Expediente Serotonina Capítulo 11. Dopamina y serotonina
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Capítulo 11. Dopamina y serotonina

Melvin Peaks salía del Hospital del Mar con un dedo menos y una mezcla de rabia y frustración. Albertí e Ivana lo acompañaban, intentando darle algo de apoyo mientras se dirigían a su casa.

El neurocientífico había despertado horas antes en su coche, aturdido y con la terrible visión de su mano mutilada.

Condujo rápidamente al hospital, pero el impacto emocional seguía latente.

A lo largo de su carrera, había estudiado a los criminales más peligrosos, pero nunca había sido amenazado, y mucho menos herido de esa forma.

Albertí había puesto en marcha la maquinaria para analizar posibles pist as en el coche de Peaks, pero el asaltante había sido met iculos o, dejando todo limpio, salvo por la sangre canadiense que manchaba el interior. Melvin insistía en que detuviera n a Marga.

—T e digo que ha sido ella. Reconocería esos ojos en cualquier lugar. Es… brillante. Un cerebro privilegiado. Pero debéis detenerla. Necesito hablar con ella, entender cómo funciona su mente —d ijo Peaks en un tono alg o elevado.

Ivana lo miró co n asombro.

—¿ Es en serio? Te ha atacado y estás ahí, fascinado como si fuera algún tipo de genio.

—P orque lo es —r eplicó Melvin con pasió n—. Además, me hizo una ligadura para evitar que me desangrara. No puedo evitar admirar ese nivel de precisión.

Ivana frunció el ceño, cruzando l os brazos.

—¿ Admirar a alguien que te mutiló? Esa lógica tuya me super a, Melvin.

Albertí intervino, con tono co nciliador.

—M elvin, sin pruebas no podemos hacer nada. Puedo garantizarte que aumentaremos la vigilancia, pero no podemos a rrestarla.

—E so no sirve. Necesito comprenderla. Estamos ante un caso fuera de lo común —i nsistió Melvin, con ob stinación.

Albertí prometió, como siempre, hacer todo lo posible y dejó a la parej a a solas.

Ivana le preparó algo de cena a Melvin y conversaron sobre la maldad de Marga, sus crímenes y las ideas rocambolescas que se le pasaban por la cabeza. Melvin le explicó el suceso de Suiza e Ivana se quedó tiesa; solo pensar que una persona de ese calibre podía estar libre de nuevo la e stremecía.

—Y a paro de hablar de ella, pero me has de entender: me encanta mi trabajo y encontrar especímenes excepcionales… es fantástico. No es algo normal —d i jo Melvin.

—P arece que te guste que la gente sea así —r espondió ella, con un ton o crítico.

—N o, pero ya que son así debo entender por qué. Si tú ves a un chaval de diez años que es capaz de navegar de una forma excepcional para su edad, ¿no al ucinarías?

—N o es lo mismo. Tú me hablas de asesinos, de p sicópatas.

—P ero son personas y yo quiero entender por qu é son así.

—P ues, al igual que el niño navega muy bien, porque ha nacido así —a fi rmó Ivana.

—N o es realmente así, Ivana. En la maldad puede existir una parte innata, otra que es adquirida debido a ciertos factores ambientales y una tercera relacionada con la bioquímica de l cerebro.

—¿ Eso está d emostrado?

—S í, pero queda mucho por hacer.

—¿ Y qué harás?

—M ira, te hago dos preguntas: ¿qué tal si pudiésemos identificar a los asesinos antes de que cometan un crimen? ¿Sería ético castigarlos simplemente en base a su biología?

—Es complicado de responder —admitió ella, reflexionando.

—P or eso me gusta. Hay mucho camino po r delante.

Melvin entró a explicar su teoría sobre el gen MAOA, un gen aparentemente hereditario que parecía jugar un papel importante en esta cuestión.

