Capítulo 20. Arenas Movedizas
Melvin Peaks aspiraba a reconducir la relación con Ivana y ese día, sabiendo que ella estaba en el Club de Vela, decidió que primero iría a verla y después se acercaría a la comisaría donde Jaume lo había citado. Era una buena oportunidad para darle al inspector su apoyo.
El viento de poniente soplaba racheado, con una velocidad de veintidós nudos.
Ivana estaba dirigiendo personalmente los entrenos del equipo español de Óptimist, que estaban preparándose para el mundial que se celebraría en Tallin durante el mes de julio.
Diez embarcaciones navegaban por el triángulo de boyas montado por Ivana, practicando los diferentes rumbos, testeando las velocidades de los barcos y probando material diverso.
Una lancha de ocho metros se acercaba a toda velocidad por babor hacia la zódiac que conducía Ivana, quien se puso en pie para frenarla con gestos y evitar que molestase a sus muchachos.
La Sunseeker redujo la velocidad e Ivana vio a Melvin, que la saludaba desde la proa de la embarcación.
Ivana reprimió un suspiro: no deseaba verlo allí en ese momento.
Cada cosa en su sitio y a su hora, pensaba ella.
Si estaba trabajando o navegando, no le fascinaba en absoluto que gente que no perteneciese a ese entorno y que pretendía tener una relación más que personal apareciese de la nada sin previo aviso; sorpresas, las justas.
Era una mujer libre y no tenía ninguna apetencia por compartir su vida con alguien, aunque Melvin era un tipo curioso, gracioso e interesante.
No era su estilo, pero reconocía que algo de encanto había en él.
Pero, si hubiese estado enamorada, su corazón le habría dado un vuelco, y nada más lejos de ese pseudose ntimiento.
Peaks, ajeno a los pensamientos de Ivana, saludaba con ambos brazos enérgicamente, dando saltos.
Ella lo observó desde la distancia, pensando que, a pesar de su excentricidad, era divertido.
Sonrió brevemente, cubriéndose la boca para que no la viera, antes de girarse para volver a centrarse en su trabajo.
Autodefinió esa sensación como una relación «de no, pero sí, y a veces m e sobras».
Melvin aminoró la velocidad para poder escuchar y cantar bien una de sus preferidas, Psycho Killer , de Talking Heads.
Estaba solamente a cien metros de la zódiac de Ivana.
Qu’est-ce que c’est? , cantaba. Ivana se puso de pie en su lancha, se giró sobre sí misma y Melvin se quedó sin respiración.
Sintió escalofríos, sentía algo especial, como cuando había estado con la pieza más indomable y maléfica que había conocido en los últimos meses, Marga; un sentimiento igualmente excitante, pero radicalmente diferente.
Melvin estaba a diez metros, la miró fijamente con una pose de marino entre experimentado y graciosillo, sonriéndole con picardía.
—M elvin, no es el mejor momento, de verdad —d ijo ella, apretando los labios y reprimiendo un a sonrisa.
Melvin, decidido, abarloó su embarcación junto a la zódiac de Ivana y rápidamente amarró dos cabos a proa y popa de ambas embarcaciones. Saltó sobre la lancha neumática, pero con su torpeza habitual cayó rodando hasta quedar tendido a los pies de Ivana.
—I vana —b albuceó Melvin, aún en el suelo.
—M ira que eres patoso —r espondió ella, soltando una risa que no pudo contener.
—Y a lo sé, pero es que me encanta estar a tus pies.
Ella se arrodilló frente a él, mirándolo fijamente antes de responder con seriedad:
—M elvin, me haces reír y, al mismo tiempo, me das pena. Pero no necesito a alguien como tú. Perdería el poco equilibrio que me queda.
Para Melvin, esas palabras solo reforzaron su enamoramiento. ¡Qué mujer tan increíbl e!, pensó.
—M e encantas —g ritó Melvin, sin importarle la audiencia.
—B asta. Estoy trabajando y aquí hay niños que lo oyen todo.
—N o me iré hasta que me escuches.
