Capítulo 14. La final
Del Hospital Trueta de Girona salía Jaume Albertí acompañado de su superior, el mayor Bustenga.
Aparte de las contusiones, el parte médico no reflejaba nada especial: eso, un par de porrazos en la cabeza, el ojo derecho amoratado y muy, pero que muy encolerizado, enojado, irritado y enfurecido, más que preocupado; el secuestro de su mujer e hijo era un golpe duro e inesperado.
Haber experimentado en sus propias carnes lo que sufrían algunos «clientes» de los Mossos fue una sensación realmente des agradable.
La policía puso en marcha un dispositivo especial para atrapar a los secuestradores, dirigido por el propio Jaume, quien pidió a Melvin que les ayudase a descifrar quién podría ser el criminal que ejecutó u ordenó el rapto.
Así que Peaks se desplazó hasta el domicilio de Albertí en Figueres, sabiendo que se necesitaban m utuamente.
—J aume, ¿de quién sospechas?
—M e cuesta pensar, Peaks, estoy hecho mierda. Quizás el domini cano zumbado o ese maldito juez, el que me odia a muerte desde su hu ndimiento.
—¿ Qué juez? —p regun tó Melvin.
—I ncriminaron a unos inocentes por tráfico de drogas con pruebas falsas.
El juez Planeras tenía una red montada para la venta de la droga decomisada con su cuñado y amigo Jorge Nández, un político vividor y muy diligente, quien creaba falsas realidades de otros políticos para hundirles la carrera y pasarles por encima.
Me negué a aceptar los inexistentes datos inculpatorios y descubrí el pastel; el juez fue destituido, perdió la plaza y fue expulsado de su colegio profesional.
Un deshonor para su histórica familia de magistrados avileses.
—¿ Has sabido a lgo de él?
—P oca cosa —r espon dió Jaume.
—¿ Qué te parece si le hago una visita? —dijo Peaks.
—M e parece bien, pero ordenaré que te acompañe alguien del cuerpo —d ijo Albert í—. Y otra cosa… te incorporaron al equipo para ayudar, así que ponte tú también a pensar, estudiar o investigar quién cojones se ha llevado a Elena y a… Kepa…
Albertí explotó, lloró de ahogo y cólera contenida.
Peaks miraba a ese hombre fornido, enrabiado e impotente, sollozando como un chiquillo de cinco años, y le parecía espantoso lo que algunos criminales podían idear solo para destruir a los otros, mientras notaba un volumen en el bolsillo de su chaqueta al abrazar a Jaume.
Sacó un sobre que le habían dado en comisaría y que, con las prisas, ni pensó en abrir: contenía los análisis de las pastillas Veyron.
Existían dos series de pastillas con diferente co mposición.
—J aume, Jaume, del Veyron hay diferentes series… —d ijo gritando Peaks, sin poder controlar su e xcitación.
—E stoy en el fondo del pozo, no me cargues con las malditas pastillas; dame u nas horas.
—S i ese medicamento es el que está provocando esas muertes, tendremos un avance espectacular en la inve stigación.
—¿ Puedes demostrar algo con eso? ¿Puedes deducir que esos suicidios son producto de eso tan grande que has ma nifestado?
—N o, pero es un primer paso —d ijo el c anadiense.
—P asos, pasos. Hay que concretar.
—S í, pero el Veyron…
—… y dale… Pueden estar secuestrados o muertos —g rit ó Albertí.
Peaks insistió en seguir con la línea de investigación de los laboratorios Umbert Chemicals.
—I ré a ver a esa mujer, Anita Umbert —d i jo Melvin.
—S olo no.
—S í, solo, déjame probar sin pist ola s primero.
28 de marzo de 2022
Anita Umbert estaba en la biblioteca de La Final escuchando a Serguéi Rachmaninov cuando la interrumpió Hugo, su asistente personal y amante a ratos.
A pesar de su edad, Anita todavía necesitaba cariño y en ocasiones jugaba sexualmente con Hugo, aunque las sensaciones eran bien diferentes a las de la época de juventud.
El ejercicio, que nunca había dejado de practicar, y su copita nocturna de vino la mantenían como si tuviera sesenta.
Hugo, para ella, era una bendición de cuarenta y cinco años muy bien puestos y con todo lo necesario para atenderla bien como pareja y como asistente.
