Expediente Serotonina Capítulo 16. El indio
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Capítulo 16. El indio

Albertí reunió a la brigada de homicidios al día siguiente.

Los rostros de los diez policías reflejaban rabia y dolor; el equipo estaba de luto tras el asesinato de ocho compañeros.

La misión era clara: atrapar a los sanguinarios criminales y hacerles pagar, como siempre lo habían hecho cuando enfrentaban este tipo de tragedias.

Jaume estaba consumido por la necesidad de justicia, o quizá por una sed de venganza.

Frente al equipo, diseñó una estrategia utilizando un nuevo ordenador dotado de inteligencia artificial avanzada.

En él trazaba esquemas, analizaba vídeos y audios, revisaba imágenes y pruebas, buscando desesperadamente conectar los hilos que lo llevarían al culpable.

Albertí inició un discurso lleno de emoción, aunque, al terminar, no se sintió s atisfecho.

—V oy a intentar no personalizar, porque estoy absolutamente turbado, compungido, triste, indignado, furioso y frenético, y procuraré ser lo más objetivo posible.

Estoy seguro de que ha sido ese domini cano el que ha exterminado a nuestros compañeros a sangre fría; ha sido un crimen premeditado de un hijo de la gran puta sanguinario y que, también convencido, ha torturado con alguna sustancia desconocida a una madre y a su hijo.

Mientras pronunciaba esas palabras, lágrimas solitarias corrían por sus mejillas.

—E n paralelo, y también inclinado a pensar que está todo relacionado, hemos visto y estamos investigando esos suicidios de decenas de personas, e incluso de familias enteras, sin todavía saber el móvil.

Y claro, ha aparecido en nuestras vidas ese medicamento antipsicótico que últimamente está por todas partes y que nuestro amigo Melvin Peaks cree, por fin, que está adulterado.

Sigo… —U n policía alzó el braz o—. Dim e, Manolo…

—H an visto a Alexander en la Verneda… —i nfor mó Manolo.

Albertí reaccionó de inmediato:

—B aldret, vete con seis hombres. Y, sin dudar, primero en las piernas; luego tú mismo.

—S í, inspector —r espondió Pere Baldret, saliendo rá pidamente.

Jaume, entre el murmullo de sus compañeros y sus sollozos, haciendo de tripas corazón, expuso el caso de Marga Vi lanov a. Estaba en libertad condicional, sospechosa de varios asesinatos, entre ellos en Gran Bretaña y Suiza, y vinculada a la famil ia Umbert.

Jaume Albertí estaba agotado. El sufrimiento era terrible: por las familias de los policías y por no saber qué le pasaría a la suya.

Inspiró y expiró fuertemente varias veces.

Encendió la pantalla y dio órdenes para que le fuesen pasando documentos desde sus móviles o portátiles, para ir ordenando toda la documentación y supuestas pruebas que tenían, aportar nuevas pist as y tener claro qué nuevas líneas de investigación sería necesario abrir.

Albertí hizo un ademán de estar mareándose y se tambaleó.

Algunos policías se levantaron para ayudarle, pero Jaume los hizo sentar con un gesto de su mano izquierda.

La sala de reuniones de la policía era como una pequeña aula pintada con los colores corporativos del cuerpo; las paredes eran azules, blancas y rojas, equipada con sillas amarillas de plástico que incorporaban un brazo plegable para poder escribir.

La mesa de Albertí era pequeña, blanca, ubicada en una esquina, ya que la posición central la ocupaba la pantalla.

Respiró hondo y los Mossos empezaron a colgar documentos en la nube, y Albertí a proyectarlos en su pantalla.

Los Mossos habían adquirido un software de IA hindú que ayudaba a gestionar, recopilar y clasificar datos, y a dar indicios sobre el camino que debía seguir la investigación.

Habían invertido seis meses para su implantación, pero el esfuerzo parecía haber merecido la pena.

Un avance tecnológico increíble que les había puesto encima de la mesa muchas soluciones reales para casos de homicidios.

Al nuevo programa lo llamaban familiarment e «Indio».

—I nspector Albertí, necesito el nombre completo de Alexander —d ijo el Indio con una voz metálica.

—A lexander Herreros Jurado —r espondi ó Albertí.

—I nspector, ¿me puede proporcionar el número de identificación del señor Herreros Jurado? —d ijo el software.

—M e recuerdas tanto a Hal —d ijo uno de los presentes.

—S argento, desconozco ese extremo; no sé en qué se inspiraron los programadores par a crearme.

—P uñeta, sargento, centrémonos. A ver, Indio, ¿qué datos necesitas? —d ij o Albertí.

—I nspector Albertí, mi nombre no es Indio, es D23w. Necesi to el NIE.

—X 3 45679998W.

El programa reveló información estr emecedora:

—E l señor Alexander Herreros Jurado es sospechoso de veinte asesinatos, culpable, según mis datos, de todos ellos.

Tomando los datos de posición de todos los números de móvil que ha tenido en los últimos meses, y según la triangulación de las antenas, ha estado en todas las ubicaciones donde se han producido los crímenes en la hora de la muerte certificada por los forenses.

También todas las cámaras de seguridad que tenemos por la ciudad nos han ofrecido multitud de escenas c omo estas.

La pantalla comenzó a proyectar multitud de vídeos y fotografías, una detrás de otra, de Alexander en los lugares de los crímenes con ciertas actitudes so spechosas.

—N ecesitamos encontrar pist as de los asesinatos X32, Y4 y Y34, según la clasificación de la brigada de homicidios —c ontinuó el «Indio» —. Arma del quebrantamiento, testigos reales o el móvil d el crimen.

—I ndio ha navegado en la deep web , con el riesgo que ello supone, y Alexander ha estado muy activo allí.

Aparte de consumir páginas con pornografía de todos los tipos, ha comprado armas, drogas, y se ofrece como asesino a sueldo.

Del resto de asesinatos tenemos suficientes pruebas con todos esos vídeos y fotos para inculparlo —a nun ció Jaume.

—¿ Por qué lo dejaron salir con la condicional? Es que no se entiende —p reguntó un sargento.

—L as pruebas son recientes. Esto es definitivo —r espondió ot ro agente.

—S eguimos. ¿Tenemos testigos en alguno de esos tres crímenes que nos quedan? —d ijo, dirigiéndose a sus die z hombres.

Todos contestaron que no tenían sospechas de nada, excepto D23w, que relató que, en los archivos de vídeo, Alexander había frecuentado varias veces el laboratorio farmacéutico donde fabrican el Veyron, como mínimo una vez a la semana y siempre por la puerta de atrás, donde está el garaje de reparación de veh ículos de es a empresa.

—E sa es una gran pist a, Indio. ¿Tienes antecedentes de Alexander?

D23w confirmó que Alexander estuvo muchos años con sus padres viviendo en la provincia de Huesca. Allí cometió varios delitos. Sus padres trabajaban en un a fábrica.

—¿ De qué es es a fábrica?

—E ra una empresa química que cerró. Una empresa vinculada con el gru po Umbert.

—¿ Tienes más datos?

D23w apagó las luces de la sala y empezó a proyectar fotos históricas de esa empresa que producía productos para la limpieza industrial y que tuvo que cerrar en 1999 debido a problemas económicos.

Albertí pidió al Indio que siguiera buscando relaciones entre Alexander Herreros, el Veyron, el imperio de los Umbert y Marga Vilanova.

—J aume, hemos perdido a Alexander. Lo estuvimos vigilando, pero ha desaparecido como un fantasma —d ijo Baldret por teléfono a Albertí.