Capítulo 10. La huella de Melvin
Marga Vi lanov a salió de la cárcel en libertad provisional vigilada, tras depositar una fianza de cuatrocientos mil euros.
Las influencias que había acumulado a lo largo de los años no eran solo contactos; eran armas estratégicas que usaba con precisión quirúrgica.
Mientras estuvo en prisión, había estudiado cada detalle de la situación, incluso mientras la medicación intentaba adormecer su mente.
Pero ni los sedantes más potentes podían apagar esa chispa de calculadora malicia que la definía.
Ahora estaba libre, y el mundo que había dejado detrás no tardaría en recordar de qué era capaz.
—R icard, ¿tenéis el ordenador?
—S í.
—E spero que no hayáis cometido ninguna torpeza. Sin antena, sin red. Si hay siquiera un hilo suelto, ya sabes lo que puede pasar, ¿verdad? —d ijo, clavando una mirada glacial en el r etrovisor.
—N o lo sé. Se lo pregunto a Tchang.
Riubrugent pulsó en la pantalla del coche pa ra hablar.
—L lamar a Tchang.
—S í, señor Ri u, dígame.
—T e habla la señora Vi lanov a —d ijo Ricard, cediéndole el protagonismo con cierta r everencia.
—T chang, ¿está ese ordenador completamente aislado? ¿Limpio para trabajar?
—S í, señora. Es imposible actuar remotamente, y tampoco se puede conectar a ni nguna red.
—P erfecto. En media hora quiero verlo. Ten todo preparado —r espondió Marga, con voz firme pero controlada, dejando un leve rastro de amenaza e n el aire.
—Sí, señora.
Peaks estaba de los nervios. La situación había cambiado, y mucho.
Marga estaba libre y tenía su ordenador.
Él no pudo conectar remotamente con su Mac, ya que no se había vinculado a ninguna red móvil ni a una wifi, por lo que, en esas circunstancias, no conseguiría destruir su disco duro desde la distancia, y eso era realmente grave, muy grave.
Salió pitando hacia la policía. Melvin llegó a la comisaría y, en el despacho de Albertí, le expuso su pre ocupación:
—E n ese ordenador hay muchísima información confidencial. Decenas de informes. Es un peligro extremo no solo para mí, sino para todos nosotros.
—M elvin, estamos haciendo lo que podemos. Relájate, me pones de los nervios —r espondió Jaume, tamborileando los dedos en el escritorio con fastidio.
—N o me jodas, Jaume. ¡Ahí dentro están nuestros nombres en mayúsculas! Ese ordenador es una bomba.
Albertí lo miró con desa probación.
—H as sido imprudente. Y lo sabes.
—¿ Quién narices iba a pensar que me lo robarían? Con toda mi investigaci ón dentro.
—T onto de la boina —s oltó Jaume, con sarcasm o—. Tu investigación me importa poco ahora mismo. Lo que importa es que tenemos a una asesina suelta, preparando coartadas para no volver a pisa r la cárcel.
Melvin se quedó sin palabras, pero su frustración seguía palpable mientras Jaume desviaba la atención hacia otros aspectos del caso.
A la misma hora, en la casa de la calle Planella, Marga revisaba con met iculos idad el contenido del ordenador de Peaks, asistida por Riubrugent y Tchang. Este último, un matemático chino y prodigio informático, era más que un empleado; era una herramienta sofisticada en manos de Marga.
—P ues ya ve, señora Vi lanov a. Este ordenador contiene veinticuatro casos de estudio. Hay una carpeta a su nombre y otras con información más antigua —d ijo Tchang, mientras navegaba por los archivos.
—¿ Co ntraseñas?
—T odas desencri ptadas ya.
Marga repasó los datos con una mirada fría y calculadora. Cuando llegó a la carpeta «Fede», su expresión se endureció al ver que había sido m anipulada.
—T chang, ¿el dueño de este ordenador ha hecho una copia?
—S í.
—Y a debe de estar en manos de la policía. Necesito que metas un virus.
—¿ A toda la policía? —p reguntó Tchang, dudando por pr imera vez.
—S í.
—M adre mía, eso es un delito muy i mportante…
—¿ Delito? Tchang, ¿quieres una lección rápida sobre prioridades? Lo importante no es qué tan grave sea el delito, sino quién lo ejecuta y quién lo encubre. Esto no es negociab le. Hazlo.
—S eñora Vi lanov a, esto tiene muc ho riesgo.
—R iesgo… ¿Sabes lo que realmente es arriesgado? Decirle que no a alguie n como yo.
Tchang titubeó, finalmente a sintiendo.
—N ecesi taré algo.
—¿ Qué?
—L a huella del índice de Peaks. Tengo las IP y el acceso a la red, pero sin la huella puedo ta rdar días.