El marido murió veinte años atrás en América Central, en un accidente de aviación, en un viaje de negocios, y, desde el momento en que enviudó, se dedicó por completo a dirigir el laboratorio far macéutico.
Al pasar los años y sin hijos, sintió la necesidad de encontrar a alguien que le ofreciera ternura y compañía.
Fueron varios los pretendientes que, esencialmente, buscaban su patrimonio, pero ella tampoco deseaba una nueva pareja estable que la sacara a pasear y menos si querían chuparle la sangre.
Si pretendía compañía, ya tenía a alguna amiga, rica como ella, y a sus her manos , que también vivían en el mismo castillo.
Anita necesitaba un hombre que la entretuviese, que la hiciese reír y poder emocionarse sin pedir a cambio nada en concreto, así que construyó su «hökan» convirtiéndolo en un puesto de trabajo.
Primero lo denominó mayordomo, pero más tarde usó el término de asistente personal.
Ella misma realizó la selección y las condiciones eran claras: ante todo tenía que estar con ella, ser un nuevo miembro de la familia y su anterior vida personal quedaría relegada a un segundo o tercer p lano .
El castillo ya disponía de sirvientes que cocinaban, limpiaban, compraban, arreglaban el jardín, llevaban las cuentas y otras faenas habituales de la mansión.
Ella necesitaba a una persona que estuviera a su lado y que la asistiera en todo momento; había estado demasiado tiempo sola.
Respecto a sus amantes, sus her manos nunca habían hecho ningún comentario.
Quizás pensaban que era excesivamente liberal, pero les importaba poco lo que hiciera en sus momentos de r elajación.
Antes de que apareciese Hugo con treinta y cuatro años, desempeñaron ese cargo dos personas más.
La primera fue una mujer, pero Anita se dio cuenta de que, aparte de compañía, necesitaba que alguien irrumpiese en ella, y su heterosexualidad estaba clara.
Así, la segunda persona fue un macho, aunque luego reconoció su error garrafal en esa selección: mucho mú sculo , pero un ser muy poco interesante, con poca capacidad de socializar cuando era necesario.
A pesar de ser muy culto e inteligente, se percibía que no estaba a gusto con ella, que lo hacía por dinero y porque le encantaban las mujeres mucho mayores que él.
Por eso Anita gozaba en la cama, pero eso no la llenaba.
Duró pocos meses y un día de agosto Anita despid ió a Raúl.
Poco después apareció Hugo y fue como un regalo imprevisible.
Tenía todas las virtudes que una mujer, por aquel entonces de sesenta y largos, hubiera deseado que su pareja poseyera: bien plantado, guapo no, guapísimo, fuerte, pero sin ser un musculitos de proteína en polvo, atento, cariñoso, divertido y detallista, sin ser excesivamente untuoso; la dosis siempre en su mesura prop orcionada.
Llamaron al interfono de la verja del jardín. Anita, la única de la familia en el castillo esa tarde, no esperaba visitas, y menos de alguien desconocido como Melvin. En ese recinto no entraba c ualquiera.
—B uenas tardes, ¿quién es?
—H ola, buenas tardes, soy Melvin Peaks, venía a ver a la señora Ani ta Umbert.
—¿ Tenía cita con ella?
—R ealmente no, pero… soy neurocie ntífico y…
—… creo que no será posible que la vea —i nterrumpió Hug o—. Si quiere, envíe un correo y ya le contestarán. Buen as tardes.
Anita, tumbada tomando el sol, escuchaba la conversación a través de su auricular. Activó el micrófono.
—E spera, Hugo, déjalo pasar —dijo Anita.
—¿ Pero…? —b alb uceó Hugo.
—Q ue sí. Déja lo entrar.
Peaks, resignado, volvía a entrar en su coche para marcharse, pero vio que la verja se abría y no dudó en arrancar rápido y acelerar antes de que se cerrara. En ese momento le invadió una chispa de excitación al pensar qué habría motivado ese cambio d e opinión.
La recepción señorial de la fortaleza no impresionó a Melvin; sus pensamientos estaban en otra parte.
Sin embargo, no pudo evitar que los ojos se le iluminaran al contemplar las estatuas, el mobiliario y los cuadros que adornaban el jardín y el hall de entrada.
