Capítulo 18. Los Umbert
El castillo La Final estaba espléndido. La primavera se había apoderado plenamente de los jardines que rodeaban el castillo de los Umbert, gracias en parte a las lluvias de los últimos meses y al cuidado de todo el equipo de jardinería que capitaneaba Hugo.
En esa mansión habitaban Anita Umbert, sus dos her manos , Félix y Narcís, sus respectivas esposas y algún hijo garrapata con los respectivos nietos.
Era una residencia del XVI, reformada al estilo modernista a principios del XX, con más de veintiuna habitaciones, cada una con su propio baño, y unas diez personas de servicio.
La familia Umbert era una estirpe que se remontaba a principios del siglo XV y tenían absolutamente documentado el origen del linaje y de todos sus integrantes desde aquellos tiempos hasta el presente.
Un enorme árbol genealógico, que se iba completando puntualmente con decesos y nacimientos, estaba expuesto en una sala contigua a la gran biblioteca.
Era una familia de terratenientes, más tarde de armadores de marina mercante, comerciantes con las Américas durante siglos, y en paralelo crearon empresas de todo tipo, compañías de las que algunas subsistieron, como los Laboratorios Umbert, y otras fracasaron, pero quedaba mucho poso pa trimonial.
Anita acababa de llegar del laboratorio.
Les anunciaron a ella y a sus her manos que la cena estaba a punto de ser servida en la gran mesa cuadrada del comedor principal.
Pocas veces los ágapes consistían en manjares lujosos; todo lo contrario, la sencillez imperaba en La Final, no por racanería, sino por tradición.
El producto era bueno, pero sin florituras.
Esa noche comieron el último trinxat de la Cerdanya de la temporada; la época de col de invierno se acababa.
De segundo, una tortilla de ajos tiernos con pan con tomate.
Los postres se los servía cada uno. En el centro de la mesa, el servicio colocaba dos fuentes, una con frutas de temporada y la otra con queso, yogures y alguna pieza de r epostería.
Se sentaron a la mesa Anita, Félix y Narcís, que era el más joven de los tres her manos , exhibiendo un aspecto fantástico: alto, delgado, anor malmente musculado para su edad, con cabello blanco peinado hacia atrás y con dos ojos verdes enormes.
Su cara era redonda y su nariz, más bien grande.
No era guapo, pero tenía faz de hombre inteligente y mucha planta.
Narcís era el alcalde de El Masnou desde hacía treinta años, un auténtico cacique que no había forma de que perdiese unas elecciones; el municipio estaba a sus pies por pode r y temor.
Félix era el patriarca, el jefe de la familia por quien pasaban todas las decisiones trascendentes y terrenales.
Controlaba el patrimonio a la perfección, no se le escapaba nada y viajaba a menudo a Sudamérica para fiscalizar a su hijo Paco, quien dirigía las propiedades fabriles y explotaciones agrícolas de ultramar.
Félix se acercaba a los ochenta y cinco gozando también de un físico envidiable, cuatro tonterías y alguna pastilla cada semana.
Su partido de tenis o el entreno con Hugo a diario lo mantenían en bu ena forma.
—M uy bueno el trinxat , Anita —o p inó Félix.
—E s que Virginia es una gran cocinera. Desde que llegó de Santo Domingo contigo, ha progresado una barbaridad —dijo ella.
—Q ué vista tuve, otro gran fichaje de los míos —s ostuvo Félix, mientras todos reían a carcaja da limpia.
—S i les das una oportunidad a esa gente, son aprovechables. Yo tengo muchos morenos en el Ayuntamiento y, aparte de fidelidad, hacen servicios dobles. Y agradecidos que están, no como otros —d i jo Narcís.
—A ti lo que te pasa es que te va mucho el color de ellas —l e dijo Félix a Narcís.
Los dos hombres rieron. Ella sorbió de su copa de vino, mirándoselos de reojo con el ceño fruncido.
Anita se levantó y le dijo al servicio que no molestasen. Cerró la puerta que daba al distribuidor de la cocina y también la de la biblioteca que daba al jardín. Ambas con llave. Seguidamente cogió su tablet y activó el desinhibidor de micrófonos, teléfonos móviles y g rabadoras.
—¿ Nos quieres decir algo, Anita? —p regun tó Narcís.
—S í, y mejor a puerta cerrada —r espo ndió ella.
Anita abrió el botellero y sirvió tres whiskies de malta con hielo. Los tres her manos brindaron como hacían ca da semana.
—¿ Tienes controlado lo d el Veyron?
—S oy yo quien va a hablar primero; las preguntas, después. Pero, para tu información, está controlado —dijo Anita.
—N o opino lo mismo. La policía está encima de ti, han analizado las pastillas y tienen claro que eso es la causa de los suicidios.
—¡¡ Félix, basta!! —gritó ella.
—E xplícame tu plan, pues —i nsis tió Félix.
—Q uienes están muriendo son desgraciadas, pobres, lisiadas, gi tanos , amarillos, muchísimos morenos y, en general, un colectivo con pocas posibilidades de autosubsistencia. ¿Te preocupa? —a p untó ella.
—S i la causa es un medicamento que fabricas tú, sí —a pretaba el mayor de los tres.
—E s un específico legal. Si la gente no sabe consumir, no es culpa nuestra —dijo ella.
—M ira, Félix, todo ayuda y hay mucho por hacer todavía.
El trabajo que hemos hecho en El Masnou es un ejemplo durante todos estos años, ya lo sabéis: no hay ni un pedigüeño, ni un sintecho, ni un perroflauta de esos, ni una mezquita, ni un bazar, ni un mantero, y no hay delincuencia —v ociferó demagógicamente e l alcalde.
—H emos de seguir con nuestra diálisis particular de esta sociedad podrida —h abló Félix, empezando a subir el ton o—, pero esas pastillas nos pueden arruinar y, si no, al tiempo.
—N o me seas agorero, Félix. Los controles de calidad y sanitarios del laboratorio son muy exhaustivos —dijo ella.
—Q ué tozuda eres, Dios mío —c onte stó Félix.
—C omo tu madre y tu hija —r epl icó Anita.
—E rre que erre. Hablando de eso, a la que fue tu hija adoptiva la he visto merodear por aquí otra vez. ¿A qué viene esa aquí ahora? —p reguntó Féli x a Anita.
—N ecesita protección. Empezó su venganza y está en apuros —c ont estó ella.
—¿ Estás n ostálgica?
—L o pasado olvi dado está.
—A nita, por favor, aunque seas titanio puro, si pierdes a una hija…
—…adoptiva…
—… bueno…
—¿Bueno qué?
—Ya sabes…
—Y dale, no e s mi hija.
—N o sigo. Tú sabrás, pero ojo con ella.
—V amos a fumar —m an dó Narcís.
Se levantaron y se fueron hacia la biblioteca. Abrieron la puerta del jardín, se encendieron tres puros y echaban humo entre libros y multitud de maquetas de barcos de sus antepasados, que hicieron fortuna gracias a las Américas.