Expediente Serotonina Capítulo 25. Luces y sombras
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Capítulo 25. Luces y sombras

Los her manos Umbert salían de la celda donde habían pasado varias noches esperando que el juez dictaminara; Bustenga y Albertí estuvieron cavilando individualmente, ambos pensaron que, si Anita, Narcís y Félix se morían allí, tampoco sería una gran pérdida para la humanidad, todo lo contrario, pero fue un placer fugaz: el juez los liberó sin cargos por falta de pruebas definitivas.

Bustenga y Albertí sabían desde siempre que algunos miembros de la judicatura estaban corrompidos, pero nadie les arrebataría una sentencia condenatoria si conseguían esas pruebas tan n ecesarias.

Por otra parte, Peaks sí que pudo estar con ellos una tarde y sacó una buena tajada, por no decir rajada, para su futura publicación.

Se le entregaron en cuerpo, alma y pensamientos pasados y futuros.

Les encontró el punto para que cantaran, no de los crímenes, pero sí la historia de sus antecedentes f amiliares.

Eso no fue tan fácil con Marga, quien había sido trasladada a Wad-Ras en prisión preventiva y sin posibilidad de ser liberada con fianza por riesgo de fuga.

No había colaborado tampoco nada con Melvin en esa segunda ocasión, así que el canadiense debía y necesitaba ingeniárselas para exprimir a su «presa», la más preciada de los últimos años, y conseguir saber el porqué de ella, los motivos que la habían conducido a generar ese instinto criminal.

Pensaba que hipnotizándola obtendría conclusiones, pero aparte de que no dominaba esa técnica, tampoco tenía esperanzas en encontrar a alguien solvente que le ayudara, así que se las ingenió para buscar y bucear en su pasado.

Estuvo días enteros para llegar a entender por qué Marga era así, y finalmente tuvo la suerte de dar con una información extraordinaria por el apretujón de tuercas que le hizo Jaume Albertí a su abogado, R iubrugent.

—L os tenemos localizados —d ijo Baldret gritando mientras entraba en la sala donde estaban reunidos Bustenga y Albertí.

—¿ A quién? ¿Alexander? —p reguntó Albertí, c onfundido.

—A Carlos, Bruno y Jacobo.

—N o caigo —d ijo Bustenga, frunciend o el ceño.

—L a manada pija de Mataró.

Albertí apretó los puños, su rabia contenida era palpable.

—M e encantaría darles una buena tanda de hostias a esos tres. Malnacidos —v ociferó Jaume Albertí, quien decidió avisar a Melvin de que tenían a los violadores adinerados en tre rejas.

Fue muy fácil, con las indicaciones de Vicky, cazar a esos abusadores.

Sus costumbres religiosas eran sólidas y era de suponer que estarían con sus familias ultracatólicas, grandes donantes de dinero a la basílica de Santa María de Mataró y a la prelatura a la que pertenecían, en la misa de Lunes Santo, por lo que solamente fue necesario esperar a la salida de la iglesia y cazarlos a los tres en una operación sin precedentes, donde el histerismo de alguno de los padres y madres no evitó que los metieran a la fuerza en el furgón de los Mossos .

Incluso salió a poner paz, para intentar hablar con los policías, el párroco de la basílica, pero las pruebas y los cargos, que no fueron descritos ni comentados con nadie, eran tan contundentes que nada podía parar esa detención.

Comisaría de Mataró

Ya en la comisaría de Mataró, los despojaron de sus pertenencias, encontrando algunas papelinas de cocaína, pastillas de colores y varias de Veyron. Los separaron y pusieron en diferentes salas para inte rrogarlos.

Albertí fue de una sala a otra, siempre con la vigilancia de Pere Baldret, para obtener sus declaraciones.

Realmente querían charlar poco; sabían que sus familias pudientes, sobre todo la de Carlos, traerían a los mejores abogados penalistas del país, así que mostraron mucha educación, pero pocas palabras.

Albertí los amenazó con ponerlos en una rueda de reconocimiento y directamente meterlos en la preventiva. Inicialmente ni se inmutaron, pero todo cambió cuando llegó Peaks, quien le pidió a Albertí entrar para hablar con Carlos, el hijo del propietario del barco, lugar de los terribl es hechos.

—B uenas tardes, Carlos. Me llamo Melvin Peaks, soy neurocientífico. Estudio cómo la mente puede justificar lo injustificable. ¿Te parece interesante? —d ijo Peaks mientras entraba con energía e n la sala.

—N o sé qué busca con eso, pero adelante —d ijo Carlos, arrugando la expresión.

—L o que busco es sencillo: entender cómo un chico como tú, con todas las oportunidades y comodidades, puede encontrar diversión en destruir la vida de otra persona. ¿Te parece un buen tema de con versación?

—Y o no he destr uido nada.

—C laro, claro. Vicky no cuenta, ¿verdad? Supongo que esa es tu lógica. Pero te diré algo curioso: la lógica suele ser la primera víctima de la soberbia. Y tú, Carlos, rebosas de ella —h ablaba con los brazos cruzados, inclinándose hac ia Carlos.

—N o he hecho nada. Yo ni siquiera tomé esas malditas pastillas esa noche —d ijo bajando la mirada, nervioso.

—A h, las pastillas. Veyron, ¿verdad? Enganchan, te elevan y luego te dejan caer al abismo. Como una metáfora de tu vida. Dime, Carlos, ¿cuántas tomas al día? Sé honesto —d ijo con un brillo de ironía en los ojos.

