Expediente Serotonina Capítulo 21. Nández
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Capítulo 21. Nández

El secretario general del Ministerio de Finanzas húngaro despachaba con Jorge Nández, un influyente empresario español, según se comentaba en los corrillos de las reuniones más informales en la sede del Comité Económico y Social de la Unión Europea, considerado un conseguidor de tratos entre Estados y también entre empresas de distintos países de la Unión.

—S ecretario, la empresa que mencioné está dispuesta a comprar otra buena cantidad de esos principios activos —d ijo Nández con to no seguro.

—N o me dijiste el nombre de la empresa, solo que era española —r espondió el secretario, co n cautela.

—T odo a su tiempo.

—C ostará lo que te dije, más mi comisión: un quince por ciento adicional.

—¿ Quince? —i nterrogó Nández, levantando una ceja.

—Hay riesgo.

Nández calculaba cuánto le quedaría a él y no sabía si le valía la pena esa operación tan incierta por unos ingresos solamente de dosci entos mil.

—T ienes que rebajar un mínimo de cuatro puntos; si no, la operación no saldrá.

—U n doce.

Nández se levantó y se fue a la esquina del despacho del secretario general, junto a las ventanas que tenían vistas al Parc Léopold, para llamar por teléfono.

Conversó apenas tres minutos y le respondió al secretario que su cliente estaba de acuerdo con el doce por ciento si rebajaban el precio un tres por ciento.

Balazs cogió su teléfono móvil y fue él, en esta ocasión, quien hizo una llamada telefónica.

Estaban de acuerdo. El trato estab a cerrado.

Jorge Nández había pasado a tener una comisión para él de cuatrocientos mil, y ahora sabía que la visita de los directivos de la farmacéutica húngara y de Balazs a Barcelona supondría menos esfuerzo extra para su bolsillo.

La diversión sin límites exigida para cerrar estas operaciones, reservadas para machos heteros, era la gran especialidad de Nández.

Las prostitutas de más calidad y más caras, como decía él, eran coto reservado para compradores como Jorge Nández, quien llevaba toda una vida dedicado a ofrecer placeres «gratuitos» a empresarios, políticos, banqueros y directivos de clubes de fútbol a cambio de favores influ enciables.

Bruselas, 8 de abril de 2022

El ínclito Nández estaba siendo investigado desde hacía bastantes meses por la Guardia Civil junto con los Mossos d’Esquadra , en una operación denominada La Recóndita, y no solamente habían detectado delitos de blanqueo de capitales, tráfico de influencias, proxenetismo y trata de blancas y negras, sino que también caían supuestamente sobre sus espaldas crímenes de sangre.

Cuando el fiscal abrió de nuevo la carpeta, en parte olvidada desde hacía meses por falta de pruebas, se lo comunicó a Bustenga, este a Albertí y Jaume a Mel vin Peaks.

—¡ Jaume, sentimos mucho lo sucedido! Si te parece, tómate unos días y míratelo todo con perspectiva. Descansa —l e dijo Tom Bustenga.

—N o, Tom. Todo lo contrario, necesito distracción. Estoy listo para trabajar, lloraré por las noches, pero necesito estar al frente.

—Q ue te vea el psicólogo y decidimos.

—D éjate, ya tengo a mi comecocos p articular.

Albertí se enfundó su coraza antisentimental y se encontró con Peaks.

—O tro para tu libro.

—¿ Qué tiene de especial?

—¿ Te parece poco que tenga comprada a toda la troupe que te mencioné y que, además, esté, al parecer, traficando con principios activos ilegales o no aprobados en la UE? La Guardia Civil tiene a un topo que se hacía pasar por secretario de Finanzas de Hungría. Ayer pillaron in fraganti a Nández.

—¿ De qué tipo de principi os hablas?

—P ara ne uropatías.

—¿ Pruebas? —p regun tó Melvin.

—H emos encontrado transferencias bancarias a cuentas de paraísos fiscales de ida y vuelta, rastro de dinero blanqueado, donaciones muy importantes a varias instituciones públicas y, por último, una confidente, que hace de madame en un club de lujo, nos ha contado bar baridades.

—P ruebas del medicame nto, digo.

—H ay material, sí. Pero lo peor es lo del club d e alterne.

—¿ Trata de mujeres? —p regunta ba Melvin.

—Y tráfico de drogas, extorsión y asesinato.

—¡ No está nada mal!