—M elvin, lárgate ya —s e puso ella muy seria.
—M e marcho si me concedes una cerveza cuando llegues a puerto.
—E n una hora, en el puerto. Per o vete ya.
—¿Vendrás?
—S í, pesado. Ahora vete —d ijo ella, girándose de nuevo para que él no viese cómo sonreía más de la cuenta por una conversación trivial como esa.
Melvin desamarró y se marchó a toda velocidad con la boca abierta hasta Badalona para tomar todo el aire que necesitaba.
Le encantaba ver el perfil de la costa del Maresme desde el mar; no era bello, pero le daba paz, algo que necesitaba a menudo.
Pensó en lo que podría ser esa relación con Ivana y se hizo ilusiones.
Nunca había sentido lo que todo el mundo denominaba enamoramiento y a Melvin le cayó una lágrima al pensar que lo tenía a tocar.
Se pasó la manga por los ojos. Me va a dar calabazas, soy demasiado raro, quizás necesito a un psiquiatra . Se rio de sí mismo un a vez más.
A la altura de las tres torres de Sant Adrià viró en redondo, dirigiéndose hacia El Masnou, y quince minutos más tarde entraba en el puerto de esa población.
Melvin devolvió las llaves en la tienda donde había alquilado la embarcación y, cabizbajo, pensaba cómo debería comportarse para poder prenderla en su red.
¿He de ser saleroso, simpático? Mi madre me diría: sé tú mismo, pero entonces seguro que no con sigo nada .
Estaba en la terraza del bar El Timonel y le envió un mensaje a Ivana con su ubicación.
Sonaba de fondo What a Fool Believes . Llevaba dos vermuts Cisa y, añadiendo su ansia, empezaba a ver las cosas como si tuviese cataratas.
El viento de poniente había dejado un cielo fantástico; le parecía estar en Canadá, podía respirar ese salitre que tanto le gustaba y que le recordaba a su tierra, a la que tenía cierto cariño, pero que no añoraba en absoluto.
Ivana apareció de entre las embarcaciones amarradas, como una figura angelical.
A Melvin se le encogió todo su ser. Junto a ella iba un guaperas enfundado en su traje de aguas, cogiendo a Ivana por el hombro con actitud muy cariñosa.
Melvin se levantó de golpe y de fondo sonaba ahora Killer Queen , que lo puso a tono para enfrentarse a ese intruso.
Melvin debía actuar rápido, pero esta vez no podía hacer el rid ículo ; debería actuar inteligentemente, sin ser demasiado impulsivo.
—¡ Oye, guaperas! Suelta a la chica —d ijo entre serio y con un intento de ser gracioso, pensando, una vez dicho, que inevitablemente estaba siendo grotesco.
El acompañante de Ivana estalló a carcajadas y a Ivana le contagió esa situación, más aún en ella, que era una mujer de risa fácil.
Las otras mesas del bar empezaron a ver la escena y también se engancharon a la carcajada general, con un Melvin que era una estatua fuera de su museo y que no podía articular palabra.
Pero Ivana empezó a frenar sus alegrías al ver el rostro de tristeza y enfado de Melvin.
Se acercó a él con cara de cordero degollado y Peaks la intentó besar delante de todo el mundo, pero ella lo apartó sutilmente para no humil larlo más.
—T e presento a Daniel, m i hermano.
Peaks se sonrojó como nunca lo había hecho.
Vaya pedazo de chasco, pensó, y no sabía cómo reaccionar, así que, sin decir nada, le dio una palmadita en la espalda al her mano y a ella le guiñó el ojo.
Debía cambiar de tema y disimular. Llamó por teléfono a Jaume Albertí, mientras el color tomate de su cara iba tornándose rosa.
Se atrevió gestualmente, mientras telefoneaba, a invitarla a cenar, cosa que a ella, delante de su her mano , amigos y conocidos del puerto, no le gustó nada, y le devolvió también con señas que no, que no podría.
Lo saludó con la mano y lo dejó allí tieso hablando con Jaume.