—S on una porquería. Enganchan, sí. La subida es buena, pero la bajada… es terrible —d ijo después de un largo silencio.

—T errible, exacto. Y, de alguna forma, esa terrible bajada también te llevó a lo que hiciste. Pero tranquilo, Carlos. La analítica nos dirá más de ti que tú mismo. Porque, como ya sabes, los datos no tienen miedo de hablar —a sentía Melvin con su habitual te atralidad.

—Q uiero ver a mi padre. Y a mi abogado —d ijo el chico con lágrimas en los ojos.

—T ranquilo, chico. Todos queremos ver a alguien que nos saque del lío.

Pero mientras lo esperas, te recomiendo que reflexiones.

Porque, créeme, esto no es solo sobre Vicky.

Es sobre ti. Sobre lo que has dejado que la soberbia y el privilegio hagan contigo —s entenció Melvin en un tono firme, pero algo desviado.

Melvin lo probó con los otros dos, que eran del mismo perfil de Carlos, pero más opacos, y aunque tampoco accedieron a hablar, Melvin detectó en todos ellos una soberbia y unos aires de superioridad simplemente por ser los hijos de mi llonarios.

Pero a Albertí se le hincharon los test ículos e inició la organización de la rueda de reconocimiento, a pesar de que sabía que Vicky tendría lagunas con Jacob o y Bruno.

Los abogados, eran dos, uno para Carlos y otro para los otros dos agresores, presionaron a la policía por arriba, por abajo y a través de diversas influencias, sin conseguir nada.

Los delitos sexuales estaban tremendamente perseguidos, así que prefirieron ir a las buenas.

Pere Baldret presentó a los abogados a Melvin Peaks como un neuropsiquiatra especializado en casos de violencia y que les orientaría en cómo actuar para que la relación fuera más fluida entre los detenidos, la policía, los abogados y l a familia.

—L es recomiendo calma y obediencia. No estoy hablando de leyes, estoy hablado de comportamientos anor males en la sociedad como los que han cometido sus clientes.

Así que desde mi departamento podremos ayudar si nos entrevistamos con los padres para ver si sus hijos han tenido conductas fuera de lo común, como consumos de drogas, mal ambiente familiar, estudiantil, enfermedades congénitas de tipo psiquiátrico u otras causas que hayan podido provocar la violación.

—L o de la violación lo ha de demostrar l a policía.

—E stá demostrado, el juez lo sabe, no hay duda en absoluto, y por tanto los chicos van a pasar una buena temporada entre rejas, les guste o no.

Así que es mejor que las familias ayuden para ver si les podemos ofrecer algún tipo de medicación o internamiento en módulos especiales una vez dictada la sentencia y que aligere su encarc elamiento.

Los padres de Carlos Martínez accedieron a hablar con Peaks y explicaron su historia. Los otros padres se negaron y fueron a batallar l egalmente.

A Melvin le empezaban a salir las cosas.

Tenía mucha información de Marga. Riubrugent estaba atrapado; tenían pruebas de su complicidad en los asesinatos de Londres y le iban a caer unos cuantos años de cárcel si no ayudaba.

Y vaya si lo hizo: accedió a cantar, explicando todo lo que sabía de ella y también de Nández.

El puzle se iba conformando, pero quedaba todavía por saber la realidad de la familia Umbert.

Así que decidió, como Anita y Narcís habían salido indemnes, atacar a Félix, el her mano mayor, del que se sospechaba que había seguido la herencia del abuelo y todavía se traía a alguna chica del Caribe para prostituirla; vamos, un tráfico de esclavos al detalle para proveer a los clubes de la zona.

Melvin sabía que el hijo de Félix, Paco, era el mandamás allende los mares y que allí gestionaba las empresas legales, y también esa parte ilegal no demostrada, pero ampliamente reseñada por la policía.

Para Melvin, tener a un viejo de ochenta y pico todavía lidiando con el tráfico de personas, quizás también con algunas sustancias psicotrópicas, y pensar que era el cabecilla del Veyron adulterado le provocaba una exaltación increíble. Así que habló con Albertí del tema.

—J aume, ese Paco es una pieza clave. Si lo presionamos, podríamos abrir puertas que ni siquiera sabíamos que existían. ¿Puedes hablar con la Interpol? Quizás acojonar a su padre lo haga cantar —d ecía con entusiasmo y gesticulando mientra s hablaba.

—E se tío lo tenemos muy fichado, pero no lo hemos enganchado con nada. Es cierto que cambia de mujer, casi siempre dominicanas, frecuentemente, y que le gusta la buena vida, pero nada más —r espondió con un ton o cansado.

—¿ Y si lo detenemos y nos marcamos un farol?

—J oder, Melvin, pónmelo fácil, ¿quieres? No podemos ir por ahí deteniendo gente si n pruebas.

—E s solo una idea, Jaume. A veces, un buen farol puede ser más efectivo que un año de investigación. Pero entiendo, eres el tipo de las reglas —d ijo encogiendo los hombros con un brillo de diversión en los ojos.

—H ablaré con los de allí, pero no te prometo nada. Y, por favor, no me metas en más líos de los que ya tengo —d ijo resig nadamente.

—L íos, Jaume, son mi especialidad —d ijo con una sonrisa amplia, casi infanti l—. Pero tranquilo, esta vez jugaré limpio… má s o menos.