—P ero lo que parece es que el dinero es su perdición —a sev eró Jaume.

La policía, con los testigos comprometidos a declarar, obtuvo la orden de detención y fue en busca de Nández, que aterrizaba ese día por la noche en El Prat procedente de Bruselas.

Pero prefirieron que se fuese a su domicilio, absolutamente vigilado, para detenerlo en Castelldefels, en su casa, una increíble mansión delant e del mar.

—¿ Está el señor Nández? —p reguntaba Albertí a la chica de servicio que había abierto la puerta de su residencia, mientras unos quince miembros de los cuerpos de seguridad, armados hasta los dientes, rodeaba n la casa.

—N o sé si ha llegado. Estaba de viaje y creo que regresaba o esta noche o mañana.

—V aya a mirar, por favor.

Nández, que acababa de entrar por la puerta del parking de su casa, vio desde la ventana de su despacho todo el dispositivo desplegado y decidió llamar a Ricard Riubrugent, s u abogado.

—T ranquilo, entrégate, no hagas tonterías. Voy para comisaría.

Se lo llevaron a Sabadell y allí durmió en una celda sin que Riubrugent pudiese hacer nada hasta la mañana siguiente.

Sabadell, 9 de abril de 2022

En la sala de interrogatorios, Jorge Nández esperaba con cara de sueño, confiando en que Ricard Riubrugent solucionaría su situación con sus conocidas estrategia s legales.

—E sta vez tienen muchas pruebas, Jorge. Han pillado lo de los medicamentos húngaros. Hace meses que traficas con eso y te ha traicionado tu último cliente. El secretario de Finanzas húngaro, con quien estuviste ayer, era u n señuelo.

—M e cago e n la puta.

—Lo siento.

—P ero vamos a ver, ¿no tenemos a toda esta banda de la Guardia Civil y los Mossos comprados?

—T e han traicionado, lo tenemos mal. Es mejor confesar y reducir penas —c ontes tó Ricard.

—¿ Qué coño me estás diciendo, Ricard? A esa clienta tuya, no digo nombres, la has salvado de cos as peores.

—E s diferente.

—¡ Una puta mierda! ¿Te la tiras, pedazo de picapleitos? ¡Ayúd ame, coño!

—M inimiza, miente algo, pero confiesa.

Nández se sentó en una silla de plástico mugrienta y dejó caer su cabeza entre las piernas. Estaba abatido. El gran triunfador parecía ha ber caído.

Jaume, Melvin y el teniente de la Guardia Civil Eusebio Cruz entraron en la sala de interrogatorios. Al cuerpo de policía español le interesaba solamente la parte del contrabando y el tráfico de drogas o de dinero en las fronteras. El resto era un tema de l os Mossos .

—B uenos días, señor Nández —s e dirigió a él Jaume Albertí, presentando a los miembros d el equipo.

—¿ Qué pinta aquí el científico? —p reguntó Nández, con descons ideración.

—C ientífico de los Mossos . Dado lo que tenemos entre manos , es una explicación suficiente —r espondió Albertí, cortante.

En la sala, Nández, cabizbajo, mustio, amarillento incluso, en definitiva, casi derrotado, pero solo casi, cavilaba sus posible s salidas.

Le leyeron todos los cargos contra él, las pruebas que lo identificaban como el eje de una trama de corruptela entre empresarios, políticos y un sinfín de personalidades del mundo económico y social de cierta relevancia.

También le mostraron el porqué de la acusación de proxenetismo, tráfico de mujeres, blanqueo de capitales, compraventa de drogas y asesinato.

—¡ No, asesinato no! —g ri tó Nández.

—I remos a eso luego. Queremos saber el destino de esa medicación no autorizada por la Unión Europea, proveniente de Hungría —d ijo el guar dia civil.

—N o sé de qué me habla.

—M ire, Nández, su abogado ya se lo ha dicho: ayer le tendimos una trampa. Así que cante.

—¿ Qu é quieren?

—S aber a qué laboratorio iba dirigida la mercancía —s eguía atornillando Jaume, con su inicio de iras cibilidad.

—T antos topos y ¿no saben eso?

—¡ No me toque los bemoles, Nández! —g ritó el guardia civil, aporreando la mesa de interr ogatorios.

—N o me intimida con sus golpes. Yo solo era un transmisor. No sé el la boratorio.

—¿ Transmisor? ¿Quién lo contactó?

—Una mujer.

—¿ Nombre?

