Expediente Serotonina Capítulo 12. La Maurina
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Capítulo 12. La Maurina

Alexander había quedado en libertad; la fiscalía retiró los cargos de asesinato en el caso de sus padres y solamente lo tenían i mputad o por homicidio en defensa propia relacionado con el vecino magrebí.

Albertí intentó que siguiera en prisión; estaba convencido de su absoluta culpa en los tres crímenes.

La fiscalía necesitaba más pruebas y dejaron el sumario abierto hasta que Jaume encontrase algo o se rindiese.

Inicialmente se consideró que el padre de Alexander murió suicidándose, ya que las pruebas demostraban que fue su progenitor quien atizó a la madre y la acabó de rematar, a hogándola.

Melvin estaba en su casa tranquilamente cuando recibió la llamada del inspector.

—M elvin, nos la ha jugado —d ijo Jaume Albertí con evidente fr ustración.

—¿ Cómo dices? —r espondió Melvin, alertado.

—E l juez ha dejado ir al domini cano . S in cargos.

—¿Por qué?

—L as pruebas que les presentamos no fueron suficientemente contundentes, su defensa ha sido muy férrea y han conseguido libertad sin cargos hasta que se demuestre lo contrario en el juicio.

—¿ En libertad ese asesino? Quiero verlo, necesito volver a habl ar con él.

A Alexander lo recogió un coche gris plateado cuando salía de la cárcel.

No dudó en meterse dentro cuando vio al conductor y al copiloto.

El coche salió a toda velocidad en dirección a El Masnou.

Melvin estaba obsesionado con verse con Alexander y le pidió a Albertí que le facilitase los datos para lo calizarlo.

—M ejor te acompaño yo —s ugiri ó Albertí.

—S i te ve, se largará seguro. Mejor voy solo… o con Ivana.

—C on ella no. Ese tipo está liado con un grup o mafioso.

—¿ Mafia?

—E xtorsión, proxenetismo… Pero vamos de spist ados, desconocemos su e structura.

—U n nuevo gran grupo de zumbados para analizar —s onr ió Melvin.

—S i logramos atraparlos vivos, sí.

—H ay que pillarlos latiendo —d ijo Melvin, con cierto aire d e desafío.

Peaks estaba decidido a moverse más rápido que la policía. Insistió en conocer los posibles movimientos de Alexander y Marga para adelantars e a ellos.

—P ues dime, ¿qué va a hacer Alexander ahora? Quiero tenerlo controlado y seguirlo hasta que nos lleve hasta el corazón de la mafia.

—I rá al escenario del crimen, a casa de sus padres. Mentes como la suya necesitan reencontrarse con el lugar donde estaba la sangre.

—S i tú lo dices.

—V enga, te paso a recoger en quinc e minutos.

Albertí colgó el teléfono.

Melvin desobedeció por completo a Jaume Albertí. A pesar de sus advertencias y obviando el sermón del mosso, fue a recoger a Ivana. No resistía, necesitaba verla, sentirla cerca, y, cuando se encontrasen con Jaume, ya le daría expl icaciones.

El encuentro tras el diálogo en el barco fue chocante para ella y esperanzador para él. Confiaba en convertir el ruido generado entre ambos en una melodía más llevadera que la disonancia que tuvieron en el mar.

Juntos se dirigieron al barrio de la Maurina, en Terrassa, al domicilio de la familia Herreros.

Albertí no llegaría a tiempo: tuvo un problema serio en comisaría.

Habían encontrado a Escofet, el sargento de homicidios más vete rano del cuerpo, el que maltrató a Alexander, muerto en su coche patrulla con un bote de Veyron en la mano .

Otra muerte más, y ya habían superado las doce en el último mes.

Albertí tuvo que atestar, lamentarse, no comprender, olvidándose por completo de Peaks.

Melvin aparcó la moto en la acera, frente a la casa en la ciudad de Terrassa.

Ivana ese día estaba asombrosa: iba con unos vaqueros muy ceñidos y el pelo recogido en una cola de caballo que Melvin encontró preciosa y sexi a la vez.

El canadiense prefería no mirarla demasiado para no abalanzarse sobre ella; debía mantener la calma, aunque le costara horrores.

Estuvieron esperando unos minutos junto a la Sanglas 400 T Deluxe de color azul cielo del año 1972, una reliquia que compró Peaks a un coleccionista que tuvo un grave accidente y decidió saldar todas sus motos de época.

