Capítulo 17. Moscas
El olor era nauseabundo, insufrible. ¿Y ese zumbido de avión estropeado qué puñetas era?
El vecino del cuarto segunda llamó definitivamente al administrador de fincas para quejarse de esa fetidez continua que se respiraba en la cuarta planta del cuarenta y siete de la calle Hospital.
Tras el clamor de todos los habitantes de ese edificio y sin haber conseguido que el representante de la propiedad del inmueble apareciese por allí, llamaron a l a policía.
La Guardia Urbana se presentó por fin a media mañana, a la hora del tercer café.
Con la ayuda de los que allí habitaban, más de la mitad inmigrantes, encontraron la procedencia del olor: el cuarto cuarta.
El cabo de la Urbana decidió tirar abajo la puerta del piso por su cuenta y riesgo, pero su compañero le sugirió llamar a los Mossos y, al no encontrar respuesta en su superior, se encogió de hombros, aceptando su temeridad.
Dentro del piso había más moscas que en un establo de vacas sin limpieza semanal.
Estaba plagado, era una negra nube asquerosa y con un zumbido insoportable.
No había visibilidad, pero lo que sí existía era una emanación odorífera de carne en estado de descomposición espantosa.
El segundo del cabo, siguiendo órdenes, fue a la tienda de la esquina a buscar varios botes de insecticida y varios de ambientador.
En esos minutos de espera, la brigada de homicidios de los Mossos apareció en escena.
Baldret y otros dos hombres llegaron al cuarto cuarta ataviados con máscara antigás, armilla antibalas y una semiautomática e n la mano.
—P or favor, cabo, ¿nos deja entrar? —l e dijo el sargento Baldret al cabo de la Urbana.
—P ero si no se ve nada —d ijo la polic ía urbana.
—Manolo, dale.
El agente Manel accionó el lanzallamas, quemando una buena parte de los insectos que all í volaban.
—B uena escabechin a, chaval.
—G racias, sargento —c onte stó Manel.
—A bre todas las ventanas.
Los tres agentes entraron en el piso despacio y con precaución. Los hombres de la Guardia Urbana los seguían. Baldret se gir ó y gritó:
—F uera, coño —d irigiéndose a lo s urbanos.
Era un piso pequeño, no existía recibidor, la entrada ya era la sala de estar y la cocina. En un sofá de polipiel marrón yacía un cuerpo de no más de un metro y medio de estatura. Baldret se acercó poco a poco. Estaba cubierto de moscas que devoraban la carne de una ch ica joven.
—S argento, aquí en la habitación hay tres más. Un hombre, una mujer y un chico joven. Y todo despejado —d ijo el ter cer mosso.
—U no a uno, no me estreséis. Manol o, espanta a las moscas —d ij o Baldret.
—¿ Qué dice, mi sargento?
—P ues eso, mos cas fuera.
—¿ Cómo, sargento?
—P ues no sé, coño, pero no podemos joderla. ¿Y si tiramos matamoscas de ese que ha traído el urbano?
—¿ Y si no las mata? —d i jo Manolo.
—H ombre, el Raid es efectivo. ¿Es Raid, no, cabo? —p regunt ó Baldret.
—S í, es Raid Ultra para moscas resistentes —c ontestó a carcajada limpia el cabo de la Urbana.
—N o se ría, coño, que esto es muy preocupante. Si tiramos matamoscas, quizás nos cargamos pruebas —d ij o Baldret.
Los miembros de la Urbana no podían para r de reír.
—P ero, sargento, ¿y si tir amos agua?
—¿ Y si con el agua la liamos? Llama a Albertí, él es el jefe, que decida él, coño… —d ij o Baldret.
—I nspector, estamos aquí y… las moscas —l lamaba Manol o a Jaum e Albertí.
—¿ Qué puñeta dices, Manol o? —p reguntó el inspecto r Albertí.
—Q ue tenemos aquí un montón de cadáveres llenos de moscas y no sabemos qué hacer: si tirar agua, inse cticida o…
—¿ Por qué no disparáis a las moscas, idiota? Venga, cojones, tirad insecticida antes de que las moscas se coman má s pruebas.
—¿ Seguro, inspector?