—L a conseguiré. Te llamo cuando la tenga. ¿Derecho o izquierdo?
—A ver… —d ijo Tchang, consultando los datos en el ordenado r—. Derecho, señora Vilanova.
Tchang se marchó y dejó a Marga con Ricard, quien descansaba en los sofás de la biblioteca, a pocos paso s de ella.
—R icard, ven —d ijo Marga, elevando apenas la voz, con ese tono que no admit ía demora.
—¿ Qué necesitas? —p reguntó Ricard mientras se acercaba, con un respeto casi a utomático.
—P eaks tiene información que no debería tener. Busca algo oscuro en su vida. Algo que lo haga caer. Todos tienen esqueletos en el armario, ¿no? Primero lo desacreditamos. Luego, necesito saber exactamente dónde está. Hay algo de él que debo conseguir —o rdenó con una calm a afilada.
Ricard esbozó una sonri sa ligera.
—T e digo, lo tenemos geolocalizado con esos aparatitos tan cucos.
Marga sonrió de lado, satisfecha por la previsión.
—E se guiri no sabe con quién se ha metido. Sonsoles, un zumo de limón y jengibre —d ijo, cambiando el tono para dirigirse al intercomunicador que conectaba con la cocina.
—S í, señora —r espondió la criada desde la distancia.
Mientras Ricard investigaba, Marga se acomodó con su concentrado entre las manos . Lo sorbía despacio, como si con cada sorbo desterrara la bruma de los días en prisión y dejara que su mente se enfocara con mayor precisión.
—M arga —l lamó Ricard, entrando nuevamente a la bibliotec a—. Peaks está ahora mismo en la comisaría de Barcelona con Albertí. Lleva un buen rato allí. Su coche está aparcado en el Holipark de Balmes.
Marga dejó el vaso sobre la mesa, despacio, sin prisa, antes de levantarse con una serenid ad helada.
—D ame las llaves del coch e, Ricard.
—¿ Vas tú?
—S í, y sola. Voy a ver a ese loquero fisgón —d ijo mientras recogía su bolso con suavidad, como si no existiera la más mínima urgencia en el mundo.
—C uidado, Marga. Estás bajo fianza; cualquier movimiento en falso y podrían i nculparte.
Marga lo miró. Su sonrisa era tan breve como in quietante:
—S oy invisibl e, Ricard.
Sin decir más, salió hacia el coche. Marga condujo con una precisión casi agresiva, atravesando las calles de Barcelona como si los semáforos fueran meros formalismos.
Pasó por Escoles Pies, descendió con rapidez por Plaça Bo nanov a, continuó por Muntaner y tomó Vía Augusta hasta girar por Balmes, donde llegó finalmente a s u destino.
En la comisaría de los Mossos en Barcelona
—M e largo. Espero tus noticias, Jaume —d ijo el c ientífico.
—V ete con ojo —a dvirtió e l policía.
—S eguro —d ijo Melvin mientras pensaba que eso de tener miedo no i ba con él.
El canadiense llegó al parking , pagó en el cajero automático su estancia de más de cuatro horas, caminó por las escaleras hacia abajo hasta la planta menos tres, pensó lo tenebrosamente oscuro que estaba ese lugar y le entró un escalofrío.
Allí localizó rápidamente su coche, abriéndolo a distancia.
Se metió en él y puso la llave en el contacto.
Miró por el retrovisor y… vio dos ojos brillantes y enormes que lo observaban fijamente.
El pánico lo paralizó. Su respiración se detuvo; los mú sculos de su cuello se tensaron como cuerdas de guitarra a punto de romperse.
Se dio media vuelta bruscamente y se encontró con un pañuelo impregnado en los morros.
Todo se desvaneció. Marga sacó el tomador de huellas para hacer un molde y se lo puso en el dedo derecho. El aparato no respondía.
—T chang, esto no funciona —l e dijo Marga por teléfono a su informático con un tono de irritación contenida.
—¿ Has probado a limpiarle el dedo con tu saliva? —d ijo Tchang, con una calma que rozaba la burla.
—¿ Quieres que le lama el dedo? Me dan arcadas —dijo ella.
Con una mueca contenida, Marga pasó su lengua rápidamente por el dedo de Melvin. El sabor metálico y áspero le provocó una náusea que reprimió con esfuerzo. Intentó nuevamente usar el aparato, pero seguía sin funcionar.
Marga vio que se acercaba un coche y, dada la gravedad, sacó una navaja, cortó de cuajo el dedo de Melvin y lo metió en una pequeña bolsa isotérmica que ya llevaba preparada.
Con la misma fría eficacia, improvisó un torniquete con un alambre para detener la hemorragia en el muñón del dedo. Mientras huía, una idea cruzó su mente: Esto no me convierte en un monstruo. Le salvé de desangrarse. Eso cu enta, ¿no?