De arte y decoración entendía bien poco, pero tenía la impresión de que esa casa se asemejaba más a un palacio europeo del siglo XVII que a un castillo construido en la Edad Media catalana.
—S eñor Piks, acompáñeme —dijo Hugo.
—P eaks —c orrigió Melvin, con un leve gesto de i rritación.
Melvin estaba asombrado: de no dejarle entrar a tratarlo de usted. Le vinieron a la mente las películas de James Bond, donde, en un momento dado, el vil lano invitaba a su casa a 007 antes de intentar matarlo. Sonrió para sí mismo: quizás sí que la realidad podía superar a l a ficción.
Hugo lo condujo hasta el jardín donde, como de costumbre, Anita leía o hablaba por teléfono.
En ese momento, simplemente fumaba un cigarrillo slim , de los que estaban a punto de ser prohibidos por la Unión Europea.
Cuando el canadiense entró en el jardín, ella lo miró fijamente a los ojos mientras exhalaba el humo lentamente.
Melvin se quedó inmóvil, casi hipnotizado, al ver los ojos de Ani ta Umbert.
—¿ Quiere uno? —l e dijo ella al ver que miraba persistentemente el humo de su c igarrillo.
Melvin no respondió.
—¿ Es ese silencio un no o más bien un no quiero, pero cómo me apetece ría fumar?
—P erdone, he visto sus ojos y me han parecido preciosos y me he quedado atontado. No , no fumo.
—G racias por la galantería. ¿Por qué ha venido a disturb ar mi paz?
—N o pretendo molestarla. Solo he venido a comprender y, si es posible, a ayudar.
—¿ Ayuda r a quién?
—A la acusada de homicidio.
—¿ A quién s e refiere?
—A su exempleada Marga Vilanova.
—C omo usted ha dicho, es ex. Apenas me relaciono.
—Y a, pero se han visto hace poco, ¿no?
Anita Umbert pensó en el momento en que destruyeron el dron, se dio la vuelta y le hizo señales a Hugo para que se acercara.
—N o.
—S eñora Umbert, veo que esta conversación no será fácil. Me lo tomaré con calma hasta que me diga algo in teresante.
—S eñor Peaks, no me chupo el dedo. Pensaba que usted era más inteligente de lo que me está demostrando. Usted está escribiendo un libro sobre la maldad y el comportamiento de los asesinos más estrambóticos. Pero la pregunta es: ¿qué busca usted aquí? ¿Qué es lo que pretende? ¿Prueb as de qué?
—E scudriño cerebros de criminales de sangre y aquí huele bastante.
Anita Umbert hizo una señal y Hugo se abalanzó so bre Peaks.
—S uéltame, cachitas.
Mientras decía esas cortas palabras, Peaks se quedó completamente desnudo con un micro, a la vieja usanza, enganchado a su pecho con cinta aislante.
—P ero, por favor, ¿qué es esa ridiculez? —d ijo Anita mientras le miraba con repulsa el miembro encogido de Peak s—. Hugo, que se ponga los calzoncillos, qué des agradable.
Hugo le arrancó el micro y se lo dio a la señora Umbert. Pero, en esos momentos, Peaks empezó a irritarse de verdad y entró en cólera, intentando coger su ropa, pero Hugo lo tumbó sin esforzarse, de un tibio golp e de puño.
Al otro lado del micrófono, Jaume Albertí se estiraba de los pelos, autoculpándose por haberse dejado convencer por Peaks.
—S eñor Peaks, coja su ropa y lárguese. Aquí no tenemos nada para usted, su visita ha sido ofensiva.
—S u exempleada y amiguita Marga Vi lanov a está muy desequilibrada, es una asesina compulsiva que caerá como una mosca en manos de la policía —v ociferaba Peaks en calzoncillos y con la ropa en la mano—.
Y otra cosa, supongo que usted no sabrá nada de la mujer e hija del inspector Albertí, ¿verdad? ¿O me equivoco?
Anita cogió el micro, lo colocó debajo de su tacón derecho y lo destrozó. Melvin salía de La Final a medio vestir y llamó a Jaume informándole de que estaba sano , a salvo y que regresaba a la comisaría.