Le explicaba que ese gen, denominado gen guerrero, afectaba a los niveles de dopamina y serotonina segregados por el cerebro, y estos eran neurotransmisores que afectaban al humor y al comportamiento.

Y le puso un ejemplo: «Si el gen MAOA es defectuoso y absorbe poca dopamina, quiere decir que hay exceso de dopamina, y eso puede provocar comportamientos violentos.

Si ese gen tampoco segrega suficiente serotonina, esa persona con toda probabilidad padecerá estados depresivos.

Pero, si falta serotonina, se puede enmascarar la depresión administrándola con me dicación».

—¿ Con medicamentos como el Veyron?

—¿ Qué sabes tú d el Veyron?

—H e oído que esas pastillas antidepresivas las han encontrado en manos de algunas personas muertas este año.

—E sas tonterías han de ser de mostradas.

—E s lo qu e se dice.

—Y o receto ese medicamento y es muy efectivo.

Como te decía, y al igual que la serotonina, la dopamina, si es necesario, también se puede administrar químicamente.

Pero, si hay concentraciones altas de serotonina, que sería un defecto por exceso, puede afectar a que un individuo no controle sus impulsos, lo que provoca brotes agresivos.

—U f , qué lío.

—T e lo pongo más fácil: esos desequilibrios, por falta o exceso de esos neurotransmisores, pueden llevar a una persona a tener comportamientos violentos, incluso a convertirse e n asesino.

—¿ Esos genes defectuosos son totalmente hereditarios? Y, ¿con ese defecto ya puedes se r asesino?

—Y o soy más de la teoría de que hay dos factores más que pueden hacer que una persona sea un asesino en potencia.

Por ejemplo, si una persona con el gen MAOA defectuoso bebe alcohol desproporcionadamente, se libera dopamina en exceso y esa persona puede ser todavía más violenta.

También, si una persona ha sido maltratada en su infancia o juventud, u otras vivencias terribles, puede desencadenar que sea lo que vulgarmente llamamos un individuo malo.

Lo peor es una combinación de los tres factores para que se pueda crear a un maldito, y eso es lo que trato de averiguar.

—P refiero entender menos y vivir más tranquila.

—M e estás diciendo que me he explicado fatal —d ijo rien do Melvin.

Era la primera vez que Ivana veía reír a Melvin, y lo estaba descubriendo como una persona, aparte de muy inteligente, realmente afectuosa, expresiva e interesante en sus explicaciones, pero aún no estaba preparada para tener una relación más seria.

No, ni hablar, de momento, pensó. A Melvin le apetecía mucho besar a Ivana, pero tampoco era el momento y el dolor de ese dedo, o lo que quedaba de él, lo angustiaba demasiado como para abrazarla tiernamente.

Siempre había escuchado que, cuando perdías una extremidad, seguías sintiéndola durante un tiempo, y él estaba ansioso por cortarse la uña que lo asfixiaba y que n o existía.

Ivana estaba cansada y pensó que Melvin estaba mejor, así que decidió marcharse a casa, no sin antes ofrecerle pasar el domingo navegando a vela en su pequeño barco, que tenía en el puerto de El Masnou.

Melvin se moría de ganas; le encantaba navegar, pero también sufría por no poder ser cien por cien útil sin su índice.

—N o sé, con el dedo así no creo que pueda, la verdad.

—T ranquilo, no te haré trabajar.

—S i me lo pones tan fácil…

—Q uedamos a las diez de la mañana allí. ¿Podrás conducir?

—S in problemas.

Ivana, mientras se alejaba, no se podía creer que aquel hombre, entre malmirado y altivo, tuviera un comportamiento tan dócil y cariñoso.

Domingo, 22 de marzo de 2022

Melvin Peaks había experimentado una notable mejoría en los últimos dos días.

El dolor casi había desaparecido, y con ello su deseo de embarcarse volvía a encenderse.

Navegar era una actividad que había disfrutado mucho durante su infancia en Canadá, y hoy parecía el momento ideal para hacerlo de nuevo.

