Expediente Serotonina Capítulo 24. Carlos, Bruno y Jacobo
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Capítulo 24. Carlos, Bruno y Jacobo

Jaume Albertí regresaba de Euskadi en su coche tras haber pasado unos días con sus suegros para solventar los últimos detalles de los desastrosos decesos.

Parecía que su cabeza ya no trabajaba como antaño; todo seguía igual desde la desgracia.

Frecuentemente tenía pesadillas, observando a su familia mientras les metían líquidos de colores con un embudo por la boca, mientras él aplaudía y finalmente unos enmascarados lo ejecutaban.

Aparte de sueños dolorosos, tenía frecuentemente comportamientos fuera de lo común, como arrebatos de ira, hipersensibilidad, problemas de concentración, sentimiento permanente de culpa y remordimiento.

Jaume era consciente de que necesitaba ayuda, pero no pensab a pedirla.

—A lbertí, la hemos pillado —d ijo Melvin por teléfono, con un tono que mezclaba urgencia y alivio.

—¿ Dónde la lleváis? —p reguntó, su voz cargada de una tensión contenida.

—E l juez decidirá —r espondió Melvin, consciente de que esas palabras no serían suficientes para calmar a su amigo.

Albertí estaba ido y deseaba la muerte de Marga.

Para él, sin que se hubiera demostrado, quedaba claro que ella era la asesina de su familia.

Pensó seriamente en ir a buscarla a la comisaría, antes de que el juez la viera, y pegarle un tiro a ella y luego otro a sí mismo.

Paró el coche en un área de servicio, se pidió una Coca-Cola y un dónut de chocolate.

Vio sentada a una familia preciosa: un padre, la madre, dos niños de entre tres y seis años.

Le entró envidia y, a la vez, el subidón de asesino despiadado se le bajó a los pies gracias al exceso de azúcar y a la entrañable postal familiar.

Barcelona, 16 de abril, 20:00

El furgón de los Mossos transportaba a Marga Vi lanov a hasta la comisaría de Sabadell, donde pasaría la noche antes de su vista con el juez al día siguiente.

Al llegar, el veh ículo entró en el parking subterráneo.

Le tomaron los datos, la despojaron de todas sus pertenencias y la escoltaron hasta una celda.

Para su sorpresa, la encerraron junto a Anita y Narc ís Umbert.

—¡ Mira quién viene esta noche a hacernos compañía! Félix estaría encantado de compartir celda contigo —d ijo Narcís, con una sonris a burlona.

—Q ué curioso, siempre encuentras la forma de ser repulsivo —r espondió Marga, mirando a Narcís c on desdén.

—M ira la valiente. Encima que por tu culpa estamos aquí, vienes a chulearnos —r eplicó Narcís, con tono s arcástico.

—L ecciones, no, Narcís. Eso sería perder el tiempo contigo. Pero si quieres un consejo, mantén la distancia. No me gusta que los insectos se acerquen demasiado —h abló Marga con calma cortante.

—M irándote bien, entiendo perfectamente a mi her mano Félix. Estás bastante bien, para qué negarlo —a ñadió Narcís, acercándose l entamente.

—¡ Narcís, cállate! —i nterrumpió Anita, con un tono de advertenci a—. La han metido aquí con nosotros a propósito. Nos están espiando. No les des el espect áculo que quieren —g ritó, mirando directamente a lo que suponía era una cáma ra oculta.

Narcís ignoró a su hermana y continuó acercándose a Marga. Cuando estaba a medio palmo de ella, sacó la lengua en un gesto grotesco, simulando que iba a lamerla. Marga, sin dudarlo, le propinó un puñetazo directo en la nariz.

Los funcionarios de la prisión entraron de inmediato en la celda para calmar la situación.

—Z orra, no te de spist es mucho. Esta noche vas a notar en tu interior algo que no olvidarás —g ruñó Narcís, mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

Marga lo miró fijamente, con una calma que resultaba más intimidante que cualqu ier grito.

