Expediente Serotonina Capítulo 15. Peinando Terrassa
57%

Capítulo 15. Peinando Terrassa

Albertí recibió una llamada. Cada vez que en su móvil sonaba la melodía de Starsky y Hutch , le temblaba la mano . Temía que lo citaran de la morgue para identificar a su mujer e hijo, pero mantenía la cabeza fría. Necesitaba pensar con claridad para resolver el caso rá pidamente.

—¡¡ Albertí al aparato!! —d ijo enérgicamente Jaume Albertí desde su móvil.

—I nspector, hay novedades —i nformó Pere Baldret, con tono met iculoso—. Hemos encontrado el billetero de su mujer.

—¿ Dónde ex actamente?

—E n Sant Andreu, cerca del Na rcís Sala.

—¿ En el Narcís Sala? ¿De Figueres a Barcelona? ¿Qué puñetas hace el billetero en Barcelona? Voy para allí, y no toquéis demasiado, a ver si aún puedo encontrar algún indicio de lo que hayáis dejad o intacto.

—I nspector, por favor…

—P ere, ahora nos vemos. Y no se ofenda, son formas de hablar.

Cuando Albertí llegó al lugar, observó el billetero cuidadosamente. No había huellas concluyentes, pero encontró algo sin demasiado sentido de entrada: una pequeña nota escrita a mano , con la letra de su mujer, en el compartimento de las monedas. Decía: l avacoches.

Vallromanes, 30 de marzo de 2022

Alexander conducía por la aut opist a en su coche de tercera mano importado de Inglaterra, sin aire acondicionado y con el volante a la derecha, factores que le provocaban, en ocasiones, perder los nervios. Del asiento del conductor sacó un par de pastillas de Veyron y se las tragó sin agua.

Llegó a su destino, un bar de carretera ubicado en la BP-5002, no lejos del campo de golf.

Aparcó fuera y se sentó en la terraza, donde había doce mesas de cuatro plazas, todas vacías.

Eran las once cuarenta y cinco de la mañana.

No era habitual tener clientes; era momento de preparación de los menús de mediodía.

Alexander tenía calor y encima se había vestido con ropas de pleno invierno, con una primavera que había empezado bastante calurosa.

—¿ Qué será? —d ijo el camarero, un hombre joven de p iel negra.

—C erveza y aceitunas con hueso.

El camarero le trajo una caña de cerveza, un platito de aceitunas y una bolsa negra de un tamaño considerable que Alexander abrió, vaciando el contenido en la mochila que tenía en el suelo, entre sus piernas: decenas de cajas de Veyron que cubrieron una foto de Melvin que quedó en el fondo.

Regresó de nuevo a Terrassa. Sabía que estaban acechándolo y debía prepararse, pero no tuvo más remedio que hacer ese viaje a Vallromanes: las pastillas eran su modus vivendi ; el mercado negro las pa gaba bien.

30 de marzo de 2022. Terrassa.

Albertí y sus hombres llevaban dos días peinando Terrassa muy discretamente para encontrar a Alexander.

Lo habían ido a buscar a su piso , al túnel de lavado y nada.

La vigilancia permanente avisó a Albertí: en la ventana del piso había movimiento, y Jaume acudió raudo y veloz con la brigada de asalto.

Era de noche y esta vez sí que había luz en el ap artamento.

Se organizó un comando: subieron cuatro hombres por la escalera principal sigilosamente y otros dos se deslizaron haciendo rápel desde el tejado por la fachada del edificio donde vivía el mulato.

Los escaladores, que estaban frente a las ventanas del piso , avisaron a los cuatro Mossos , los que estaban tras la puerta esperando para entrar: el camino estaba despejado y, al parecer, sin nadie dentro.

A la de tres rompieron la puerta con sus automáticas y los trepadores entraron destrozando los cristales de las ventanas.

Los ocho hombres atrapados en el piso de Alexander, sin nadie dentro, se miraron entre sí cuando oyeron un extraño sonido.

