Capítulo 23. Abordaje
Estaba a menos de diez esloras de Ivana, quien empezó a gritar ante el desafío del velero, que ya estaba a cinco esloras.
El viento de garbí soplaba a quince nudos por hora e Ivana decidió, ante la amenaza de babor, arribar y poner rumbo a Premià de Mar.
Inmediatamente, el otro velero arribó poniendo su proa solo a dos esloras de la proa del Tonight .
Ivana intentó virar, pero fue demasi ado tarde.
Sucedió rápida y certeramente: vieron cómo la proa del otro barco se hundía en la obra viva de proa del barco de Ivana, arrancando una buena parte de la fibra.
El barco de Marga trasluchó inmediatamente delante de ellos, y en esos momentos contemplaron cómo el Tonight tenía un enorme boquete, provocando una entrada de agua a chorro en el interior del casco. Tuvieron claro que se hundían po co a poco.
—¿ Marga? ¡Hija de la gran puta ! —g ritó desesperada Ivana, mientras sacaba dos chalecos s alvavidas.
Melvin, lleno de rabia, cogió la pist ola con las bengalas y disparó una hacia el barco de Marga, aunque sin éxito.
Nadie vio cómo sucedió, pero algunos navegantes divisaron que un barco de veintipico pies estaba volcando y se hundía frente a la costa de El Masnou, a unas dos millas.
El rescate llegó a los pocos minutos, encontrando a Ivana y Melvin flotando gracias a sus chalecos. El Tonight yacía en el fon do marino.
Mataró, Comisaría de los Mossos d’Esquadra , 15 de abril de 2022
—M ayor, está aquí Anita Umbert y otro señor. Preguntan por usted.
—¿ Quién e s el otro?
—N o lo sé —c ontestó el rece pcionista.
—P áselos a la sa la cuatro.
Tom Bustenga, mayor de los Mossos d’Esquadra , había pasado toda la noche reflexionando sobre cómo encarar esta reunión.
Ahora, frente al momento, tenía claro su enfoque: preguntas concisas, presión y filmación encubierta.
Antes de entrar, comprobó si la cámara funcionaba, observándose a sí mismo en el monitor.
A pesar de sus sesenta años, arrugas y manchas en la piel, su cabello rizado aún pelirrojo y su físico musculado le conferían un aire de juventud.
—S eñora Umbert, buen as tardes.
—M ayor, le presento a mi her mano Narcís.
—E ncantado. ¿Quieren tomar algo? ¿A gua, café?
—U n poco de agua sería de agradecer —r espon dió Anita.
—M ayor, ¿qué se le ofrece? —p regun tó Narcís.
—L es hemos estado llamando para interrogarla por lo que está sucediendo con su me dicamento.
—¿ De qué medicina me habla? —c ontestó ella, haciéndos e la loca.
—Del Veyron.
—U na medicina de gran ayuda para mu cha gente.
—Y o no diría lo mismo. Est á matando.
—E stupideces. Está usted absolutamente equivocado. El Veyron no mata, cura —d ijo de una forma contundente y, en cierta medida, agresiva Anita, que empezaba a mostrar su caráct er Umbert.
—S eñora Umbert, ese fármaco tiene dos series. Una cura y la otra mata. Tenemos pruebas de ello —c ontestó con cierta vehemencia el mayor.
—N o sé de qué dos series me habla, picoleto regional —d ijo ella con sorna y visiblemente alterada.
Narcís permanecía en silencio, callaba y dejaba hablar, disfrutando mientras su hermana se exaltaba.
—Y a veo que incluso la nobleza pierde las formas. Entonces, ¿niega la existencia de las d os series?
—P regúnteselo a quien corresponda. A mí no. Si existen realmente dos Veyron diferentes, no es cos a nuestra.
—P óng ame luces.
—¿ No ha pensado en que alguien fuera de nuestra fábrica nos está copiando? —r espon dió Anita.
—N o me venga con monsergas y no escurra el bulto, señora —c ontestó el mayor , directo.