Durante ese espacio de tiempo nadie entró ni salió de aquel enorme edificio de más de setenta viviendas. Llevaban treinta minutos esperando a que llegara Jaume Albertí, pero ni aparecía ni contestaba a las llamadas del neuroc ientífico.

Melvin, impaciente, le dijo a Ivana que era hora de subir. Ella estaba aterrada y arrepentida. Vaya encerrona, pensó. ¿Qué demonios hag o yo aquí?

—E speremos al inspector.

—S i seguimos esperando, se escapará.

Ambos subieron por la escalera del edificio situado en la calle Núria de Terrassa.

Ella no estaba nada convencida y se dejó arrastrar por miedo a quedarse sola en esa calle, que le parecía peor que el Bronx de las películas.

Eran más de las seis de la tarde, ya no clareaba.

En la escalera comunitaria apenas funcionaban más de diez bombillas en el total de todas las plantas y pasillos.

Ascendieron hasta el piso de Alexander. La cuarta planta estaba completamente a oscuras excepto por el resplandor que salía por debajo de una puerta.

Es el piso de Alexander, pensó Melvin, y, en ese instante, mientras se le aceleraba el pulso, lamentó haber llevado a Ivana, una mujer demasiado lúcida para un lugar tan lúgubre.

A buenas horas, pedazo de estúpido. Esa escasa fluorescencia guiaba el camino hasta allí; aun así, Melvin conectó la linterna de su móvil para tener más claridad.

Inmediatamente, Ivana se la hizo apagar.

Demasiado tarde. La puerta del piso de Alexander se abrió de golpe.

Peaks e Ivana se quedaron inmóviles, intentando ser invisibles.

Pero él salió de su portal mirando hacia donde estaban ellos.

Ivana y Melvin no respiraban. Entonces Alexander empezó a caminar hacia ellos, esperando que su iris fuese habituándose a la penumbra para distinguirlos.

Ella avistó primero un destello y luego vio perfectamente en la mano derecha del extranjero un cuchillo de grandes di mensiones.

—J oder, loquero, ven aquí, que te vas a enterar —d ijo agresivamente Alexander.

—V ámonos, Melvin —d ijo ella, aterrada.

—¿ Y tú, monada, qué h aces aquí?

Alexander ya había salido de su casa y caminaba por el oscuro pasillo hacia ellos. Ambos se quedaron solidificados, inmóviles, hasta que lo tuvieron a un palmo de sus caras.

—¿ Qué quieres, loquero? ¿No vas a dejar me en paz?

—A lexander, no estoy aquí para pelear. Tú tienes algo que necesito, y yo puedo darte algo que nadie más puede ofrecerte.

Alexander lo miró fijamente, se dio media vuelta y caminó haci a su casa.

—P asad.

Ivana atrapó a Melvin por el brazo, expresándole gestualmente su deseo de huir y que ella no quería morir, haciéndole la señal del ahorcado.

Melvin la empujó hacia él, sin que ella pudiera resistirse, metiéndola en el piso , donde se quedó petrificada, fosilizada, patitiesa al ver el grafiti de sangre paterna desparramado por paredes y suelo.

El mulato tenía dos cicatrices muy gruesas y marcadas, una en su párpado derecho y otra en el labio superior, aunque lo más horripilante eran sus ojos, esos ojos saltones, de un negro profundo que helaba la linfa. La sangre de Ivana ya estaba congelada.

—E sa mancha de ahí es sangre seca de mi madre. Derramaba a borbotones porque mi padre no paró de pegarle hasta hartarse, hasta que le dolieron los nudillos. Un hijo de puta . El hombre estaba algo ido, pero, si has de hacer callar a alguien que a veces habla demasiado, has de ser co ntundente.

Ivana no podía más, necesitaba ir al baño con urgencia.

—¿ Lo justificas? —p regu ntó Peaks.

Alexander lo miró con faz de odio, sin co ntestarle.

—¿ La hubieras salvado? —s iguió indagando Melvin, sin apartar la mirada.

—É l mandaba en casa, como debería ser —r espondió Alexander, con una indiferencia turbadora.

Alexander se acercaba lentamente a Ivana y, al ver su rostro de pavor, sintió placer.

Causar espanto en los demás le activaba la MAOA; segregaba serotonina en exceso de forma deficiente y, si se tomaba una pastilla de Veyron, todavía reforzaba el exceso de segregación, lo que le provocaba, a corto plazo, placer y, a medio plazo, una conducta agresiva.

