Expediente Serotonina Capítulo 13. Veyron
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Capítulo 13. Veyron

Eran apenas las diez de la mañana. Marga conducía hacia El Masnou en su deportivo verde alga kombú.

El motor ronroneaba mientras ella cantaba con fuerza You Make Me Feel Like a Natural Woman .

De vez en cuando, necesitaba desconectar de la presión que la rodeaba y se refugiaba en su lista de Spotify.

Nada de DJ con mal gusto. Solo lo que ella decidiera.

Se desviaron por la carretera que iba de El Masnou al municipio de Teià y, tras pasar el cruce del cementerio, siguieron unos doscientos metros y giraron a la derecha por un camino inicialmente de asfalto, pero poco después de la esquina, el pavimento era de tierra pisa da.

Albertí decidió esperar debajo, en un recodo del camino, para no ser visto por Marga, observando desde allí el polvo que desprendía su deportivo.

El viento soplaba fuerte y dejó de ver la arena en suspensión.

Arrancó su coche para seguir el rastro, pero la perdió.

Tomó la pantalla del móvil y buscó con la cámara del dron el coche de ella, que ya estaba entrando en el castillo de La Final.

Jaume podía acercar el dron hasta una altura prudencial y escuchar lo que fuera necesario.

Se cerró la verja de hierro tras la entrada del coche de Marga.

Dio una vuelta de doscientos setenta grados a la rotonda que albergaba una enorme fuente en el centro y estacionó en batería en el parking habilitado para invitados.

En la puerta principal ya la esperaba una asistente personal ataviada con traje chaqueta, quien la condujo hasta el jardín trasero, donde la esperaba una mujer de una edad superior a los setenta años, delgada, con media melena gris, la tez muy blanca y en buen estado de conservación.

Iba vestida con unos pantalones crudos y una camisa negra de raso.

Sus dos faros azules iluminaban la cara de Marga.

El dron estaba inmóvil a su altitud máxima, justo encima de las cabezas de ambas mujeres. Albertí tenía una fantástica visión desde su móvil de siete pulgadas de pantalla.

—M arga, cariño, ¿un té con jengibre? —o freció Anita con una sonrisa tan encantadora como venenosa.

—G racias —r espondió Marga, controlando c ada gesto.

Anita no era alguien que intimidara fácilmente, pero su aura de autoridad podía eclipsar incluso a la pro pia Marga.

—¿ Q ué sucede?

—S ituación complica da, Anita.

—¿ Qué necesitas?

—Cobertura.

Anita entrecerró los ojos, calibrando a su inte rlocutora.

—N unca habías ido tan lejos —d ijo con calma, aunque su tono destilaba reproche.

—L o del Veyron se nos ha ido de madre. Está teniendo un efecto rebote, incluso en mí —a dmi tió Marga.

—¿ Un castigo por tu traición, quizás? —r eplicó Anita, sin un atisbo d e emoción.

Marga mantuvo la compostura, aunque sus labios se tensaron.

—¿ Traición? Tu her mano Félix me tenía machacada. Si recurrí al Veyron, fue porque no soportaba más su acoso.

Anita arqueó una ceja, como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—T e medicaste porque necesitabas serotonina y no aguantaste la presión. Félix solo quería ponerte a prueba. Y, en lugar de resistir, te dejaste tentar por la competencia. ¿Sabes cómo lo llamo yo? I ngratitud.

Marga respiró hondo, pero no evitó que sus palabras salieran cargadas de veneno.

—¿ Ingratitud? Más ingrato era encontrarme al baboso de tu her mano en mi despacho, creyendo que debía invitarlo a sobarme.

Anita inclinó la cabeza, con una sonri sa gélida.

—M i her mano es un hombre. ¿Acaso puedes culparlo por sentirse atraído por una mujer tan… preciosa?

Marga soltó una carca jada seca.

—M e sorprende escuchar una respuesta tan machista de ti, Anita. Pero no he venido a discutir eso. Necesito tu ayuda para preparar el juicio. Y, sobre todo, deshacerme de l a policía.

Hugo, el asistente personal mulato de Anita Umbert, fue corriendo hasta ella y le susurró algo a la oreja. Esta se puso el dedo índice en sus carnosos labios rellenos de bótox, haciendo callar a su invitada y señalando con esa misma falange hacia el cielo. Marga alzó la vista y vi o el dron.

Albertí supo que había sido descubierto. Reaccionó rápido, manipulando el dron y consiguiendo a toda velocidad mucha más altura, pero no fue suficiente para evitar que otro dron que apareció en la misma área colisionase con el de los Mossos y cayera destrozado al lado de la pisc ina del castillo.

Anita volvió a mirar a Marga, como si nada hubiera sucedido.

—Y a veo, querida, que no te dejan en paz. Resolveremos esto. Y también lo de Tygone.

Marga sonrió levemente, aunque su mente ya estaba calculando el pró ximo paso.

—E stoy muy controlada, pero ya sabes que soy difícil de frenar.

Anita se inclinó hacia ella, con los ojos entr ecerrados.

—A unque tú estés fuera de juego y no puedas manejar esa empresa, liquídala. Tygone es aún una amenaza para Umbert Chemicals.

Marga asintió l entamente.

—E s un trato justo, pero que Félix no husmee demasiado, que va a mete r la pata.

Anita se reclinó en su silla, sonriendo sin intención.

—D eja a Félix en mis manos.