Tres segundos después explotó una bomba mortífera que lanzó por la ventana extremidades y algún casco lleno de los desgraciados policías que est aban allí.

Albertí, desde la casa de enfrente y con su mirilla telescópica, vio el horripilante y sanguinario espect áculo que con absoluta probabilidad Alexander había provocado.

Estaba aterrorizado: posiblemente su mujer y su hijo estaban en manos de un criminal absolutamente loco.

El sonido de su teléfono lo sacó de su trance.

Por un instante, su mente volvió a la morgue.

—¡¡¡ Albertí!!! —L a voz de Melvin irrumpió con urgencia.

—¿ Peaks? —r espondió Jaume, incrédulo.

—Sí, soy yo.

—Ahora no…

—N o me cuelgues, Albertí. Elena y Kepa está n conmigo.

—¿ Qué has dicho? R epite eso.

—Q ue están aquí, en mi casa . Escucha…

Sorprendentemente, la mujer y el hijo de Albertí estaban en casa de Peaks desde hacía unas horas, antes de que él despertara en su apartamento de la Plaça del Sol sin saber cómo había llegado allí.

Albertí abandonó la escena de la explosión cediendo el mando y voló con lágrimas en los ojos, sin saber qué había sucedido en las vidas de Elena y Kepa desde hacía cinco días.

Pero, tras conversar escuetamente con ella, dedujo rápidamente que algo no iba bien.

En su apartamento, Peaks estaba fuera de sí, narcotizado.

Elena y Kepa estaban en un estado realmente anor mal, con un fuertísimo choque nervioso y absolutamente desubicados.

Jaume viajó desde Terrassa hasta Gràcia en un santiamén, haciendo sonar su sirena al máximo volumen.

Llegó al piso de Melvin, los cogió y se los llevó a los tres al hospital dir ectamente.

—P or partes, inspector —d ijo el médico, con tono profesiona l—.

Su mujer y su hijo han sido sometidos a algún tipo de tratamiento desconocido.

Esto les ha provocado trastornos mentales significativos.

No responden a inducciones habituales, y estamos explorando métodos de estimulación para revertir su estado.

Sin embargo, no podemos garantizar resultados i nmediatos.

—¿ Qué quiere decir con eso? —p reguntó Albertí, visiblement e molesto.

—¿ De qué? —r espondió el médico.

—¿ Por qué los médicos hablan confusamente a sus pacientes? Le estoy preguntando qué es lo que no ven fácil y claro: ¿que se salvarán?, ¿que quedarán con secuelas? —d ijo Albertí, bastant e molesto.

—P erdone, inspector, nosotros solamente pretendemos curar a su familia. Pero, de momento, no sabemos cómo va a ev olucionar.

—A hora ha hablado claro: no tiene ni puta idea de lo que les pasa.

—N o es tan exager ado, pero…

—J oder, vaya mierda… ¿Y puedo saber de qué tipo de sustancia se trata? ¿Han hecho análisis?

—E l laboratorio está trabajand o en ello.

Elena y Kepa no estaban en coma. Los ubicaron en la unidad de cuidados intensivos debido a la ignorancia no solamente de si esa sustancia era contagiosa o tóxica, sino de la posible evolución de su estado de salud.

Albertí no podía hacer nada más que enviarles besos a través del cristal que los separaba y averiguar, por su parte, quién, cómo y qué sustancia les habían sum inistrado.

Melvin no estaba en la misma situación. No estaba contaminado con ese supuesto veneno que habían detectado los facultativos del Vall d’Hebron , aunque sí padecía ciertos síntomas de depresión, esquizofrenia y superego.

El canadiense explicó que el mayordomo de la vieja le dio algo de beber antes de marcharse y le costó mucho concentrarse para conducir.

Cuando llegó a casa, se quedó dormido, despertándose mareadísimo y encontrándose a la familia de Jaume.

Desde ese momento, la cosa de su malestar fue cada v ez a peor.