—¿ Cuánto reduce mi pena e se nombre?

—L o trataremos bien —d ij o Albertí.

—¿ Cuánt o de bien?

—J odido mamón, aquí ordenamos nosotros. ¿No quiere proporcionarnos el nombre? No hay problema, vamos a por el tema del asesinato —a menazó Jaume, a quien ya le importaba todo po co o nada.

—S egún el relato de nuestro testigo, usted, la noche del veinte de febrero de este mismo año, en uno de los piso s de lujo que tiene repleto de chicas de países del Este esclavizadas, le pegó una impresionante paliza a una mujer ucraniana porque se negó a hacer un trabajo sexual asqueroso al vicepresidente de un importante club de fútbol.

Esa mujer, tras su agresión, fue llevada al hospital y murió a pesar de ser intervenida de urgencia para atajar la hemorragia interna —r elató el guar dia civil.

—K arina, hij a de puta.

—N o, era Irina.

—K arina, l a chivata.

—¿ Entonces lo reconoce?

—E l directivo del club de fútbol fue realmente quien la apalizó, yo solamente intenté frenarlo.

—¿ Qué sentía cuando, según usted, el directivo la golpeaba? —p regun tó Melvin.

Nández se quedó en blanco. No respondía, per o lloraba.

El teniente Cruz, de la Guardia Civil, tomó a Jaume aparte, cuestionando por qué desviaban el interrogatorio hacia el crimen de sangre.

Albertí le dijo que, en realidad, de eso no tenían pruebas sólidas y buscaban su confesión para incriminarlo definitivamente.

El guardia civil, ante la situación, decidió educadamente dejar la sala y que los Mossos co ntinuaran.

—D ime, Jorge, ¿no tenías ganas de parar a ese energúmeno que la estaba cosiendo a puñetazos? ¿Sentías compasión, pena o placer? —s iguió preguntan do Melvin.

—P lacer no. Sentía que era lo justo. La mu jer debía.

—¿ Debía? ¿ Debía qué?

—H acerlo. Está obligada. La pago cada mes puntualmente y con bonus por índice de satisfacción de los clientes.

—C laro, es de tu propiedad. Ya entiendo —a puntó Jaume, irónico y amenazando con su puño para darle un guantazo.

—E s mía. La compré. Debe hacer lo que yo diga —N ández empezaba a respirar y a levantar la cabeza con gestos ciertamente extraños, según considera ba Melvin.

—¿ Quién le pegó? —p regu ntó Jaume.

—E l directivo empezó y yo acabé lo que era necesario.

—D inos el nombre del directivo, eso t e ayudará.

—C laro. Seguro. Y el nombre de la tipa del laboratorio, ¿y qué más? ¿Me ayudarán? ¿A qué? ¿A salir de aquí para que me peguen un tiro en el cogote?

—E so no pasará. Tendrás protección y nadie sabrá que l o dijiste.

—¿ Por qué fiarme de vosotros, p olizontes?

—N o te queda otra —d i jo Melvin.

La cara de Jorge Nández era un poema. Estaba totalmente ido, con los ojos abiertos como soles, irradiando violencia y dese speración.

—M i abogado me ha dejado tirado. Todo iba bien y no sé qué coño ha pasado, que han fallado todas mis redes de seguridad. Y, sinceramente, la otra clienta de mi abogado, la que me contrató para traer esos med icamentos…

—¿ Cómo se llama?

—E sa tipa, para salvar su culo , me ha tirado a los perros, pero aquí solo no me hundo.

—Q ué asco de mujer. ¿Nombre? —g r itó Jaume.

—M arga, Marga Vi lanov a… puta mierda…

—B ingo —d i jo Melvin.

—… y el cerdo que se cargó a la ucraniana fue Alfonso Costales. A la mierda todo… Tiro en la nuca, pues a tomar por saco la vida de mierda…

Se levantó histérico intentando coger la pist ola de Jaume, pero este le pegó esa guantada prometida.

Cuando salieron de la sala pocos minutos después, Melvin dijo que le haría varias pruebas tomográficas y unas cuantas sesiones de psicoanálisis, porque consideraba que se podría extraer información interesante y fácil para su libro.

—H e de saber de dónde sale tanta soberbia, tanta agresividad, tanta debilidad y tanta cobardía a la vez. Es sor prendente.

—E spero que puedas acabar con eso, porque la amenaza que ahora se cierne sobre él es muy dura. Mírate el dedo que no tienes.