Umbert Chemicals, presidida por Anita Umbert, una mujer de casi setenta y cinco años, fue premiada como la mejor empresa de Europa en 2015, en todas sus categorías: exportación, innovación, clima laboral, responsabilidad social, productividad y mejores productos; entre ellos, el Veyron, uno de los específicos más vendidos en Europa desde hacía muchos años.

Anita se rodeaba siempre de los mejores profesionales y, al parecer, aparte de reclutarlos, sabía liderar el equipo a la p erfección.

Jaume Albertí, tras la caída de su dron, sabía que estaba obligado a realizar una visita a esos laboratorios para verse con doña Anita Umbert. Pero antes necesitaba volver a casa. Apenas veía a su mujer y a su hijo, y sentía que era el momento de reconectar con ellos.

Llamó a la comisaría, comunicando que volvería el lunes y que se tomaba tres días. Cualquier urgencia, un SMS; desconectaba el WhatsApp.

—C ariño, hoy sí veng o a cenar.

—E so sí es un notición. No te quedes ahí, entra en casa, que también pagas parte de la hipoteca; bueno, hasta que me harte de ti —r espondió Elena, con su característ ico humor.

Elena se abalanzó sobre Jaume y lo besuqueó sin parar.

Su amor no había descendido ni un milímetro desde que se conocieron; todo lo contrario.

Lo abrazaba fuertemente porque le gustaba sentir sus potentes mú sculos y mirar hacia arriba y verlo desde su metro setenta.

Contemplaba sus ojos azules, que a nadie dejaban indiferente; lo miraba y siempre pensaba que se había casado con un pedazo de catalán, para contrarrestar los comentarios de sus familiares y amigos vascos, que solían decir: mira que casarte con un catalán, con lo vascos que somos l os vascos.

Elena era de Bilbao y el ve rano que fue de vacaciones a la Costa Brava conoció a Jaume. En esos días supo que no volvería a vivir en Euskadi, a pesar del amor po r su país.

Su hijo de dieciocho años, Kepa, también saludó a su padre efusivamente.

Creía y recitaba que cada instante de felicidad que nos regalaba el tiempo debía ser aprovechado al máximo.

Kepa quería ser escritor y filósofo, así que estaba cursando ambas carreras al mismo tiempo entre Girona y Figueres, ciudad en la que vivían.

A pesar de que Jaume fue trasladado a la Central de los Mossos en Sabadell, decidieron, él y Elena, que su residencia se mantendría donde habían vivido siempre.

Tener su hogar cerca del oscuro trabajo de Jaume no era lo que consideraban como lo más adecuado para educar a su hijo.

Era una noche especial. Estar reunidos los tres sucedía solamente entre diez y veinte noches al año.

Eran momentos de felicidad en los que casi siempre hablaban de los planes venideros.

Elena y Kepa prepararon un marmitako como los de antes, con la receta de la bisabuela de ella, tal como le gustab a a Jaume.

—M ucho, realmente mucho lío en el despacho. Ahora estamos desbordados. Tenemos cientos de pedidos de China y no sabemos si podremos servirlo todo, pero es cuestión de trabajar y trabajar. ¿Y tú, cariño, qué tal esta semana? —p regu ntó Elena.

—T odo bien, tengo un buen equipo, la verdad, incluido ese canadiense del que os he hablado alguna vez. Aunque la lía constantemente, es un buen tipo y me hace sonreír muy a menudo.

Sonó el teléfono de Jaume.

—N o lo coj as, Jaume.

—P apá, por favor.

—S erá u n segundo.

Albertí se levantó y salió al balcón.

—¿Cuántos?

—C inco.

—J oder.

—L o siento, Jaume, no sabía si llamarte, pero este suicidio colectivo se sale de lo común.

—V oy para allí.

—N o, de verdad, ya estamos aquí todo el equipo. Relájate.

—¿ Algo diferente?

—N o, botes de Veyron po r doquier.

—V oy.

—Q ue no, me niego. Si hay alguna cosa, te digo —d ijo Pere Baldret, s u segundo.

—O k, pero tenme al corriente.

Jaume entró en el comedor y cerró la puerta de la pequeña terraza de su piso de Figueres.

—Q ué, papi, te vas, ¿no?

—Me quedo.

La familia de Jaume Albertí acabó de cenar tranquilamente y pudo deleitarse con un proyecto de vacaciones que tenía aparcado hacía años y que llevaban prometiéndose constantemente.

El destino era Nepal. A los tres les encantaba la montaña y poder disfrutar de un trekking era su mayor deseo, sabiendo que los nepalíes eran un pueblo absolutamente hospitalario y generoso.

Jaume, Kepa y Elena salieron después de cenar a tomar algo por Figueres, como hacían muy de vez en cuando.

Albertí padre estaba gozando de su familia como hacía meses que no lo conseguía.

Tras el paseo, llegaron andando a su casa, abrieron el portal y, justo cuando iban a cerrar la puerta de su casa y sin que se diesen cuenta, golpearon a Jaume en la cabeza, quien se desplomó instantáneamente.

Eran dos asaltantes enmascarados. Kepa y Elena vieron cómo golpeaban a Jaume y, cuando iban a gritar, los agresores pegaron en el cráneo también a madre e hijo, quienes se desmoronaron como dos muñecos.

Los metieron en una furgoneta aparcada delante de su casa y se fueron a toda velocidad, dejando a Jaume tirado en el suelo.