—L a única sorpresa será para ti, Narcís. Acércate otra vez a menos de un metro de mí y te aseguro que no olvidarás lo que soy capaz de hacer. Y créeme, no será agradable.

—¡ Silencio! A dormir —o rdenó uno de los funcionarios, cerrando la puerta de la celda con un g olpe seco.

Mataró, Madrugada del 17 de abril de 2022

Carlos salía con Vicky de la discoteca de moda en Mataró. Ambos no pasaban de los veinticinco. Habían estado bailando, riendo, bebiendo toda la noche, y la gente de su alrededor se había vuelto invisible. Solamente existían ellos dos; la noche era suya.

—¿ Quieres venir al barco de mi padre? —p reguntó Carlos, con una sonrisa confiada.

—¿ Tienes l as llaves?

Él sacó un llavero del bolsillo y las hizo tintinear.

Vicky era nacida en Mataró y su familia también.

Su padre era conductor de autobús interur bano y su madre, profesora de gimnasia en un instituto de su ciudad.

Había terminado sus estudios de Biología y estaba en modo búsqueda de alguna beca para investigar, y si era en el extranjero, mejor; había más oportunidades que en España.

Conoció a Carlos en el puerto. Ella trabajaba allí en una tienda de art ículos náuticos para sacarse algún dinero mientras esperaba dedicarse a aquello para lo que estudió.

Desde el momento en que él vio sus ojos azul cielo y su carita de ángel, se quedó atontado.

El chico había estudiado un símil de ADE en una escuela privada para malos estudiantes con papás ricos que deseaban que sus hijos no holgazaneasen demasiado.

Muchos sabían que ellos, sus hijos y sus nietos tenían la vida más que solucionada, pero había que aparentar normalidad, si bien ellos tenían claro que eso no existía.

En una ocasión, el padre de Carlos lo sermoneó a la edad de dieciocho, y eso se le quedó esculpido en e l cerebro:

—M ira, Carlos, nosotros somos ricos, muy ricos, y la mayoría de la gente que nos rodea, amigos, compañeros de clase, compañeros de trabajo, amiguetes de ve rano , primos y otros familiares, son pobres como las ratas.

Y entiéndeme, en el peor de los casos cobran mil quinientos euros y con eso han de llegar a final de mes, y con mucha suerte cobran diez mil euros al mes y ya se piensan que pueden llevar nuestro nivel de vida.

Y sí, fíjate que sí, que les dejamos que se acerquen y nosotros nos ponemos a su altura para no estar solos en esta sociedad.

Tenemos que compartir nuestras vivencias y también nuestras propiedades.

Si podemos, los invitamos al barco, a nuestra casa de la montaña, a la de las Baleares y, si me apuras, a la de Bali; pero, y repito, nunca muestres tu dinero, nunca enseñes tu cuenta corriente ni hables de las cantidades que podemos mover y, eso es lo más importante de todo, nunca, nunca, nunca dejes dinero a nadie.

Puedes dar un bocadillo, pero si les das dinero para que se lo compren te comerán la mano .

Los pobres son así, desean estar aquí y algunos llegan a ser algo adinerados, sí, consiguen, a lo sumo, rozarnos el aire que hay entre el suelo y nuestra suela del zapato, pero, a pesar de que puedan acercarse un poco, para ellos mil euros, para los nuevos ricos, es como diez euros para nosotros. ¿ Preguntas?

—N o, papá. ¿Me dejas las llaves del barco?

Mientras caminaban Carlos y Vicky hacia el coche, él l e comentó:

—O ye, también vendrán Bruno y Jacobo.

—¿Para qué?

—B ueno, para reírnos más, ellos tomarán unas copas y espero que traigan compañía.

—P ensaba que esto era una velada íntima —d ijo ella, con un tono de decepción.

—¿ Les digo que no vengan?

—P refiero estar a sola s contigo.

Él la cogió por la cintura y la besó con mucha ternura y profundidad. Ella hizo lo mismo.