Sin embargo, al salir al mar, algo no iba bien. Apenas el barco cruzó la bocana, Melvin empezó a sentirse mareado. Las náuseas se apoderaron de él y se inclinó sobre la borda, vomitando si n control.

—S eguro que han sido estos analgésicos. Qué asco —g ruñó, intentando recobrar la c ompostura.

Ivana, a unos pasos de distancia, lo miró p reocupada.

—¿ Decías alg o, Melvin?

—N ada, nada… que ya es toy mejor.

—¿ Seguro? No parecías estar tan bien hace u n momento.

—M e he mareado un poco, nada más —r espondió él, haciendo un esfuerzo po r sonreír.

—¿ Quieres que volvamos?

—N o, no, de verdad. Estoy mu cho mejor.

Ivana observó a Melvin con atención durante unos segundos antes de retomar la con versación.

—C omo te decía, mi marido me dejó hace pocos meses… Se fue con ot ro hombre.

Melvin alzó las cejas, so rprendido.

—U n poco tarde para darse cuenta, ¿no? Lo compadezco por lo que se ha perdido —d ijo, guiñándole un ojo con una sonrisa cómplice.

Ivana sonrió levemente.

—Y a veo que estás mu cho mejor.

El barco navegaba a una milla de la costa, un pequeño veintinueve pies propiedad de Ivana.

El viento se había calmado por completo, dejando el mar tan l lano como un espejo.

Sin corriente ni movimiento, el barco flotaba prácticamente en el mismo lugar.

Ivana buscó llenar el silencio poniéndose uno de sus álbumes preferidos, White Ladder .

Cuando comenzó a sonar la novena pist a, Melvin decidió no guardar silencio.

—R econozco que en los últimos años no me he fijado en demasiadas mujeres, he estado absorbido por mi trabajo, pero tú… tú te cruzaste en mi camino y has sacudido mis cimientos —d ijo, mirándola dir ectamente.

Ivana creía que debía sentirse halagada por las palabras de Melvin.

Era necesario pensar con temple y no era el momento para desatarse, aun reconociendo haber sentido hormigueos estomacales.

Rezó unos segundos para que el viento volviese a soplar y poder cambiar de tema, pero eso no sucedió, así que decidió expresarse de forma cerebral.

—A hora solo puedo pensar en mi hijo, Melvin. No tengo espacio para ningún hombre en mi vida, ni tampoco lo necesito. Quizás algún día todo eso cambie, pero por el momento, no. Eso no quita que no quiera ayudarte con tus casos. Lo haré encantada, aunque admito que me da miedo, mu cho miedo.

A Melvin le fue cambiando la cara. Había hecho un enorme esfuerzo al pronunciar esas palabras y le acababan de derrotar por segunda vez en pocos días.

Sintió la necesidad de gritar, pero pudo contener su instinto al reconocer que había un fino hilo de esperanza; contaba con Ivana en su inve stigación.

—N o malinterpretes mis palabras. Mis casos son lo más importante para mí y recibo tu ayuda de muy buen grado. Creo que puedes aportar muchísimo. ¿Me ayudarás?

Ivana ya no sabía qué creer, pero era mejor así.

—S í, seguro —d ijo ella para escurrir la conf rontación.

Una lancha a toda velocidad se acercaba a ellos; era de salvamento marítimo.

—¿ Todo bien? ¿Os funciona el motor? —p reguntó el marinero que llevaba la motora.

Ivana había estado tan concentrada en la conversación que ni pensó en poner el motor.

Melvin le pidió que pusiese de su lista Always Ascending .

Ella arrancó y regresaron a puerto conversando sobre el caciquismo existente en El Masnou: los mismos llevaban demasiados años en el poder, fuera por su política paternalista o porque daban trabajo a muchas personas en sus empresas.

—¿ Puedes ir a proa, Melvin? Dale el cabo rojo al marinero.