Expediente Serotonina Capítulo 19. Agur
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Capítulo 19. Agur

Ya no había nada más que hacer. La mujer y el hijo de Jaume Albertí ya no mostraban actividad cerebral; la sustancia desconocida los dejó en muy pocos días en una vía muerta, en profundo coma, y quedarse en estado vegetativo o la eutanasia eran las únicas opciones.

Jaume ya no estaba triste; ahora era un hombre delirante, colérico y profundamente herido.

En el hospital ya no hacía nada, así que se fue sin un rumbo definido, andando desde el Clínic, bajando por Villarroel hasta la calle Riera Alta.

Su mente giraba en torno a Alexander, Marga, los Umbert…

¿Quién era el verdadero asesino de su familia?

La tentación de ir directamente hasta La Final lo asaltó, pero pensó en Melvin, su necesario compañero del Expediente Serotonina, como había bautizado el propio Peaks al caso que tenían entre manos . Jaume decidió llamarlo.

—P eaks, hace días que no sé de ti.

—E stoy en el hospital.

—¿Todavía?

—A punto para largarme del Vall d’Hebron. No soporto más las batas blanc as. ¿Y tú?

—K epa y Elena… ya no…, no… —J aume se atragantó, incapaz de continuar.

—¿ Qué? —p reguntó Melvin, elevand o el tono.

—E stán en coma. No hay solución.

—¡ Go d damn it!

—N ecesito compañía o me voy a hundir.

—J aume, veámonos. Aunque no soy el mejor sedante, e staré ahí.

Jaume Albertí, un hombre fuerte, había dedicado toda su vida al trabajo y, cuando sobraba tiempo, lo dedicaba a la familia; los pocos amigos que cultivó de joven los perdió por su falta de atención, algo que podría haber sucedido con Elena si no hubiese estado tan locamente enamorada de él.

Jaume siempre pensaba en cómo ayudar a los demás desinteresadamente y creía que quizás, con un poco de esfuerzo, podría auxiliar a esa alma alocada de Melvin, pero también se planteaba que él mismo necesitaría auxilio en breve.

Ese terrible golpe que estaba a punto de cambiarle la vida por completo le penet raría en el corazón sin saber cómo podría reaccionar su psique.

No obstante, siendo conocedor de su condición de policía, seguramente le apetecería degustar la venganza sin contem placiones.

Hospital Vall d’Hebrón, 4 de abril de 2022

—M íster Peaks, ¿cómo se encuentra?

—B ien.

—D éjeme examinarlo —d ijo el doctor mientras revisaba sus signos vitale s—. Está perfecto. Le doy el alta, pero tenga cuidado con los narcóticos qu e consume.

—E ncima será culpa mía.

—L o veo en una semana en mi consulta. La enfermera le dará los detalles.

Derio, Euskadi, 6 de abril de 2022

Jaume había conducido desde Figueres a Bilbao la noche anterior acompañado de sus padres.

Se alojaron en casa de sus suegros. Era la hora señalada.

Se dirigían desde la calle de Miramar, en Getxo, hacia el cementerio de Derio, donde serían enterrados Elena y Kepa.

No hizo falta la eutanasia activa; el veneno acabó con ellos antes de lo esperado.

Era un día soleado, precioso para algunos, pensaba Jaume, que después de dos días de autoconcienciación había decidido, o eso creía, que quería seguir viviendo, como mínimo hasta el momento en que pudiese atrapar a los inhu manos asesinos de su familia.

Tras eso, quizás volvería a pensar si valía la pena seguir e xistiendo.

Los dieciséis kilómetros desde la casa de los padres de Elena hasta Derio, Albertí se los pasó discutiendo consigo mismo sobre cuáles eran las razones por las que una persona merecía morir cuando la edad del deceso era inferior a la edad media de la esperanz a de vida.

Su padre se ofreció a conducir, obligado por su madre al observar el estado de cuasi alienación mental de su hijo Jaume. Marcel y María, los padres de Jaume Albertí, habían sobrepasado los setenta, pero aún no se consideraban tercera edad ni mu cho menos.

El día soleado permitió que el párroco oficial y amigo de los padres de Elena, personas absolutamente devotas, celebrase la ceremonia en una sala pequeña, pero con jardín exterior.