Miró en la profundidad del iris absolutamente dilatado de Ivana por la falta de iluminación y sintió su latido. Se acercó más y más a ella hasta tenerla a medio metro, y entonces se introdujo en la boca una pastilla.

Ivana temblaba de miedo. Melvin salivaba escuchando a Alexander y viendo cómo actuaba.

Peaks estaba ido e Ivana lo sintió, así que intentó calmar la situación para ver si reducía la locura de aquel presunto asesino y la obsesión del canadiense.

Pidió ir al baño para quitar presión y tuvo que hacerlo a fuerza de cuádriceps; la trona estaba asquerosa, allí no se sentaba ni loca.

Pasaron dos minutos que sirvieron para relajar el ambiente y a ella misma. Y volvió al saló n-comedor.

—Y o vi cómo mi abuela moría atropellada por una moto.

Le destrozó la cara —I vana seguía temblando mientras hablaba, aunque menos, y se movía arriba y abajo por el comedor del piso para disimularl o—.

Y realmente no sentí lástima. Entendí que le había llegado su hora y que eso era todo.

Tampoco corrí para ver cuán desfigurada había quedado; ya me importaba poco, sabía que ella estaba ya en o tra parte.

Alexander dio media vuelta como si estuviera reflexionando sobre las palabras de Ivana y caminó hacia el pasillo del piso , donde estaba la única habitación y el baño. No dijo nada, siguió su camino y se metió en la cocina.

Melvin miró a Ivana y ambos se encogieron d e hombros.

—¿ Puedo usar el baño? —p reguntó Melvin, sin obtener respuesta.

Caminó por el pequeño y oscuro pasillo. Dejó la minicocina a su izquierda, donde Alexander estaba hurgando en la nevera. Caminó dos metros más y, a la derecha, se encontraba la única habitación, con la cama sin hacer; enfrente se ubicaba el minú sculo lavabo.

Entró decididamente y tuvo arcadas al ver la ducha de metro por metro con una cortina rosa llena de moho y la trona con la tapa abierta, absolutamente sucia, desprendiendo un olor terrible.

Cerró la puerta del baño y, a su izquierda, había dos estanterías vistas ocupadas por decenas de botes de Veyron y algún que otro producto caducado.

A Melvin se le bloqueó la vejiga, tomó un bote y se lo metió en el bolsillo de su americana beige.

Salió del lavabo ahogado por el mal olor y, al entrar en el comedor viniendo del pasillo, le inundó una fragancia culinaria que no podía reconocer, pero le era familiar.

—¿ Tú tomas estas pastillas o eran de t us padres?

—T odos. A mí me van muy bien y a ellos… les relajaba —r espondió Alexander, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Melvin le hizo una señal a Ivana de que debe rían irse.

—N o queremos molestarte más —dijo ella.

Alexander estaba de espaldas, guisando algo delicioso. No dijo nada. Apagó el extractor, puso lo que estaba cocinando en un plato y se dirigió hasta la puerta del piso.

—A hora no os podéis ir. Os he preparado un manjar exquisito —d ijo, con una voz que sonaba más a orden que a i nvitación.

—H uele muy bien, Alexander, pero no queremos importunarte más. Además, tenemos prisa —d ijo ella, intentando mantener la calma.

—N o podéis rechazarme este platillo —d ijo br uscamente.

Ivana, que se había tranquilizado, volvió otra vez a tener taquicardia. Intuía que aquello no acabaría bien. Melvin cogió a Ivana por la mano , miró a Alexander y se acercaron a él, que estaba en la puerta.

—¿ Qué es este manjar tan fantástico? —d i jo Melvin.

Alexander lo miró fijamente.

—E l hígado de mi madre.

Ivana gritó, momento en el que Melvin aprovechó para empujar a Alexander y poder abrir la puerta.

El hígado y Alexander cayeron al suelo, pero, cuando Melvin e Ivana llevaban menos de diez metros de ventaja corriendo por el pasillo de la tercera planta, Alexander salió volando tras ellos.

La pareja bajó por las escaleras desfilando a toda velocidad: un cuarto de planta, dos, tres y así hasta los tres piso s.

Salieron del portal a la máxima velocidad que les permitieron sus piernas.

Alexander había dejado de correr. Caminaba por el pasillo de su piso , se arrodilló frente a su puerta, husmeó el suelo y comenzó a devorar, sin utilizar las manos , el hígado materno que estaba desparramado po r el piso.