—L es envío un mensaj e y anulo.

Carlos jugueteó con el móvil, arrancó su BMW híbrido último modelo y fueron a toda velocidad hasta el puerto.

Pasaron todos los controles y barreras necesarias y llegaron a la embarcación, un sesenta y cuatro pies, blanco, a motor, precioso a los ojos de Vicky.

En el interior todo era esplendor, puro lujo: la sala principal tenía unos sofás blancos de piel con una gran pantalla enfrente y, detrás, una barra y un ar mario bar.

—¿Otra copa?

—E stoy ya un poc o cargada.

—T e la pongo flojita. ¿ Gin-tonic?

—V enga, la última.

Estaba escuchando música romántica y algo cursi, Pablo López, mientras se besuqueaban entre sorbo y sorbo. Ella estaba casi en el cielo. El chico era amable, cariñoso, delicado, guapo y encima rico. Todo era fabuloso hasta que un extraño ruido los in terrumpió.

Jacobo y Bruno se presentaron en el barco.

—¿ No me has dicho que no vendrían? —p reguntó Vicky, so rprendida.

—L o pasaremos bien los cuatro —r espondió Carlos, con una sonrisa que no la tr anquilizó.

—¿ L os cuatro?

—V enga, preciosa, que será divertido —d ijo el tal Jacobo, un chico igual o más pijo que Bruno y que Carlos, con un tono que hizo que Vicky se sintiera incómoda.

—¿ De qué va est o, Carlos?

—T ranquila, mujer, bebamos y riamos. Vas a disfrutar, no somos como esos asquerosos sudacas ni mustafás.

Vicky no se encontraba bien, todo le dab a vueltas.

—¿ Qué coño me has metido en la be bida, tío?

Fue lo último que dijo. Los tres chicos abusaron de ella sin parar durante una hora, turnándose uno tras otro, penet rándola por delante y por detrás, con y sin preservativo, con y sin cocaína espolvoreada sobre los genitales.

Una vez exhaustos, la metieron en el coche y la dejaron a las puertas del hospital de Mataró, todo un detalle.

Allí un guarda de seguridad vio cómo un coche arrancaba veloz y, tras él, una joven yacía en el suelo , inmóvil.

Mataró, Comisaría de los Mossos , 18 de abril de 2022

Baldret tenía encima de la mesa, tras una llamada del hospital, un nuevo caso de violación grupal.

Ya llevaban cuatro en lo que iba de año en toda Catalunya.

Habían encontrado a una chica caucásica en la puerta del centro sanitario con lesiones muy graves en sus genitales y en el ano , con una intoxicación con escopolamina, la vulgarmente llamada burundanga o droga de la inhibición de la voluntad o sumisió n química.

Sus padres estaban en el hospital. Vicky todavía estaba sedada, y Baldret se entrevistó con ellos.

Ninguna pist a, ninguna idea de lo que había pasado, ningún novio ni nada que se le pareciese; todo era una incógnita hasta que ella despertó.

Recordaba poco, pero sí recordaba que había ido con Carlos, a quien ella no culpaba.

Pero era evidente que, a los ojos de la policía, había sido partícipe, ya que, en caso contrario, hubiera dado la cara, habría aparecido vivo, herido o muerto.

A pesar de no recordar el momento de la violación, sabía perfectamente el nombre de los otros dos, los que a su parecer eran los ejecutores.

Baldret tenía a tres hombres trabajando; había una línea de investigaci ón segura.

En el proceso de búsqueda, Baldret comentó con Albertí algunos detalles y este lo hizo con Melvin, a quien le interesó mucho el presunto agresor porque, con el apellido de Carlos, identificaron a su padre, un rico de los muy podridos de dinero.

Un chaval que agrede, pero que no ha tenido una infancia jodida, todo lo contrario. No acabo de verlo, quizás ser rico también te vuelve majareta, pensaba el canadiense. La pasta o lo que puedas comprar con ella también te puede trastornar. A de mostrarlo.