Jaume no estaba allí; ya había desconectado de toda aquella parafernalia, inútil para él: ¿de qué servía que viniese un montón de gente a decirles cosas como: lo siento, sé fuerte, Jaume…

, la vida es así…, lo superarás…, adelante… , te acompaño en tu dolor …?

El cura, por su parte, explicaba que nuestros her manos Elena y Kepa ya estarían en el Reino de los Cielos abrazados por Dios.

¡Qué coño!, pensó Albertí. Qué mierdas se inventan para tener a la gente enganchada a esa patraña desde hace siglos , murmuró.

Una tía de Elena, de esas tías de las de antes, que estaba justo detrás de él en la capilla, oyó el comentario de Jaume y le propinó una patada.

A Jaume le dolió la coz de la hermana de su suegro e instintivamente se giró y la miró como cuando observaba a un asesino antes de torturarlo en un interrogatorio.

Ella solamente era temerosa de Dios, así que le aguantó el repaso sin pestañear.

Seguía pensando qué sentido tenía aquello.

Había accedido a enterrar a su mujer y a su hijo lejos de donde él vivía y trabajaba, y con un rito que sí, que quedaba muy bien, que estaba estandarizado, pero que Elena hubiese despreciado y su hijo segurament e también.

Abandonó su asiento, se dirigió a los dos ataúdes que estaban allí postrados, los besó y se largó por el jardín. Su padre fue tras él; tenía miedo de que cometiera alguna atrocidad.

Jaume paseaba por el cementerio, pensativo, y su padre lo cogió por el hombro.

Jaume lloraba desconsoladamente; Marcel intentó ayudarlo explicándole su experiencia cuando murió un her mano suyo a los dieciséis años y él tenía dieciocho.

Pero Jaume ni escuchaba ni oía. Se sacó la pist ola de la funda, se la puso en la boca y se disparó. Albertí cayó de rodillas al suelo.

—N o lo vuelvas a hacer, ni con balas ni sin ellas. Ya ha habido suficientes muertes, ¿no? —g ritó Marcel cuando Jaume simuló dispararse con s u pistola.

—N o es que no quiera vivir, es que ya no puedo más.

—L o peor que te podía pasar ya ha sucedido, pero los que seguimos vivos no merecemos s ufrir más.

—N o voy a superar esto, papá. Solo quiero vivir para i r de caza.

—¡ Jaume, por favor!

—¿ Sabes lo que es ver un día tras otro a asesinos, drogadictos, traficantes de mujeres, de armas, auténticos psicópatas a los que les importa una mierda ni la vida de los demás ni la su ya propia?

—T ú elegiste esa profesión.

—Y me ha superado. Todo me importa una puta mierda.

—¿ Tan poco te importamos tu m adre y yo?

Jaume se dio cuenta de que había ido demasi ado lejos.

—N o te conviertas en lo que od ias, hijo.

No dijo nada, se quedó pensativo. Se abrazó con su padre y regresó al coche.

—O s espero en el coche. Cuando lleguéis, volvemos a Figueres. Que sus padres los entierren; yo me quedo con los recuerdos.

Durante el camino de vuelta, Jaume condujo mientras sus padres dormían y aprovechó para escuchar algo de música que lo animara y poder pensar en la persona que él mismo había sido.

«First of the Gang to Die», le dijo a su Polestar, y mientras se deleitaba con la melodía pensó en sí mismo, pero también en cómo sería ese Héctor que Morrissey se había imaginado.

Se sentía estúpido y, por primera vez después de tres días, tuvo necesidades humanas de nuevo.

Tuvo hambre, pero hambre de la intolerable, así que paró en un área de servicio y se compró varios paquetes de bollería industrial con mucho chocolate, llena de aceite de palma, y una Coca-Cola helada.

Sus padres fueron al baño, se tomaron unas hierbas para poder seguir durmiendo.

Su hijo volvía a ser ese chico duro, ese que siempre quiso se r policía.

—¿ Sí?

—A lbertí, perdona que te moleste, pero ha sucedido algo increíble.

—¿ Qué?

—E l fiscal me ha autorizado a que investiguemos a tu amigo Nández. Al parecer, ha y pruebas.