—S íííííííí —g rit ó Albertí.
—D e acuerdo, d e acuerdo.
—¡¡ Pensaba que eso lo enseñaban en la academia, joder!! Voy para allí —d ijo desesperado Albertí gritando.
Cuatro cadáveres semidescompuestos y parcialmente corroídos por insectos voladores y de otros tipos, un festín animal.
Las paredes estaban decoradas con un papel pintado de flores que originalmente debían ser margaritas blancas; ahora eran más bien dalias negras, a conjunto con el macabro espect áculo .
La cocina estaba llena de platos sucios, la televisión en el suelo, vino en tetrabrik, botellas de alcohol barato y… lleg ó Albertí.
—S eñores de la Urbana, gracias por sus servicios. Si no les importa, pueden ir a la calle a vigilar que nadie entre; luego precintaremos conj untamente.
Los ur banos se fueron escaleras abajo hacia el portal de la entrada de la finca.
—A sus órdenes, mi sargento, y, por cierto, que cacen muchas moscas —d ijo el cabo mientras el resto de ur banos seguían con el jolgorio de c arcajadas.
Albertí entró cabreado en el cuar to cuarta.
—B aldret, ¿a qué ha venido el numerito de las moscas? No entiendo qué cable se te h a cruzado…
—H ola, Albertí… Alguno , supongo…
—V enga, luego me explicas. A ver, ¿qué tenemos, aparte de este olor na useabundo?
—U na familia de extranjeros, todos ellos morenos, de piel oscura, vamos. Infinidad de botellas de vino, dos papelas de aluminio con restos de crack y, mire, hay al menos tres botes de Veyron. Tod os vacíos.
—¿ Y cómo los h an matado?
—S uicidio, Jaume, suicidio.
—¿ Seguro?
—E stoy convencido, la autopsia lo certificará. Estos se han metido de todo, y básicamente esas pastillas de mierda.
—P ero estos críos, ¿catorce, quince…? —s eñalaba a los dos hijos de la familia que ya yacían en el suelo dentro de las bolsas negras de los forenses, con las cremalleras abiertas, pero a punto de ser cerradas.
—E s un desastre, Jaume, horrible. Oye, y a tu amigo canadiense, ¿por qué no lo llamas? ¿No es él el que recetaba la mierda esta d el Veyron?
—A hora dice que está adulterado y el tipo está en el hospital, ingresado. Le dieron algo adulterado, pero se está re cuperando.
—J oder, ¿quién ha sido esta vez? —p reguntab a Baldret.
—L os mismos que han envenenado a mi familia. Tomad todas las pruebas q ue podáis.
Albertí movió cielo y tierra para que el fiscal le presentara al juez las pruebas suficientes para poder abrir diligencias contra el laboratorio fabricante d el Veyron.
Tanto el fiscal como la secretaria judicial respondieron positivamente a su petición, y eso le dio fuerzas para el tercer asalto. El primer cartucho se quemó con el dron, y el segundo, con la visita de Melvin.
Sonó el teléfono móvil de Jaume Albertí.
Se lo sacó del bolsillo de la chaqueta pensando que ya tenía la orden judicial lista.
El teléfono sonaba y sonaba. Jaume Albertí se puso las gafas para ver quién lo llamaba.
El teléfono sonaba y sonaba. En la pantalla de su aparato aparecía la palabra Clínic de Barcelona.
Sus pulsaciones pasaron de su estado normal de sesenta y cinco a ciento veinte en segundos.
—¿ Seño r Albertí?
—S í, yo.
—L e llamamos del Hospital Clínic. Es urgente que venga.
Albertí reaccionó raudamente. Sin despedirse de nadie, tomó su coche y se dirigió volando hacia el Clínic. Le sonó de nuevo el teléfono. Lo descolgó c on su voz.
—¿Albertí?
—Y o.
—S oy la secretaria judicial. Le confirmo que ya tenemos lista la orden judicial para ir a Umbert Chemicals. Se la hago llegar por Cloudadvance d y email.
—L lame al sargento Baldret, por favor. KY.34.52.72. Yo estoy en modo urgencia y conduciendo. Se lo ruego.
—P erdone, inspector. Llamo a Bald ret, pues.