mulato corrió hacia ella, pero a la secretaria le dio tiempo a abrir el despacho de nuevo y cerrarle la puerta en los morros al domini cano .
Ella llamó a la policía y Alexander, que intentaba abrir la puerta a lo bruto, decidió correr escaleras abajo antes de que fuera demasiado tarde.
Una vez en el primer piso oyó las sirenas de la policía, porque el despacho de Riubrugent estaba al lado de la Delegación del Gobierno en Barcelona.
Había manifestación, así que en un minuto estuvieron allí.
Alexander sabía que volvía a estar atrapado y solamente tenía un arma blanca, no llevaba ninguna arma de fuego, y su decisión fue no ofrecer re sistencia.
Los servicios médicos intentaron salvar a Riubrugent, pero ya era cadáver cuando empezaban a reanimarlo. Las secretarias lloraban desconsoladamente. Alexander estaba dentro del coche de Pere Baldret. Ambos se miraron con rab ia y odio.
Albertí avisó a Melvin de que volvían a tener a Alexander y que había cometido otro terrible crimen: el abogado de Marga y también de Nández.
—¿ Lo podemos interrog ar juntos?
Albertí y Melvin fueron directos a la comisaría de los Mossos de Sant Martí, donde Melvin y Jaume Albertí volvieron a tenerlo cara a cara, pero esta vez Jaume no podía aguantarse.
Se había cargado a sus compañeros en la explosión de Terrassa.
Era un maldito criminal que seguramente envenenó a su muj er e hijo.
—E sta vez no voy a ir con monsergas. He apagado las cámaras porque no te va a salvar ni Dios, desgraciado —d ijo Jaume gritando y golpeand o la mesa.
Alexander estaba abatido y fatigado. Su instinto de supervivencia necesitaba algún aditivo para sobreponerse a la presión policial y a la del neurop siquiatra.
—N ecesito un calmante pa ra hablar.
—M e importa una mierda lo que necesites. Te voy a destrozar y me importa poco si me encierran. O sea que contéstame: ¿por qué el abogado de Marga?
Alexander estaba realmente nervioso, a punto de un ataque de ansiedad, así que se arrodilló en el suelo. Jaume y Melvin lo consideraron una artimaña como las que ya había utilizado habitualmente, por lo que decidieron avisar a los guardas para que entrasen en la sala. Alexande r lloraba.
—¿ Si canto me ayudaréis?
—S i nos dices la verdad, no te mataré aquí mismo, pedazo d e escoria.
—J aume, por favor, déjale que nos hable. Sí, te protegeremos —d ijo Melvin, calmando la situación.
Jaume, furioso, miró a Melvin, lo cogió por la solapa, lo arrastró hasta la puerta y lo empotró delante suyo contra la pared. Lo miró de arriba abajo, resopló y, tras unos segundos de tensión, lo soltó.
—H abla ya, negro, y tendrás un juicio ventajoso —d ijo Jaume, con la boca pequeña y con evidente desprecio.
Alexander, sollozando , confesó:
—F ue un encargo. Soy un mandado, siempre he sido un desgraciado utilizado por los ricos.
—¿Qué ricos?
—L os del la boratorio.
—¿ Cuál?
—E se, el alcalde, Umbert, Narcís, y s u hermana.
Alexander levantó la cabeza y Albertí salió de la sala de interrogatorios, dejando a Melvin que intentase sonsacar el máximo de Alexander con sus astucias.
—D ime, lo de la familia de mi compañero, ¿ fuiste tú?
—N o, lo juro. Fueron ellos —s eguía sollozando, estaba en caída libr e—. Estabais demasiado cerca d el Veyron.
Alexander era un testigo que debían salvaguardar y Albertí decidió transportarlo a una prisión de máxima seguridad para evitar cualquier incidente.
En paralelo, se actuó con prudencia para que esa noticia no fuera divulgada y no hubiese filtraciones que llegaran a oídos de los patrones, como él los d enominaba.
Teià, 19 de abril de 2022
—L o del picapleitos, arreglado —d ijo Narcís con frialdad.
—S iéntate aquí, Narcís. ¿Tanto te gusta mi hija adoptiva? —p reguntó Anita con sarcasmo.
—N o digas bobad as, Anita.
—H as hecho matar a su abogado —dijo ella.
—E ra necesario.
—T an necesario como conseguir que tu negro, ahora preso, no cante —s eguía apretando a su her mano Anita.
—S i revela algo, lo sabremos. Tenemos conexiones, está todo c ontrolado.
—E se tipo, Albertí, al que le desgraciamos la vida, tiene mucha rabia contenida y, si delata, irá a por nosotros.
—L lamaré.
Narcís supo minutos más tarde que trasladaban al esclavito de su her mano Félix, como él a veces lo nombraba, a una prisión de alta seguridad. ¿Por qué? Se puso en alerta y provocó una reunión en La Final para hablar con sus her manos y tomar d ecisiones.
—T ranquilo, Narcís, el negro no va a descubrirnos. Sin nosotros no tiene dónde caerse muerto —d ijo Félix con confianza.
—N o sé cómo puedes confiar tanto en un tipo absolutamente aniquilado por las drogas y por la sociedad —c ome ntó Anita.
—T iene razón, Félix, ese tipo es un auténtico peligro para nuestra familia. Le has dado demasiado poder, conoce nuestras entrañas.
—E xagerados, lo tengo vigilado. Pediré que nuestro abogado vaya a verlo a esa cárcel. T ranquilos.
Bustenga llamó a Albertí para informarle de que un abogado había solicitado ver a Alexander junto con otr a persona.
—E s el abogado de los Umbert. Yo no me negaría a que lo visitara. ¿Podemos grabar esa con versación?
—N o, pero l o hacemos.
—V endré con Melvin a ver qué narices le quiere comentar.
Dime día y hora de la visita. Ahora estoy con un tema precisamente del hijo de Félix Umbert en República Dominicana.
Les vamos a tocar un poco los huevos. Le hemos metido droga en su coche y lo vamos a detener para acojonar a su padre —d ij o Albertí.