—P olicía de pacotilla, ¿no ha entendido lo que dice mi hermana? Nosotros de dos series no sab emos nada.
—Y ustedes, que tan controlado lo tienen, ¿no saben si les han robado principios activos y todo el packaging para hacer un Veyron fuera de su laboratorio? Es que me cuesta t ragármelo.
—M ire, ¿sabe qué? Pregúntele a Marga Vi lanov a —d i jo Narcís.
—C on la que se reunió usted hace unos días, ¿verdad, seño ra Umbert?
Narcís habló demasiado ante la desaprobación gestual de Anita.
—M e temo que tendremos que empezar de nuevo la reunión —d ijo Bustenga.
Tom Bustenga se levantó, salió de la sala, cerró la puerta ante la mirada despreciativa de los Umbert y volvió a entrar en la sala cinco segundo s después.
—E stá usted detenida, acusada de organización criminal, alteración del orden público e intento de asesinato, entre otros cargos. Por tanto, le ruego a usted, señor Umbert, que se marche . Gracias.
—O iga, polizonte, ahora mismo nos vamos a levantar los dos, nos iremos sin que usted diga nada y saldremos por donde hemos venido. Ya le diré a mi abogado que le llame para hablar con usted —d i jo Narcís.
—E lla no se mueve. Usted haga lo que le veng a en gana.
—S argentillo, mi hermana se levanta y se va conmigo, y no me haga decir lo que quiera que diga.
Ya sé que nos están grabando, por lo que no voy a amenazarle, no voy a hablar de que su cargo peligra, ni de sus hijos, ni de su mujer, ni de la mujer ni del hijo del otro policía, no, no es mi estilo.
No pueden detenerla, no hay pruebas y esto se acaba aquí.
Adiós —r espondió Narcís Umbert, visiblemente nervioso y realmente irritado.
Varios hombres armados entraron en la sala y esposaron a Anita Umbert y a Narcís Umbert. El mayor Bustenga los dejó allí mientras llamaba al director general de la Policía para comentarle el caso. El director general llamó al conseller y este, al oír esos nombres, llamó directamente a Bustenga.
—M ayor, valoro su profesionalidad demostrada a lo largo de estos años bajo mi mandato, y entiendo que tendrá sus razones y que seguro que son ciertas.
Pero no puede tener allí encerrados y esposados a dos de los mayores empresarios del país.
Son anc ianos , no se van a ir a ninguna parte.
Libérelos y hable con el abogado de esa familia para aclarar todo esto. Seguro que hay una ex plicación.
—C onseller, sepa usted que sus protegidos van a pasar la noche en comisaría y no obedeceré sus órdenes. Van en contra de mi profesionalidad, separación de poderes y rectitud.
—M ayor, le he dado una orden y no me dé explicaciones. Hable con el abogado de esa familia y sea más sutil en sus d ecisiones.
—N o acepto órdenes de su gobierno. Buenas tardes —s entenció Bustenga, colgando el teléfono.
El mayor Tom Bustenga se mantuvo firme y no cedió ante el dictamen del político.
Decidió mantener en prisión a los dos anc ianos , lo que provocó una llamada del abogado de los Umbert, exigiendo su libertad condicional.
Bustenga respondió que sería el juez quien determinaría si era oportuno.
Paralelamente, llamó a Jaume Albertí para informarle de lo sucedido y advertirle que los Umbert acusaban a Marga Vi lanov a de haber adulterado el Veyron, ordenando su búsqueda inmediata.
El Masnou, 16 de abril, primera hora de la mañana
Melvin, tras el naufragio del XP33 de Ivana, había conversado con Jaume, que estaba en Derio con sus suegros, para explicarle el abordaje.
Albertí le advirtió que tenían la casi certeza de que Marga podría estar detrás de la segunda serie adulterada de Veyron y le dijo que llamaría a Bustenga para darle la pist a de que Marga merodeaba por el puerto.
