Capítulo 9. Cloudadvanced MV2022 #2
Ivana llegó puntualmente, cosa que sorprendió a Melvin, quien aún recogía libros y papeles esparcidos por la mesa del comedor. Ambos se saludaron con cierta torpeza: él, nervioso; ella, algo cautelosa.
—¿ Cerveza? —o freció Melvin, intentando romper el hielo.
—S í, por favor —r espondió Ivana, mientras miraba a su alrededor, buscando algo familiar que pudiera usar como tema de con versación.
Melvin abrió dos cervezas y la invitó a salir a l a terraza.
—T engo los archivos secretos de esa mujer que me tiene absorto y, a la vez, me aterra —d ijo Melvin, con una mezcla de fascinación y seriedad.
—T ú tienes archivos, y yo tengo pesadillas con ella. Si sale de prisión… —r espondió Ivana, con un ton o sombrío.
—N o puede salir, y no debería salir. Pero faltan pruebas, y tú e res clave.
—¿ Clave? No sé qué podr é aportar.
—M ucho, Ivana. Tienes una capacidad de deducción que puede marcar la d iferencia.
—¿ Capacidad de deducción? Nunca me habían piro peado así.
—P ues quedó claro el otro día en e l juzgado.
Ivana sonrió levemente, aunque su expresión seguía siendo insegura.
—N os sentamos aquí. Traigo unas gambas, vino y el ordenador —d ijo Melvin, intentando aligerar el ambiente.
—M elvin… no me gustan las gambas, las aborrezco.
Melvin se quedó pálido, pero reaccionó rápidamente, guardando las gambas en la nevera y sacando fruta cortada y vi no blanco.
Estaban acomodados en los sofás de la terraza cuando Melvin conectó su ordenador.
Comenzó a abrir las carpetas, pero algo no funcionaba: no podía acceder sin internet, lo cual le extrañó mucho, ya que tenía la wifi conectada.
Antes de que pudiera investigar más, un ruido de cristales rotos interrumpió su concentración.
Ambos se giraron, alarmados, pero no tuvieron tiempo de r eaccionar.
Un hombre enmascarado irrumpió en la terraza, cogió el ordenador de Melvin y, sin dudar, le propinó un puñetazo que lo dejó aturdido. Ivana recibió un empujón que la hizo caer al suelo. El asaltante se largó corriendo, dejando tras de sí un caos de gritos y confusión.
Melvin, tambaleándose, se puso en pie con la ayuda de Ivana, que estaba histérica. Con la cabeza sangrando, cogió su teléfono y llamó a Albertí.
En pocos minutos, Jaume Albertí y Baldret, su segundo, llegaron al ap artamento.
—L o primero. ¿Qué haces aquí con ella, Melvin? ¿Compartes datos confidenciales? —p reguntó Jaume, con to no severo.
—E lla es parte implicada y amenazada por Marga. No ha visto nada porque el ordenador ha volado. Seguro que eran esbirros de Marga —r espondió Melvin, intentando justificar la situación.
—S upones mucho. ¿Los habéis visto? —p reguntó Jaume, mientras evaluaba la escena.
—N o —r espondió Ivana, aún temblando.
Jaume suspiró, visiblemente p reocupado.
—Q ue sepáis que sus abogados han conseguido aportar nuevas pruebas. La juez la ha soltado con fianza; eso sí, muy cuantiosa —i nform ó Albertí.
Melvin apretó los puños, su rostro reflejaba una mezcla de ira y des concierto.
—H a sido ella, seguro. Vaya con la justicia que tenéis en España —d ijo, realment e molesto.
—¿ Cuántos criminales estás analizando? ¿Siete, ocho? —p reguntó Jaume, con un tono p ragmático.
—U nos quince —r espondió Melvin, mientras se limpiaba la sangre de la frente con u n pañuelo.
—P ues no me fastidies. Hay quince sospechosos, más todos tus antiguos casos que matarían por tener tu ordenador —r eplicó Jaume, cruzando l os brazos.
Jaume se giró hac ia Melvin.
—¿ Tienes copia de seguridad de los archivos?
—L o mío en el cloud y lo de ella en el pendrive original. Cuando el mangante se conecte a internet, se le formateará el disco —a seguró Melvin, con un tono más tranquilo.
—E ntonces, tranquilo —i ntervino Ivana, intentando calmarlo.
—¿ Miramos esos archivos de Marga? —p reguntó Melvin, con dete rminación.
Jaume lo miró con pre ocupación.
—M ejor deberías ir al hospital. Te chorrea la cabeza de sangre.
—C uatro gotas. Más tarde —r espondió Melvin, con un aspaviento de descons ideración.
Melvin abrió otro ordenador y colocó el pendrive . Comenzó a abrir varias carpetas a la vez; su ritmo frenético dificultaba que Albertí e Ivana lo siguieran. Jaume, cansado de intentar seguirle, se puso a conversar con Ivana.
De repente, Melvi n exclamó:
—A quí está. Te pillé , maldita.
Los demás se acercaron rá pidamente.
—F ijaos en esta carpeta denominada «Fede». Fotos del coche, parte del seguro, el cobro del seguro de vida, atestado de la policía… Y esto es crucial: fotos del marido con una chica joven haciendo el amor en todas las posturas qu e queráis.
Jaume arqueó una ceja.
—I nteresante, aunque lo de la amante ya lo sabíamos. Fede tenía un restaurante en el Mercat del Ninot y se lió con la hija de la pescadería de enfrente. Una chica de veintisiete años, demasiado mona para un maduro pasadito de cincuenta y cinc o como él.
Ivana intervino, con c uriosidad.
—¿ La chica también iba en el coche cuando tuvieron el accidente?
—S í. Iban desde Barcelona a Valldoreix, donde ella vivía.
Iban a toda velocidad por la Arrabassada y salieron despedidos sin que los parase ningún guardarraíl, dando vueltas de campana hasta el fondo del barranco.
Ella quedó despedazada y él murió en la ambulancia —e xplicó Melvin, con un ton o sombrío.
De repente, el canadiense señaló algo en la pantalla.
—¿ Y esto? Una transferencia a Rumanía de ciento veinte mil euros. ¿Asesinos a sueldo?
Jaume negó con la cabeza, con un gesto de inc redulidad.
—V aya película te estás montando.
—O no. Hazme el favor de hablar con Hacienda y a ver si saben algo de ese pago —r eplicó Melvin, con un t ono firme.
—E s un caso cerrado —r espondió Jaume, con un tono más cortante.
Ivana intervino, con un tono reflexivo.
—P ero si hay pruebas, debería poderse a brir, ¿no?
Los tres dieron por cerrada la conversación. Jaume se llevó el pendrive con las pruebas para seguir investigando. Ivana y Melvin se dirigieron al hospital.