El mayor envió al sargento Juárez, un mulato rudo y con actuaciones que habían rozado el límite permitido por su mordacidad, un hombre nacido en La Habana, pero criado en Barcelona.
Puerto de El Masnou, 16 de abril, mediodía
Melvin vigilaba con Juárez desde el otro lado del puerto el barco de Marga, que a las diez en punto vieron cómo zarpaba.
Juárez, Melvin y dos policías de los cuerpos especiales, todos vestidos de pai sano , subieron a una lancha neumática de diez metros de eslora, con tres motores de ciento cincuenta CV cada uno, que había sido incautada a unos traficantes de hachís provenientes de Marruecos.
La motora alcanzó en menos de diez minutos el Oh Linda Margarita , el barco de Marga.
Pasaron por su lado y, en la cubierta, varios hombres estaban junto a Marga, quien llevaba el timón mientras uno de los guardaespaldas le masajeaba los hombros.
El viento era apenas de diez nudos. Juárez le dijo a Melvin que se mantuviera al margen; iban a abordar el barco y detenerlos a todos.
Juárez propuso disparar al mástil para que las velas cayeran encima de la tripulación y quedaran allí atrapados.
Sacaron sus armas y un tripulante del barco de Marga avistó la amenaza, gritando justo en el momento en que varias ráfagas de metralletas cogieron desprevenidos a los gigolós de seguridad de Marga, quedando la mayoría de ellos atrapados y heridos bajo los obenques, velas, pedazos de mástil y botavara.
El barco navegaba a la deriva. La lancha abordó el crucero y los Mossos subieron equipados para la guerra.
Los detuvieron a todos, incluida Marga, quien se enfrentó a Melvin al verlo mientras la esposaban.
—S iempre apareces como un mal sueño, Melvin. ¿Es tu obsesión conmigo o simplemente te gusta perder el tiempo jugando a ser policía? —d ijo Marga, mirándolo con desprecio.
—O bsesión no, fascinación tal vez. Tienes un talento único para dejar rastros de caos allá donde pasas. Es casi un estudio de caso —r espondía, con cierto tono irónic o, Melvin.
—T e divierte estudiarme, pero sabes que no descubrirás nada útil. Soy más compleja de lo que tu mente desquiciada puede manejar —e lla sonreía fríamente mientras pronunciaba esas palabras.
—C ompleja, por supuesto. Pero todo mecanismo tiene grietas, Marga, y las tuyas son demasiado evidentes. No te escondes tan bien como crees —P eaks arqueaba una ceja mientra s hablaba.
—¿ Eso es lo mejor que tienes? Mira, Melvin, si me vas a analizar, al menos hazlo bien. Pero claro, tú solo ves lo que quieres ver. Te enredas en tus propias teorías como un amateur —d ijo, con voz calmada y mordaz.
—S iempre dices que no sé nada, pero aquí estás, atrapada otra vez. No es teoría, Marga, es lógica. Y la lógica me dice que estás desesperada por controlar lo que está fuera de t u alcance.
—¿ Control? ¿Es eso lo que crees? Melvin, tú más que nadie sabes que no necesito controlar nada. Todo funciona según lo previsto, incluso tú, aquí, jugando tu papel.
—S i este es un papel, me quedo con el rol del loco. Pero te diré algo, Marga: los locos siempre terminan descubriendo lo que los demás prefieren ignorar. Y créeme, aún estoy empezando contigo —r es pondió él.
—T e enredas en tus fantasías, y eso te hace peligroso, pero no por lo que sabes, sino por lo que inventas —d ecía ella, y mientras pronunciaba esas palabras se acercaba a él pelig rosamente.
—I nventar siempre es un lujo, pero en tu caso ni siquiera necesito ser creativo. Todo está justo frente a mí. Ahora, vamos a ver si tu historia se sostiene bajo presión —s onreía Melvin como quien sabe algo más.
Melvin reía mientras se los llevaban esposados a la neumática. Sabía que esa noche habría sorpresa en l as celdas.